Dolia Estévez.
Las redes
sociales recibieron con justificado escepticismo el repentino cambio anímico de
Donald Trump ante la tragedia humana en México. Trump–quien esta semana debutó
en Naciones Unidas con un aterrador discurso contra Nor-Corea que inquietó a la
comunidad internacional—mandó “bendiciones” al pueblo de México por el
devastador terremoto. A diferencia de hace dos semanas, cuando fue criticado
por haberse tardado una semana (culpó la mala recepción del celular de Enrique
Peña Nieto) para ofrecer condolencias por el temblor en Oaxaca y Chiapas, esta
vez dijo en su cuenta de Twitter: “Estamos con ustedes y estaremos allí para
ustedes”.
“Hipócrita”, clamaron las redes
sociales. “Nadie te cree, tus acciones sólo muestran que odias a cualquiera que
viva al otro lado de la frontera sur”. “Deja de decir mentiras, estás con los
supremacistas blancos, no con los mexicanos”. “Bonitas palabras, pero sigues
construyendo el muro e insistiendo que ellos [los mexicanos] paguen por él”.
“¿Qué sigue? ¿Decir que vas a destruir a México si no paga por el muro?
“¿También bendices a los violadores y criminales?” “Usa el presupuesto del muro
para ayudar a México. Has algo bueno por primera vez”. “Con toda franqueza, no
creo que el pueblo de México quiera que compartas su dolor”. “¿No eres tú el
que trata de construir un muro y deportarlos a todos? Eres una vergüenza
global. Por favor cállate”.
Trump
reiteró el mensaje y ofreció ayuda en una llamada telefónica a Peña el
miércoles. Para mostrar buenas intenciones, mientras hablaban, volaban a México
equipos de élite especializados en búsqueda y recuperación de la Agencia para
el Desarrollo Internacional, la dependencia del gobierno federal que canaliza
asistencia civil al extranjero.
Sería ingenuo creer que el
comportamiento de Trump presagia un giro político hacia México y los mexicanos.
Trump es un hipócrita. La hipocresía, dijo en tono sarcástico Nicholas Kristof
en The Washington Post, es un área en la que Trump ha mostrado liderazgo
mundial.
Su compasión no es sincera. Son
palabras huecas. De ahí que no le quiten el sueño a su base de apoyo
rabiosamente antimexicana. Saben que el cargo de presidente conlleva una dosis
de political correctness que la facción globalista de la Casa Blanca
(encabezada por el yerno Jared Kushner) lo obliga a tragarse. A Trump le
importan poco los cientos de mexicanos muertos, o los que quedaron atrapados, o
los que perdieron sus hogares. Le importa poco que las heridas del 85 se hayan
vuelto a abrir. Nos desprecia tanto como el primer día. No reza por México y,
si lo hiciera, seguramente Dios no lo escucharía.
Las palabras son baratas. Lo que
cuenta son los hechos. El muro fronterizo sigue. Las deportaciones de
inmigrantes sin trayectoria criminal siguen. Las separaciones de familias
siguen. El limbo jurídico al que arrojó a cerca de 800 mil jóvenes indocumentados
sigue. La eliminación del financiamiento federal para las ciudades santuario
para inmigrantes, sigue. La prepotencia en las negociaciones del TLCAN, sigue.
Trump está convencido que México,
según dijo su jefe de gabinete John Kelly, “está al borde del colapso”, como la
Venezuela de Hugo Chávez. No importa que el general de marines, a quien Trump
considera duro entre los duros, no sepa lo que está diciendo: bajo Chávez,
Venezuela no estuvo al borde de colapso, es ahora, con Nicolás Maduro, que se
desintegra.
El debate sobre si México es un estado
fallido está muy trillado. Felipe Calderón y sus 100 mil muertos le dieron
fuerza. Situar a México a un paso del despeñadero, no sólo es táctica de miedo
para tratar de convencer a los renuentes demócratas a financiar el muro. Trump
y Kelly realmente los creen.
Cuestión de
recordar la famosa conversación telefónica del 27 de enero, cuya transcripción
fue publicada en su totalidad por The Washington Post. Trump dijo a Peña que el
problema del narco en México está “completamente fuera de control” y culpó a
los capos de la droga por la epidemia de drogadicción en partes de Estados
Unidos. Desconfía en los militares mexicanos. Cree que son incapaces de
enfrentar y acabar con el poder del narco. Le gustaría que los militares
gringos se hicieran cargo.
El debate sobre el estado fallido no
está resuelto. Hay argumentos válidos en ambos lados. Hechos que justifican la
descripción, pero también que la refutan. Si el país estuviera a punto del
derrumbe, la sociedad civil no hubiera actuado con la fuerza, generosidad y
serenidad con que enfrenta el actual desafío. Es la misma sociedad
participativa que se organiza para acabar con los gobernantes corruptos, hacer
valer el Estado de derecho, y enterrar de una vez por todas la noción de que
México no tiene remedio.
El meloso
mensaje de Trump no merece el beneficio de la duda de los mexicanos. Sus
lágrimas de cocodrilo no van a cambiar el juicio de la historia que seguramente
resolverá condenarlo como el presidente más antimexicano de todos los tiempos.
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