Francisco Ortiz Pinchetti.
Me dice José Luis Luege Tamargo, que
del tema sabe un rato, que los socavones que se han abierto recientemente en
distintos rumbos de la capital –cuatro en una semana– son apenas un pálido
indicio de lo que realmente sucede debajo de nuestros pies. El ex director
general de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) asegura que la ciudad
capital está en alto riesgo de colapsarse debido al deterioro creciente de su
infraestructura hidráulica, en este caso concreto una red de drenaje vieja,
ineficiente e insuficiente. Frente a tamaño problema ha habido por parte de las
autoridades indolencia y corrupción.
Los socavones no aparecen de repente,
aclara. Se forman a veces en semanas, meses y hasta años por la erosión
paulatina de los sólidos del subsuelo provocada por la ruptura de ductos y las
fugas. Y pueden ser detectados a tiempo. Esos hundimientos, sin embargo, no son
el problema de fondo, sino un efecto. Lo que ocurre allá abajo es que las
tuberías del drenaje están rotas, se han colapsado, tienen fugas.
No es necesario ser un sabio para
entender que la pendiente de ríos como el Mixcoac, La Piedad, Churubusco o Los
Remedios, cuyas aguas bajaban de las montañas de poniente a oriente hasta
desembocar en el Lago de Texcoco, se ha perdido como consecuencia del
hundimiento de la ciudad, que en algunos lugares alcanza los 40 centímetros al
año. Esos ríos, casi todos ellos entubados actualmente, han sido convertidos en
drenajes, cloacas, desagües. Y al perderse la fuerza de gravedad que movía sus
aguas, han dejado de funcionar como tales. No tienen salida natural y es
menester bombear las aguas negras de su cauce para llevarlas fuera del Valle de
México, lo que cada vez resulta más difícil y más costoso.
De la
gravedad de esta situación da idea el hecho de que cuando el barón Alejandro
von Humbolt midió en los albores del siglo XIX los niveles de los acuíferos de
la capital entonces de la Nueva España, el centro de la ciudad se encontraba
diez metros arriba del lecho del lago. Hoy está diez metros… ¡abajo!
La posibilidad de una gran inundación
en la Ciudad de México –que históricamente las ha padecido es inminente, me
advirtió Luege Tamargo. Y hay que decir que puede ser absolutamente
catastrófica.
Lo que preocupa más que todo es la
indolencia de las autoridades, aun ahora que los riesgos se hacen cada vez más
evidentes. Durante muchos años, décadas, los sucesivos gobiernos de la ciudad,
y también el gobierno federal, han sido criminalmente omisos, tanto en el tema
del drenaje como el de la escasez creciente de agua potable.
La cuestión es no gastar en aquello
que no se ve. Hoy tenemos una red hidráulica absolutamente obsoleta, con más de
50 o 60 años, incapaz ya de responder a las necesidades de una megalópolis con
más de 22 millones de habitantes. En la red primaria se pierde el 40 por ciento
del suministro de agua potable, cada vez más costoso.
Y del
colapso que sufre la red del drenaje dan idea los socavones, cuya frecuencia es
mucho mayor que la que consignan los medios de comunicación. Pequeños huecos se
forman todos los días en las calles y avenidas de la ciudad. Algunos alcanzan
mayores dimensiones, pero todos tienen finalmente la misma causa e indican el
mismo peligro. Atacar de veras el problema implica meterle al subsuelo de la
ciudad miles y miles de millones de pesos, para sustituir kilómetros de
tuberías inservibles; pero aun eso sería insuficiente si no se detiene, o al
menos se atempera, el hundimiento de la gran urbe, provocado en gran medida por
la sobreexplotación irracional de su acuífero.
De indolencia e irresponsabilidad
gubernamental es claro ejemplo el caso del socavón que se abrió hace tres
semanas en el Eje 8 Sur Popocatépetl, en la colonia Santa Cruz Atoyac de la
delegación Benito Juárez. Justo en el mismo lugar ocurrió un hundimiento
similar hace tres años, que supuestamente fue reparado. Quiere decir que el
arreglo fue insuficiente, pues no se corrigió la causa del socavón abierto en
2014.
Es obvio por
otro lado que el riesgo no se limita a la aparición de socavones en calles y
avenidas, sobre todo en aquellas en cuyo subsuelo corren tuberías de desagüe y
agua potable. Los hundimientos pueden afectar también, y de hecho afectan,
tanto a casas, edificios y unidades habitacionales como al Metro, las centrales
camioneras, el aeropuerto, los puentes peatonales y los pasos a desnivel
vehiculares. Esto hace más vulnerables a diversas zonas de la ciudad ante la
eventualidad de un sismo de gran magnitud, como el que ocurrió recientemente.
El exdirector de la Conagua piensa
que la única forma de parar esto es limitando drásticamente el crecimiento
horizontal de la ciudad, la llamada mancha urbana, para recuperar, o al menos
preservar, lo que queda de las áreas naturales de reserva ecológica en el
entorno citadino y permitir la recarga del acuífero en esas zonas con el agua
de lluvia. Los pozos de absorción, que hay que usarlos, son sin embargo
costosos y muy limitados, dice. “La ciudad tiene que crecer hacia arriba, no
hay otra”. Así de
claro.
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