Salvador Camarena.
Reaccionar con calma, no intentar
actos temerarios, atender las demandas de los delincuentes sin caer en
provocaciones, evitar responder a insultos o vejaciones, tratar de no ver de
frente a los agresores, rezar para que todo termine pronto, guardar las
maldiciones para otro espacio, para otro tiempo.
Ayer miércoles
se dieron a conocer dos videos de sendos asaltos en la capital de la República.
En una cafetería de Coyoacán y en el Cine Tonalá, de la colonia Roma, los
parroquianos se ven sorprendidos por maleantes.
Reaccionan
con calma. En la primera, en la cafetería,
dos mujeres y un hombre quedan como petrificados mientras son despojados de sus
pertenencias. No se percibe amago alguno por resistirse. Siguen sentados, como
si la charla no hubiera sido interrumpida por el miedo, por el horror de
sentirse amenazados. Pero se advierte algo parecido al sosiego en estas
víctimas razonables. ¿Quién en su sano juicio encararía a mano limpia las armas
de los delincuentes? La resignación como virtud, saludable instinto de
supervivencia.
En el otro
video, el del Cine Tonalá, una pareja de jóvenes charla en una mesa larga, de
esas que en vez de sillas tienen bancas. Él algo dice. Ella atiende. En el
video dado a conocer del asalto en ese centro cultural, la alteración de los
movimientos de la pareja de jóvenes resulta casi imperceptible al arribo de los
delincuentes. Como si ya lo supieran. Manual del chilango moderno: puedes ser
asaltado en el Viaducto, en el Periférico, en cualquier semáforo, en un café,
en el cine.
A la pareja
le quitan sus objetos de valor en cosa de segundos. Ellos ya no hablan. Ella
clava la mirada en la mesa. Él mata la curiosidad que le llevaría a voltear
para ver los robos que ocurren a su alrededor.
Una joven entra en escena y los
ladrones la asaltan en todo el sentido de la palabra. Ella intenta no perderlo
todo. Es inútil. La despojan de todo. Con pasos inseguros camina hasta la mesa
en donde está la pareja y se desparrama en la banca. Vencida como está,
sometida a las instrucciones de los armados, uno de los asaltantes, el muy hijo
de la chingada, no resistirá la bajeza de manosearla.
Al otro
extremo de esa mesa aparece otra pareja. Él se sienta. Ella no atina qué hacer.
El chico la abraza. Ella encoge la espalda. Han sido ya sobajados.
Los del café de Coyoacán podrían ser
nuestros hermanos, nuestros padres. Nosotros, los supervivientes de la
violencia en los taxis y de los secuestros en los años noventa.
Los del Cine Tonalá, en cambio,
podrían ser mi hijo, tu hijo, tu primo, tu sobrina… los herederos de la capital
tienen la cabeza gacha, los hombros lánguidos, sin orgullo, para tranquilidad
de sus mayores muestran en el asalto una sensata obediencia, que no por
encomiable mancilla menos la dignidad.
Sentados
todos, este es un asalto, nadie se mueva…
Nos quedamos sentados en medio del
asalto. Qué bueno. Pero nos quedamos también sentados tras el asalto. Tras los
asaltos. Porque las estadísticas hablan de una crisis de violencia, pero todos
seguimos sentados; sentados, con la cabeza gacha, eso sí, maldecimos, mentadas
de madre para las autoridades y la clase política: histeria estéril.
Veo los videos de ambos asaltos y no
dejo de pensar en otro video, el del presidente municipal de Mazatepec,
Morelos. El contexto no podría ser más distinto. O quizá es igualito: al
alcalde lo hincan a punta de rifle. La autoridad de rodillas. Los ciudadanos
sentados. Ambos sometidos. Y eso que apenas ayer fue miércoles.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.