Robles
Maloof.
¿Y si formamos brigadas de
rescatistas para liberar a las miles de personas desaparecidas en México?
¿Podríamos retomar la “normalidad” de una ciudad tras un sismo si supiéramos
que hay personas en derrumbes en los que solo una madre busca? Terremotos y
desapariciones ¿tragedias equiparables? Ayer por la tarde mientras estas ideas
iban y venían en mi mente escuchaba a las familias víctimas de desaparición, en
una reunión del Movimiento por Nuestros Desparecidos en México.
Súbitamente
otra pregunta interrumpió mis dilemas. “Oye, ¿Por qué no sacamos un pastel de
Buzz Lightyear y ponemos música para bailar?” La idea provenía de Emiliano
quien frente a mi impaciente esperaba respuesta. ¡Qué le digo! Siendo honestos
y por experiencia propia las reuniones de activistas no suelen ser los momentos
más divertidos del mundo.
“Emiliano
suena bien lo que dices, pero tu mami con todas estas personas están tratando
cosas muy importantes. Si se ponen a bailar y a comer pastel es muy posible que
se les olvidé hacerlo”, alcancé a responderle al pequeño de 5 años a quién por
supuesto no convencí en lo más mínimo. Por alguna razón pensó que una buena
alternativa a la fiesta era dibujar con plumones mis brazos, manos y camisa.
Mientras
reíamos advertí un botón en su suéter con la imagen de un familiar suyo que
permanece desaparecido. Aunque nos divertimos mucho pensé que quizá no era el
mejor amigo, ni el mejor lugar de juegos que el pequeño había tenido. Cansado
tras horas de reunión, visiblemente aburrido Emiliano exigía a su mami de forma
hermosa; “Ya vámonos a la casa del hotel”.
¿Por qué tiene un niño que estar en
una reunión de personas desaparecidas? ¿No estaría mejor jugando con sus
amigos? ¿No deberíamos vivir en un país dónde la madre de Emiliano se
preocupara por cosas como ponerle un suéter si hace frío y no tuviera que interrumpir
su proyecto de vida para dedicarse a buscar a un familiar?
Merecemos ese país en dónde las
personas no sean desaparecidas y cuando eso suceda nos indigne tanto que
acompañemos a las familias en su rescate hasta encontrarles. El lugar donde quienes
cometan esos delitos sean procesados y sancionados sin excepción. En este espacio lo he repetido una
y otra vez, no veo otra prioridad tan
urgente que detener la violencia sistemática contra la población ejemplificada
en delitos como la desaparición forzada de personas, la desaparición por
particulares y los homicidios. Delitos que por su número nos colocan en rangos
trágicamente históricos.
Las
comparaciones son odiosas. Con esto en cuenta en cuenta ayer advertía que las
preguntas con las que empecé estas líneas son compartidas por muchas familias
que buscan a sus desaparecidos. No se trata de una reflexión desde el rencor
del “porqué buscan y rescatan a unos y a otros no”, nada más lejano de la
realidad.
En principio
hay que celebrar la respuesta de la sociedad civil ante los sismos. Como
escribí en Guía para seguir soñando debemos sentirnos orgullosos del poder que
tenemos como respuesta al dolor ajeno, pero
la transformación del país requiere sostener ese compromiso por más tiempo que
semanas.
Las razones
que pueden explicar la abrumadora respuesta ante el temblor son claras, en
principio porque todos vivimos el sismo. No es una historia que leemos y nadie
tiene que contarnos el miedo que aún recorre nuestra piel. También el rescate
nos interpeló de forma inmediata y urgente, directamente en las calles por las
que caminamos. A diferencia de esto, la
desaparición de personas es un acto al amparo de la oscuridad por criminales
que suelen ocultarse al público (a veces ni eso) y su trabajo consiste en
intentar eliminar todo rastro de la persona que nos arrebatan.
Pero hay
otras razones menos evidentes que pueden explicar la diferente respuesta ante
las tragedias. Los sismos y desastres naturales suceden sin que exista, en
principio, un perpetrador. La
desaparición de personas sucede precisamente a manos de perpetradores en
ocasiones desde los gobiernos, en otras desde los grupos criminales y en miles
de casos en la asociación mafiosa de estos actores y al desaparecer, es claro
que se oponen al rescate.
Podemos entender que nadie quiera
para sí y para los suyos una desaparición, mientras más lejos mejor. Pero si
los pensamos bien, el dar la espalda a la violencia se promueve como narrativa
desde los gobiernos. “Fue un levantón”, “Se están enfrentando ente ellos”, “Eso
les pasó porque andaban en malos pasos” ideas que, repetidas una y otra vez,
propician la cándida creencia de “a mí no me va a pasar”, que como dice mi querida Bety de Las
Rastreadoras de Sinaloa, eso piensas
hasta que te pasa.
Al sumarnos
al rescate en los sismos no enfrentábamos al perverso adversario y a su
narrativa. Pero si la comparación se sostiene es en la urgencia de buscar y
rescatar a personas. En uno y otro caso, es el mismo grito de la vida que
reclama ser recuperada.
Entiendo al
miedo como una alerta positiva porque afirma la vida ante el peligro, pero el
sismo nos demostró que en muchas ocasiones ese miedo no es natural y se propaga
intencionalmente desde los gobiernos. Organizados
pudimos y podemos vencerlo. La buena noticia es que las familias en búsqueda
han vencido el temor que inmoviliza y nos llaman a la conciencia que derive en
solidaridad.
Todo indica que hoy ellas, las
rescatistas de las personas desaparecidas tendrán una victoria cuando
finalmente se apruebe en la Cámara de Diputados la Ley General en Materia de
Desaparición Forzada, que como escribimos en este espacio, es una
reivindicación del Movimiento por Nuestros Desparecidos. Como ellos, no creo que las leyes
sean la solución y aunque no contiene todas las demandas del Movimiento es
fundamental para clarificar la responsabilidad del Estado mexicano en las
desapariciones y pueden ser una herramienta para rescatar las vidas e historias
que algunos han querido desaparecer.
Si me han leído hasta ahora es
posible que la comparación entre sismos y desaparición de personas les siga
pareciendo exagerada, pero creo que no lo es tanto. Nadie se atrevería a
cuestionar el derecho a rescatar que logramos tras el sismo ante las intentonas
de las autoridades por retirar a los rescatistas voluntarios. Eso mismo
lograron hace años las madres y familias de las personas desaparecidas abriendo
el camino con fuerza y derecho propio.
Acompañar la búsqueda es central para
la lucha, pero al
igual que en el sismo hay otras formas importantes para ayudar. Podemos empezar exigiendo que una vez
aprobada la ley, Enrique Peña Nieto la publique de inmediato y al mismo tiempo
exigir que en estas semanas la Cámara de Diputados le asigne el presupuesto
suficiente, para su implementación como lo demandan las familias.
Ayer me
quedé con ganas de decirle a Emiliano que espero verlo pronto, quizá en otro
contexto. Pienso en comerme el pastel del que habló y bailar hasta el
cansancio. De regreso a casa tras la reunión venía pensando en él. Su nombre,
presencia y contexto provocó en mi ese llanto; que no es dolor sino semilla.
Ayer renové mi voluntad de seguir, aprender y apoyar a quienes luchan por
nuestras personas desaparecidas.
Insisto ¿Qué sucedería si cientos o
miles acompañamos a las brigadas a las familias en búsqueda de personas
desaparecidas que realizan a lo largo del país todas las semanas? ¿No
creen que el miedo cambiaría al lugar de los perpetradores como corresponde?
Que en este
país ninguna niña o niño, ningún otro Emiliano, tengan frente a sí una vida y
un país en donde las personas son desaparecidas.
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