Adela Navarro Bello.
En la época
en que Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) gobernó México, un
presidencialismo como el que ahora vivimos en la administración de Enrique Peña
Nieto, ambos priístas, ambos pertenecientes al grupo político Atlacomulco, los
gobernadores caían y las elecciones se anulaban. Era aquella, acaso lo es ahora
también, una forma de, por un lado, imponer la figura presidencial entre los
políticos priístas y los contrincantes ideológicos, y por otro, las
gubernaturas fueron prenda de negociación.
No existía
una Ley Electoral tan clara como la de ahora, como tampoco la organización de
las elecciones estaba en un órgano ciudadano; todo el engranaje político
electoral correspondía a la Secretaría de Gobernación, la posición número dos
del Gobierno de la República, la misma que antes, como ahora, manejaba la
seguridad y con ello a la Policía.
Ilegitimo su
triunfo a la luz popular, Carlos Salinas de Gortari dio varios golpes políticos
para legitimarse en la silla del águila; metió a la cárcel a políticos y
criminales, tumbó gobernadores y anuló elecciones, amén de las medidas
económicas, financieras y reformistas que le permitieron llevar su gobierno
durante cinco años (al final, en 1994 se empezó a desmoronar) de una forma
decorosa.
Enrique Peña Nieto no ha sido ajeno a
ese ejemplo. Ilegítimo también el triunfo de Peña a la luz de la sospecha de la
compra de votos que fue desestimada en Tribunales, como presidente de la República
inició con acciones estratégicas como el ánimo reformista que le llevó, de la
mano de los partidos políticos a los cuales convenció, a la aprobación de sus
renovaciones estructurales, pero dicho “logro” le duró apenas un par de años.
Al presidente se le descompuso todo en 2014.
Le sucedieron los casos de corrupción
que lo tocaron de cerca a él y a su familia, los actos de violencia como el de
Ayotzinapa, la inseguridad producto de los cárteles de la droga, las ejecuciones
que se cuentan por decenas de miles, la crisis económica, la sistemática
devaluación de la moneda mexicana, y se coronaron con la llegada de Donald
Trump y sus ansias de muro y una política antimigrante e impositiva hacia
México, y ahora para seguir acumulando desaciertos y exhibiciones
presidenciales, las fugas de “El Chapo” y el espionaje del gobierno.
En el inter
de tales acontecimientos que han marcado de una manera negativa, de forma
pública, imaginativa y definitivamente de opinión, la Presidencia de Enrique
Peña Nieto, recurrieron al mismo birlo del sexenio salinista: los gobernadores
y las elecciones. Solo que en este caso son ex gobernadores.
Mientras
Carlos Salinas depuso Gobernadores. A Víctor Manzanilla Schaffer en Yucatán, a
Mario Ramón Beteta en el Estado de México, a Xicoténcatl Leyva Mortera en Baja
California, a Guillermo Cossío Vidaurri en Jalisco, a Patrocinio González
Garrido Blanco de Chiapas.
También
depuso candidatos ganadores. En 1991 en Guanajuato el PRI postuló a Ramón Aguirre
Velázquez al gobierno de aquel estado; Aguirre había sido nombrado por Salinas
en la Lotería Nacional y de ahí ya se hacía Gobernador. Pero el candidato del
PAN, Vicente Fox Quesada, denunciaría el fraude electoral, y haría una enorme
campaña por ello. Entonces la autoridad ni sentenció al respecto, nada de
investigar. En su defecto, se dice que el presidente “convenció” al ganador que
lo mejor era retirarse, y Ramón Aguirre obedeció. Declaró que ante las
circunstancias no tomaría posesión, el Congreso del Estado de Guanajuato nombró
un interino y sanseacabó.
Lo mismo
hizo en San Luis Potosí en el mismo año. El candidato del PRI, Fausto Zapata,
se alzó como “el triunfador” y hasta tomó posesión del cargo, pero el
abanderado del PAN no se conformó. Don Salvador Nava inició la “Marcha por la
Dignidad”, de San Luis Potosí a Ciudad de México, y en cuestión de semanas
Fausto Zapata renunció (en el presidencialismo era renuncia y no licencia como
marcaba y marca la Ley).
Ahora, Enrique Peña Nieto intenta
hacer lo mismo. Lo intenta, porque no ha depuesto a gobernador alguno, pero sí
investiga y mantiene aprehendidos (aun en otros países), a varios ex
Gobernadores, mayormente de su partido. En parte con la óptica de demostrar un
combate a la corrupción (así sea en el Estado ajeno), y en otra para tener punto de
negociación con los partidos políticos, pues ya todos, y no nada más el PRI,
tienen gobernadores (en el salinato el primero fue Ernesto Ruffo Appel en Baja
California).
Las elecciones, a vox populi, son y
han sido, también prenda de negociación. Desde las candidaturas se definen los
“ganadores”, un mal candidato para perderla seguro, un buen abanderado para
apabullar en las urnas lo que no se acordó en la mesa de negociaciones, o una
alianza o coalición para derrocar al que no se quiso alinear. Pero ahora, en
Coahuila, Peña Nieto está en el umbral de la anulación de una elección a
Gobernador.
De hecho, el
Instituto Nacional Electoral, en manos a veces ciudadanas, dio la pauta y
difícilmente podrá echarse atrás (¿Acaso ese es la idea?) para anular la
elección de Coahuila, probando violaciones a la Constitución por parte de los
candidatos del PRI y del PAN. Los ojos
entonces se quitan de la elección del Estado de México y el triunfo increíble
(e improbable que fue) del primo del presidente, y se concentran en Coahuila.
Linda forma de pasar página y región.
De acuerdo
con el Artículo 41 de la Constitución, “La ley establecerá el sistema de
nulidades de las elecciones federales o locales por violaciones graves, dolosas
y determinantes en los siguientes casos:
“a) Se
exceda el gasto de campaña en un cinco por ciento del monto total autorizado;
“b) Se
compre o adquiera cobertura informativa o tiempos en radio y televisión, fuera
de los supuestos previstos en la ley;
“c) Se
reciban o utilicen recursos de procedencia ilícita o recursos públicos en las
campañas.
“Dichas
violaciones deberán acreditarse de manera objetiva y material. Se presumirá que
las violaciones son determinantes cuando la diferencia entre la votación
obtenida entre el primero y el segundo lugar sea menor al cinco por ciento. En
caso de nulidad de la elección, se convocará a una elección extraordinaria, en
la que no podrá participar la persona sancionada”.
Considerando
que la diferencia entre el priísta Miguel Riquelme (482 mil 891 votos) contra
el panista Guillermo Anaya (452 mil 31 mil votos), es de apenas el 2.5 por
ciento, y considerando también que excedieron por 31 y 26 por ciento
respectivamente el tope de campaña fijado en 19 millones 242 mil 478 pesos con
57 centavos, están que ni mandados a hacer para ser la prenda de negociación.
Por ahora los dirigentes nacionales
del PRI y del PAN, Enrique Ochoa y Ricardo Anaya, no han cedido y todos los
días pegan de gritos acusándose unos a otros de ser más sucios que el propio
(nadie se salva de la corrupción electoral), pero la Comisión de Fiscalización
del INE será difícil que, de manera creíble, plausible y precisa, exonere a
alguno de los dos excedidos y por lo tanto violadores de la Constitución.
Si así están
las cosas, la elección para Gobernador en Coahuila se anula, y los
contendientes actuales no podrán participar en la que sigue. Tanto PRI como PAN
saldrán perdiendo para ganar otra cosa. Las
negociaciones con las gubernaturas como prenda apenas empiezan en la recta
final del sexenio peñista, en la que se vislumbra ya el turbio toma y daca que
habrá de trazar el camino hacia Los Pinos.
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