Dolia
Estévez.
Washington,
D.C.–“Tengo que cuidar la investidura
presidencial. No ser candil de la calle y oscuridad de la casa”, me dijo Andrés
Manuel López Obrador cuando le pregunté a que se debía su tono mesurado en
relación con la candente retórica de su última visita en marzo. “No puedo venir
a Washington y manejar lo que manejo en la plaza pública de México o en nuestro
país porque es distinto”.
López
Obrador no sólo reverenció la “investidura presidencial” de Enrique Peña Nieto,
sino también la de Donald Trump. A Peña le deseó “terminar bien” el sexenio
para que haya una transición en armonía, y a Trump le envió el mensaje de que
“no nos vamos a pelear” o “buscar la ruptura”, sino hacer valer nuestra
soberanía, “con todo respeto”.
En un
asistido foro patrocinado por dos importantes centros académicos capitalinos, el aspirante a la Presidencia por el
Movimiento Regeneración Nacional (Morena) buscó dar garantías a su
audiencia–académicos, periodistas, ex funcionarios, representantes de la
sociedad civil, activistas, estudiantes y quizá algún funcionario
estadounidense de nivel bajo–de que no será, como dicen sus adversarios, “otro
Maduro” que llevará a México al despeñadero.
Una mezcla de interés y curiosidad
por conocer al que aparece mejor posicionado hacia el 2018, según las
encuestas, literalmente rebasó la capacidad del auditorio del Woodrow Wilson
Center. Cuando éste y el Dialogo Interamericano, los copatrocinadores,
recibieron 800 confirmaciones de asistencia, tuvieron que cambiar la sede al
anfiteatro del edificio Ronald Reagan, cuyo cupo es de 595 personas. López
Obrador no llenó el recinto, pero estuvo cerca.
Previo a la
presentación, el político saludó en un salón aparte al Embajador James Jones,
al Embajador de Chile Gabriel Valdez, al ex Gobernador Lázaro Cárdenas, al
director para el hemisferio occidental del FMI Alejandro Werner, a la
Embajadora Harriet Babbit, al ex Embajador Arturo Sarukhan, y a la economista
Judy Shelton, presidenta de la junta directiva del National Endowment for
Democracy, una poderosa organización neoconservadora.
El recibimiento de alto dignatario
que se le confirió, muy diferente al que reciben decenas de conferencistas
mexicanos que regularmente vienen a Washington, refleja el feeling de que esta
vez puede ganar las elecciones presidenciales. Sin embargo, López Obrador pudo
haber aprovechado mejor la coyuntura.
Su discurso
no fue diseñado para un público como el que acudió a escucharlo. Se le pasó la
mano en detalles de poco interés para los estadounidenses. No articuló una
agenda de política exterior bien pensada que explicara a donde iría México en
relación a Estados Unidos y la región de ganar la Presidencia.
Prometió que detendrá la guerra, pero
no dijo cómo. Llamó fallida la estrategia de combate a la inseguridad, pero no
planteó alternativas de corto plazo. Se jactó de tener 200 especialistas
independientes asesorándolo, pero uno sólo que entendiera a Estados Unidos
hubiera bastado.
“Sonó como
el Peña Nieto del 2012 que decía que iba a enfocarse a la prevención y al
desarrollo. Peña no lo cumplió y pronto retomó los mismos modos–uso de la
fuerza—de Felipe Calderón. AMLO tiene
que ser más específico para convencer que es diferente, pero mejor”, observó
Patricia Escamilla-Hamm, especialista en temas de seguridad.
Tocó aspectos que no dieron
tranquilidad a los estadounidenses. Por ejemplo, afirmó que revisará los
contratos petroleros y buscará la autosuficiencia alimentaria para “rescatar al
campo”. Música para los oídos de Trump y su cábala de proteccionistas.
Quizá su más seria omisión fue no
haberle dado suficiente importancia al tema la Acción Diferida para los
Llegados en la Infancia (DACA). Trump acababa de revocar DACA. La opinión
pública se le vino encima. Fue la nota del día. López Obrador no se unió al mar
de condenas. “No estoy de acuerdo”, respondió lacónico, “sin ánimo de aparecer
injerencista, hay que dar oportunidad a los jóvenes”. No dijo que negarle a los
soñadores una mínima protección legal es un acto de enorme crueldad. Ofreció
recibirlos con los brazos abiertos, pero el sueño de los jóvenes es su
permanencia legal aquí.
López Obrador confundió el respeto a
la investidura presidencial con las críticas a las indefendibles políticas
racistas del individuo que la ostenta. Fue demasiado suave y meloso con Trump.
Los propios estadounidenses esperaban más firmeza. Trump trae a México como
piñata. Nos golpea un día sí y otro también.
Noté a López Obrador despreocupado de
Trump–volvió a descartar la posibilidad de que Estados Unidos intervenga para
impedir su triunfo. Demasiado confiado en su victoria. Seguro
del fuerte respaldo popular que tiene en México. Convencido de que su posición
contra la corrupción, tema que definió como central, le ganará adeptos en el
sector financiero de Wall Street.
Para López
Obrador, el respaldo del empresario regiomontano Alfonso Romo, es otra
garantía. “Todos los empresarios de
México saben que van a haber garantías para invertir en el país. Que no se va a
cometer ningún acto de arbitrariedad y que van a tener condiciones favorables.
Ya lo saben porque ya me conocen”. ¿Qué impacto tendría que Carlos Slim lo
apoyara? “No estamos peleados, nunca hemos estado peleados y no estaremos
peleados”, me respondió.
Pese a los errores y omisiones, el
saldo de su viaje a Washington fue positivo. López Obrador mostró que en esta
capital–donde el mundo entero se disputa un espacio–se le dio importancia. Y,
eso, no es poca cosa.
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