Jorge Javier
Romero Vadillo.
Esta semana,
el Instituto Nacional Electoral informó que el próximo año los nueve partidos
políticos y los candidatos independientes que lograren juntar las casi 900 mil
firmas requeridas para su registro recibirán en conjunto alrededor de 13 mil
millones de pesos para hacer campaña. A esto se suma la ingente cantidad de
recursos también públicos hundidos en la propaganda que difundirán en tiempos
oficiales de radio y televisión hasta saturar a las audiencias.
No se hizo
esperar, desde luego, la andanada contra el organismo electoral ya fuera por
ignorancia o con mala fe, de comentaristas, políticos y ciudadanos de a pie;
como si el INE fuera el que determinara el monto de tan ingente transferencia
de recursos del erario a las organizaciones políticas, ya sean partidos
registrados o grupos de apoyo a pretendidos independientes. La maña de pegarle
al árbitro para deslegitimar la competencia, aunque al final todos los
contendientes acaben escupiendo al cielo y acaben bañados en sus propios
salivazos.
La mala baba
de los críticos del INE solo contribuye a minar su autoridad con un pretexto
falso, pues fueron los propios partidos
políticos los que acabaron por establecer, desde 2007, en el artículo 41
constitucional la fórmula de financiamiento de gastos ordinarios y de campaña y
la distribución de tiempos de radio y televisión entre los partidos y candidatos,
de manera que ese es el único presupuesto que no se negocia anualmente, pues
está establecido en el texto mismo de la ley fundamental. Mientras el gasto
en salud, educación, seguridad e infraestructuras es objeto del regateo anual y
de intercambios de favores entre partidos y entre regiones, los partidos tienen sus recursos plenamente
garantizados, intocables. No hay austeridad que los afecte ni devaluación que
los trastoque.
El financiamiento de los partidos es
mayúsculo, no cabe duda, y se ha convertido en un elemento deformador de las
organizaciones políticas. El actual modelo de financiamiento surgió con el pacto de 1996, que
puso fin al monopolio político del PRI. Hasta entonces, el partido del régimen
se beneficiaba indiscriminadamente de recursos públicos sin ningún tipo de
rendición de cuentas, mientras que los partidos opositores vivían en la
precariedad, sin posibilidades de competir en condiciones medianamente
equitativas con la maquinaria política del Estado.
La reforma constitucional del 96
estableció que el financiamiento de los partidos sería predominantemente
público, con u margen para las aportaciones privadas, pero no determinó el
monto. Fue en el COFIPE donde se fijó la fórmula de financiación por la que los
partidos con registro y con representación obtendrían cantidades ingentes de
recursos. La cantidad de dinero que la iniciativa de ley del ejecutivo atribuía
a los partidos le pareció exagerada a los partidos de oposición, por lo que
rompieron el consenso logrado para la reforma constitucional y las leyes
reglamentarias acabaron siendo aprobadas solo con los votos del PRI, que aún
contaba con la mayoría suficiente para legislar en solitario. La inconformidad
duró hasta que los partidos díscolos recibieron las primeras ministraciones de
dineros públicos.
El objetivo
del entonces presidente Zedillo para proponer una financiación tan generosa era
obtener la aquiescencia del PRI a la reforma. Un partido hasta entonces
acostumbrado a disponer de todos los recursos públicos necesarios para sus
campañas –vehículos, comisionados, dinero, programas sociales– no iba a
renunciar de buena gana a sus privilegios sin una compensación sustantiva, así
que se optó por transferirle ahora legalmente al menos parte de lo que antes recibía debajo de la mesa, pero como el pacto
era a tres bandas, también los otros involucrados, más los satélites,
resultaron beneficiados con la fórmula de distribución de las prerrogativas
monetarias –30 por ciento parejo, setenta por ciento de acuerdo al porcentaje
de votos obtenido en la elección previa–, mientras que quienes quisieran
ingresar por primera vez a la competencia recibirían una suma suficiente para
recuperar con creces la inversión inicial necesaria para hacer sus asambleas,
pero insuficiente para competir en un mercado donde la mayor parte de los
recursos se tenían que destinar a la propaganda de radio y, sobre todo, de
televisión.
El financiamiento ingente ha
deformado a los partidos políticos hasta convertirlos a todos en maquinarias de
reparto clientelista, pero no ha sido esa la única contrahechura provocada por
la legislación posterior a la reforma de 1996. Otra, tanto o más grave, la
genera las reglas para obtener el registro, esa institución proteccionista que
determina quienes sí y quienes no compiten en los comicios mexicanos. Originado
en la legislación electoral de 1946, el requisito de hacer asambleas estatales
certificadas por jueces de paz o notarios y después reconocidas por la
autoridad electoral dependiente del gobierno, fue la manera de proteger al PRI
de toda competencia no deseada, sobre todo de sus propias escisiones.
La reforma
de 1977 suavizó sustancialmente el proteccionismo y fue la base para el
surgimiento del pluripartidismo actual, pero en el momento del nuevo pacto, en 1996, los concertantes rápidamente se
pusieron de acuerdo en volver a cerrar la entrada a los grupos de ciudadanos
interesados en competir en torno a un programa político y una lista de
candidatos, para forzar a la movilización clientelista. El sistema de asambleas
distritales o estatales para obtener el acceso a la competencia deforma
cualquier proceso organizativo de los proyectos ciudadanos y ha provocado que
sólo las redes de clientelas –ya sean en torno a un líder, a un sindicato o a
una red de iglesias– puedan obtener la patente.
Así, la ley ha llevado a que todos
los partidos mexicanos se construyan a imagen y semejanza del PRI: redes de
clientelas especialistas en capturar rentas estatales. Cuando
me preguntan por qué en México no ha surgido un fenómeno como el Podemos
español suelo responde que es porque no podemos: la ley nos lo prohíbe. Sin
embargo, los partidos son, por mandato constitucional, entidades de interés
público, por lo que no pueden comportarse como si de un club privado se
tratase.
Ya que la ley les otorga la concesión
monopólica de presentar candidatos –con el resquicio de las candidaturas
independientes, más una tomadura de pelo que otra cosa– no queda más que
exigirles que cumplan con sus obligaciones de transparencia y rindan cuentas
claras de los recursos que reciben legalmente (aunque también sean receptores
de buenas cantidades de recursos ilegales). También es imprescindible exigirles
que sus métodos de selección de candidatos cumplan con los requisitos
democráticos a los que la ley y sus propios estatutos los obligan. Eso en tanto
los forzamos a eliminar las protecciones que han construido para limitar la
competencia.
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