Salvador Camarena.
A los
políticos en México no les importa detener, totalmente y en seco, el
funcionamiento de una de las ramas del gobierno –el Poder Legislativo– para asegurarse
de que un señor partidista y partidario no será nombrado, en bola rápida, como
fiscal para los próximos nueve años.
Qué
gallardía, dirán algunos sobre el lance de los obstruccionistas. Medidas
extremas para amenazas ídem, justificarán los partidarios de la narrativa del
oficialismo panista. El empecinamiento rindió frutos, no habrá fiscal carnal,
proclamarán por ahí.
Salvo que
todo lo anterior puede que sea mentira. Falso no porque no lo viéramos ocurrir
día tras día, pero falso al cabo por carecer de esencia, por ser un vodevil:
sainete que (dicen) posiciona a Ricardo Anaya frente a la izquierda así sea a
costa de perder el control del Senado. Otra victoria de estas, con costos aún
por ser facturados, y el queretano se tendrá que ir a cuidar sus bodegas.
Siete días
que no conmovieron a México. Quizás entretuvieron a la clase política, siempre
ávida de crear problemas para luego mostrarse como salvadores de la patria al
desfacer los entuertos que son su criatura, temas que les saturan pero que no
se relacionan, en lo más mínimo, con la adversidad cotidiana de los ciudadanos.
Y no porque no haga falta un fiscal
cabal antes que carnal. Urge. Pero urge desde hace años, como urge –también ha
tiempo– un secretario de Gobernación que asuma las funciones de la seguridad, y
en una de esas de la gobernabilidad.
Sin embargo,
el parto de los montes de estos siete días fue para poner un candado.
Insuperable metáfora. Nuestra clase política sudó la gota gorda en torno al
verbo impedir. El espectáculo quizá habría valido la pena si hubieran tenido
como meta elegir al mejor fiscal, no andar rizando el rizo de un manoseado
transitorio con dedicatoria.
Miren
ustedes, aquí no discutimos la idoneidad de un perfil, de un puesto, no, aquí
hacemos conjuros donde enfrentamos las puntadas de Gamboa, que deslizó que sí,
que sí veían al fiscal carnal, con las ambiciones de Anaya, que se amachó en
que no y no.
Quien crea
que lo que estaba en la mesa era la idea de buscar al Quijote que quiera
enfrentar, montado en ese flaco jamelgo que es la estructura de la PGR, se
equivoca.
Lo que importaba era el tango, y el
PRI se abrazó a Anaya y fueron de aquí para allá en un baile que, salvo los
requiebros y el sudor, actuado o real, no producirá nada, ni un fiscal (o una
fiscal, no se vaya a decir que esta columna también tiene favorito) decente,
para acabar pronto.
Y mientras
la arena de la grilla estaba de bote en bote, toditos ellos locos de la
emoción, en el país la otra agenda, la real, se cobraba la vida de un joven
yucateco que tuvo la osadía de intentar el activismo por la seguridad en
Tabasco, esa tierra que cada día se le pudre más a Arturo Núñez.
Ah qué iluso
el admirable Gerardo –Jerry– Barceló, que quiso un mundo mejor para sus hijos y
los hijos de otros en Tabasco y como premio a su sueño le cayeron, y lo
callaron, a balazos.
Que se pudra
también Guanajuato en medio de ejecuciones sin fin, que se terminen de hundir
Veracruz y Tamaulipas… qué más da. Ese país a quién diablos le importa.
Que nadie
hable de corrupción ni de nada, nada, nada que no sea de ellos y su agenda.
Grandes nuestros políticos: les tomó siete días desempolvar un candado.
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