Pablo Gómez.
Decir que en México es imposible
eliminar la corrupción es en realidad una defensa del sistema político. Quienes
se encargan de difundir la idea de un país irremediablemente corrupto no son
estudiosos del problema sino aquellos operadores políticos que se benefician de
la corrupción.
En cualquier Estado existe
corrupción, pero no todos ellos son corruptos. México sí lo es. La cuestión
central consiste en que el sistema político opera con la corrupción: es ésta misma en todas sus formas
operativas. Los gobernantes realizan sus
funciones en un medio de corrupción, pero no porque ellos sean personalmente
corruptos (que lo son en su mayoría), sino porque los procedimientos políticos,
la administración pública, la vida institucional, funcionan con base en
mecanismos de corrupción.
No ha habido gobierno que no se
pronuncie de alguna manera contra la corrupción. Han existido momentos en que
el más corrupto llama a combatir la corrupción. Ahora, el país está construyendo un
Sistema Nacional Anticorrupción, mientras que los políticos se encuentran en una lucha para designar al mejor fiscal
de la materia, el cual sería el más amigo y el más flexible, aquel que entienda
justamente que es imposible eliminar la corrupción y que ese puesto no es para
perjudicar a quienes dan los cargos.
ESE SISTEMA ANTICORRUPCIÓN (ASÍ, CON
MINÚSCULAS) NO TIENE EL MENOR SENTIDO PRÁCTICO PORQUE QUIENES ESTÁN SENTADOS EN
SU MESA DE CONSEJO SON CORRUPTOS AL SER OPERADORES DE UN SISTEMA POLÍTICO QUE
USA LA CORRUPCIÓN COMO MÉTODO DE GOBIERNO.
Aún más, no existe separación clara entre la
política social como forma de gobernanza y la corrupción. En la inmensa mayoría
de los programas sociales se practica la corrupción como instrumento de la política.
Ni siquiera se exceptúan los hospitales, mucho menos las ayudas ni los
subsidios. La corrupción es sistémica, estructural, es un fenómeno
eminentemente político, por lo que abarca al país entero.
PARA COMBATIR LA CORRUPCIÓN ES
PRECISO DESTRUIR EL SISTEMA POLÍTICO ACTUAL, la forma en que operan las instituciones del Estado,
no sólo en el plano de la administración de los recursos presupuestales sino
principalmente en las funciones sustantivas que aquellas realizan con el
público. La relación entre los servidores públicos y la gente tendría que
modificarse totalmente.
Esto no es posible si no lo encabeza
el gobierno. La denuncia pública es a lo sumo un instrumento de propaganda, por
lo cual debería abarcar el planteamiento del cambio de gobernantes. Lo que se
requiere es un gobierno capaz de realizar sus funciones de otra manera, sin
buscar acuerdos corruptos por todos lados, que deje de dar a ganar a cambio de
apoyo y dinero, que rompa con los repartos, mordidas, moches, embutes, diezmos,
etcétera, que caracterizan a todos los niveles de gobierno y, en especial, con
la impunidad galopante que existe en la función pública.
Es imposible calcular el monto al que
asciende la corrupción. Lo que se estudia es la percepción de la gente a través de análisis demoscópicos.
México es uno de los más corruptos en el
mundo y el número 1 de la OCDE. Hay quienes hablan del 10% del PIB y otros
de mucho más. Algo sabremos hasta cuando se combata en serio la corrupción y se
pueda advertir su expresión cuantitativa, pero, sobre todo, haya una forma
nueva de relacionar a la ciudadanía con los órganos del Estado y con los
servidores públicos.
Un combate a fondo contra la
corrupción traería como consecuencia insurrecciones organizadas para
restablecer los repartos ilegales, los privilegios. Dejémonos de slogans
absurdos como ese de promover la “cultura de la denuncia”. El gobierno tendría
que denunciar los subsistemas corruptos, explicar con detalles cómo funciona
cada mecanismo, desde las dádivas hasta los moches de los legisladores, las
grandes mordidas en las obras públicas y en las compras gubernamentales. De
seguro que las sociedades corruptas redoblarían su estrategia escatológica
apoyada en la inducida creencia de que todos estamos manchados y que la
limpieza es imposible.
Un gobierno
decidido tendría que resistir todos los lanzamientos en su contra. Habría que
recurrir a un cierto estoicismo para aguantarlo todo.
Acabar con el sistema político que
prohíja la corrupción no sería una revolución, pero cambiaría mucho el cauce de
la lucha política en México. Además, nos permitiría apreciar mejor los problemas de mayor
fondo, entre ellos la desigualdad y la pobreza, en los cuales se expresan las
contradicciones sociales.
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