Adrián López
Ortiz.
Las crisis
sacan lo mejor de nosotros. Justo 32 años después, en pleno aniversario del
19-S de 1985, otro sismo registrado en el centro del país activó una
solidaridad admirable entre la sociedad mexicana.
La ayuda
fluye, los centros de acopio proliferan y las redes sociales se inundan de
imágenes alentadoras y memorables: Frida, la perra rescatista que los japoneses
creen que se llama “MARINA”, tiene ya hasta stickers cuyo costo de recuperación
es también un donativo. Sensible y poderoso, el poema “El puño en alto” de Juan
Villoro, será el canto juglar de este sismo.
Pero a
diferencia del terremoto de 1985, mucho más letal por diversas razones (desde
la intensidad, hasta las condiciones de construcción de las zonas afectadas),
hay dos debates nuevos en esta emergencia: la inclusión de las redes sociales
en la comunicación con el affaire #FridaSofía como protagonista; y el debate
sobre la pertinencia del financiamiento multimillonario de los partidos
políticos. Por razones de espacio, dedicaré esta columna al segundo tema.
Las crisis sacan lo mejor de
nosotros, o al menos así debería de ser. Porque mientras Los Mexicanos nos
enseñan que hay esperanza, los partidos políticos (también mexicanos) se
deshacen en un debate que no debería de serlo: ¿pueden o no “donar” el dinero
que reciben como financiamiento público para las víctimas del sismo?, ¿todo o
solo un porcentaje para que sea equitativo?, ¿es legal o no hacerlo?, ¿si lo
hacen, se vale presumirlo?
Datos
preliminares indican que al menos hay 4,000 propiedades afectadas por el sismo,
tan solo en la Ciudad de México. Tomará años y mucho dinero revisarlas y
reconstruirlas para hacerlas habitables otra vez. En un momento de emergencia
tal, con gente sufriendo en Oaxaca, Puebla, Morelos, los miles de millones que
reciben los partidos políticos se sienten todavía más superfluos.
En redes sociales los comentarios son
brutales. Desde el “¡Qué lo regresen todo!” hasta el “¡No los necesitamos!”.
Entiendo que la rabia es enorme, pero ¿en serio no necesitamos partidos? Eso
nos lleva a la pregunta de fondo: ¿importan?
La misma
pregunta se la hizo antes el académico Peter Mair en su libro “Ruling the
Void”. En el apartado ¿Do parties matter?, Mair responde (parafraseo): la tesis
de que los partidos importan se basa en dos proposiciones: que las
circunscripciones de los partidos políticos en democracias constitucionales
tienen preferencias distintivas que alimentan el proceso de formación de
políticas públicas; y dos, que la orientación pública de las políticas atiende
esas preferencias distintivas de sus circunscripciones.
En resumen, los partidos importan
cuando atienden a sus electores y traducen en política pública las preferencias
y necesidades de sus gobernados.
En la medida en que esa “cohesión”
elector-partido se diluye o rompe, la identidad de los partidos hace crisis. Se vuelve más difícil distinguir
entre uno y otro. Y aparecen entonces
las alianzas electorales que pasan por encima de ideologías y agendas. Alianzas
cada vez más promiscuas porque lo importante es ganar, no gobernar.
Como dice
Mair, lo que importa entonces es la diferencia entre los partidos. Es decir, si
son capaces de mostrar que pueden ser distintos entre ellos y ofrecer
alternativas, candidatos, agendas e ideas concretas que muestren una manera
alternativa de hacer las cosas en política. La sociedad necesita saber que tiene opciones.
Y ese es precisamente el problema de
los partidos políticos mexicanos, no son capaces de diferenciarse entre ellos
porque los unen denominadores comunes: corrupción, tráfico de favores,
clientelismo, enriquecimiento, ineptitud, etc.
Ejemplos
sobran: el PAN dejó pasar la oportunidad
de la alternancia y ahora todos sabemos de la corrupción de los hijos de
Marthita. Con su rompimiento con MORENA, Ricardo Monreal enseña que sigue
siendo priista. Andrés Manuel nos dice que es honesto, pero no ha sido capaz de
demostrar cómo ha financiado 18 años de campaña permanente. El PRI regresó al
poder con el adjetivo de la renovación y tras la Casa Blanca, Peña Nieto pasará
a la historia como uno de sus presidentes más corruptos. Del Verde, el PANAL y
el PT ni hablamos.
Los partidos
políticos son instituciones públicas. Acaso el modelo más acabado que hemos
inventado los humanos para operar un sistema democrático. Pero es obvio que en México se han convertido en cofradías de poder que
se alimentan a sí mismas. Cofradías que los ciudadanos mantenemos y que cada
vez nos salen más caras.
Tenemos muy
malos partidos, pero aun así, creo que SÍ IMPORTAN y son necesarios. Pero deben
renovarse de raíz para mantenerse vigentes. Encontrar mejores maneras de
vincularse con la sociedad. Repensar sus agendas y poner al ciudadano en el
centro.
Pero nada de eso sucederá mientras
usted y yo, sin ser militantes, paguemos el sueldo de Ricardo Anaya, López
Obrador o Enrique Ochoa. Cuando ese salario lo paguen sus militantes, verá que
entonces les importa lo que piensen.
Por eso hay que empujar iniciativas
como #SinVotoNoHaydinero. Para realinear las cosas. Para que los partidos dejen
de ser espacios dónde se va recibir y vuelvan a ser espacios dónde se va a dar.
Porque de eso se trata la política: de generosidad y bien común. ¿Qué no?
Librero: “Las
partículas elementales” (Anagrama, 2015) del terrible Michel Houellebecq es una
novela del siglo XX que avista el siglo XXI desde una rendija. A través de
Michel Djerzinski, su personaje principal, el autor construye una descarnada
novela sobre un futuro que se antoja desconocido, frío y, al mismo tiempo,
aterrador: el mundo post-humano.
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