Raymundo Riva Palacio.
La forma como se dirimió la lucha
entre Margarita Zavala y Ricardo Anaya por el poder, se dio en un cuadrilátero
tricolor. Anaya
salió campante tras la renuncia de Zavala al partido, y la forma como sus más cercanos apoyadores optaron por no seguirle los
pasos. Fue una decisión inteligente. Afuera son nada, y dentro pueden conformar
una corriente política que busque su espacio de poder. Así son los partidos,
y muchos enemigos de Anaya lo entendieron cabalmente. Las cosas no pararán ahí,
sin embargo, y no sería extraño que hubiera unas purgas. No hemos terminado de
ver las cosas en el PAN. En alguna medida, porque detrás de varios de los
protagonistas del conflicto hay fuerzas superiores que los respaldan. Lo
paradójico es que son priistas y se encuentran en la cima del poder.
Anaya tiene el apoyo del secretario
de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, quien es uno de los principales
consejeros del presidente Enrique Peña Nieto. La relación entre ellos data del
Pacto por México, del que Videgaray fue el arquitecto principal –junto con el
actual secretario de Educación, Aurelio Nuño–, y trabajó con el líder del PAN
para que las reformas de Peña Nieto, con la excepción de la fiscal, pasaran con
el voto azul. Anaya tiene en Videgaray a su principal aliado en el equipo
compacto del presidente, aunque no le alcanzó para hablar con Peña Nieto
después de las elecciones en el Estado de México y Coahuila, en donde el
entendimiento que tenían los dos se rompió.
Peña Nieto dejó de creer en Anaya, y
no fueron pocas las veces que en su intimidad política comentó que lo había
traicionado al incumplir acuerdos. Videgaray no ha podido –o querido–
restablecer la relación entre los dos, ni logró evitar que el presidente
ordenara atacar a Anaya por todos los flancos.
La vanguardia del ataque la lleva el
líder del PRI, Enrique Ochoa, pero es desde la Secretaría de Gobernación, que
encabeza Miguel Ángel Osorio Chong, donde se ha procesado buena parte de la
información que los panistas o los órganos de inteligencia financiera del
gobierno han aportado para que sea filtrado a la prensa.
Ante el
quiebre de la comunicación con Los Pinos, Anaya se fugó hacia delante,
endureciendo su posición crítica contra el gobierno. En Los Pinos y Bucareli lo
mantienen como un blanco a tirar, y se
prevé que información comprometedora adicional sobre él termine en los medios.
Pero la historia de Anaya y sus apoyos dentro del equipo de Peña Nieto son sólo
una cara de lo que sucede en el PAN. Otra
cara tiene que ver con la señora Zavala y los apoyos inconfesables que está
recibiendo.
El 27 de
julio pasado, en este mismo espacio se reveló someramente la existencia de una
relación entre la señora Zavala y el expresidente Carlos Salinas. “Fuera del
PRI, de acuerdo con priistas y panistas, ha establecido relación con Margarita
Zavala, aspirante a la candidatura azul, y ha estado trabajando con algunos
exjerarcas del PRI para ir construyendo una oposición al 'dedazo' de Peña Nieto
en la sucesión presidencial”, se apuntó en ese momento en un texto sobre la
influencia que ejercía Salinas dentro del gobierno peñista y sus intenciones
para 2018. Zavala desmintió en este espacio la afirmación. “Es totalmente
falso”, dijo en una breve conversación telefónica. “No he recibido ningún tipo
de respaldo de Salinas”. La relación es
inconfesable, pero es real. A la
información originalmente aportada por fuentes priistas y panistas, se han
añadido nuevos detalles sobre ese respaldo, que incluye el financiamiento de
una estructura paralela, cuyos recursos no son fáciles de rastrear hacia ella o
hacia Salinas.
No se sabe
todavía cómo se dio el encuentro entre Zavala y Salinas, si hubo en efecto
necesidad de un tête à tête, o quién fue el articulador de tal respaldo. La señora Zavala había tenido conocimiento
de Salinas de primera mano hace años, porque cuando llegó a la presidencia
pactó con Diego Fernández de Cevallos y Carlos Castillo Pereza –mentor de ella
y de su esposo Felipe Calderón–, los jefes reales del PAN en aquellos años,
para que a cambio de reconocimientos electorales –el primero de varios, la
primera gubernatura del PAN en su historia, en Baja California, que le fue
entregada a Ernesto Ruffo contra la oposición del presidente del PRI, Luis
Donaldo Colosio–, apoyarían todo su programa de reconstrucción de la economía
hacia un modelo neoliberal.
Fernández de Cevallos sigue siendo un
hombre muy cercano a Salinas, como también lo es el senador Roberto Gil,
cercano a la dupla Calderón-Zavala. Lo que no está claro en absoluto es para
quién está jugando el expresidente. Se sabe a quién no desea en Los Pinos, a Andrés Manuel López
Obrador, quien dice en privado que al
expresidente a quien realmente quiere investigar es a Calderón, a quien nunca
dejó de llamar “usurpador” durante su sexenio.
Pensar que
Salinas está construyendo el plan B de Peña Nieto para la sucesión presidencial,
como asegura en parte Anaya –Zavala declinaría por el secretario de Hacienda,
José Antonio Meade, bien visto entre panistas– no es algo que cuadre, por las diferencias que tiene el
expresidente con varios miembros de su gabinete y la distancia que tiene hoy en
día con Los Pinos. Puede estar jugando
sus propias cartas, que hoy, con el
rencor de Peña Nieto contra Anaya, se unan intereses electorales en la figura
de la señora Zavala, y Salinas, una de las figuras detrás de ella.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.