Javier Risco.
A su hijo de
cinco años le explotó el corazón y murió. Ella decide vestirlo, meter su cuerpo
en una bolsa transparente y rodearlo de cobijas, lo carga para llevarlo a
Acambay, en el Estado de México, donde hizo algunas raíces.
Pasa
desapercibido por varias horas, la Ciudad de México no se detiene a observar a
la mujer que carga a su hijo muerto lo incluye como parte de lo cotidiano.
Es hasta que
ella se detiene, hasta que se sienta en una banca de la Terminal de Autobuses
de Pasajeros de Oriente que alguien lo nota. Una mujer lleva un niño envuelto
en una bolsa, un niño que no se mueve.
La policía
se acerca, ella dice que sólo quiere regresar a su pueblo, que su hijo murió
porque padecía una enfermedad cardiaca, una arritmia que no lo dejaba jugar
como a cualquier otro. La madrugada del domingo antes de poder llevarlo a un
hospital su corazón no aguantó, convulsionó y murió a las dos de la mañana.
Ella no supo qué hacer. Salvo por el
hombre que la acompañó, no tuvo a nadie en la Ciudad de México. Decidió
llevarlo por su cuenta. En la pobreza la lógica se adapta a la fuerza de los
brazos.
Los policías la retienen por unas
horas, la Procuraduría General de Justicia confirma mediante estudios
periciales que el niño murió de causas naturales, el médico que atendía a la
familia también lo certifica.
Una funeraria los traslada a Acambay.
Los brazos de su madre descansan, pero no su corazón.
La historia la conocí por el
reportero Carlos Jiménez, un periodista que ha cubierto la fuente de justicia
desde hace años en esta ciudad. Lo sigo y lo leo desde hace tiempo, pero esta
historia que dio conocer con un par de fotografías jode cualquier día. Porque
de pronto llegan decenas de preguntas: ¿Cómo llega una madre a hacer eso? ¿Cómo
puede estar tan sola? ¿Cómo puede haber tanta pobreza? ¿Cómo tiene las fuerzas
de cargar un hijo muerto por toda la ciudad? ¿Cómo se sentó en una sala de
espera? ¿Cómo lo tuvo que hacer por su cuenta? ¿Cómo no tomó un teléfono? ¿Cómo
no se acercó a alguien? ¿Cómo no lo llevó a un hospital? ¿Cuánto cuesta la
muerte?
Las fotografías son de una mujer con
un gesto duro, con un semblante desencajado, una mujer que nadie creería que
tiene 25 de años, porque revela una pobreza que parece haber padecido muchos
años más. La pobreza viene acompañada casi siempre de tragedia, de ausencias,
de resignación ante un destino que no se eligió y que encuentra en las arrugas
y el endurecimiento de la piel la única forma de manifestarse.
Miguel Ángel, el pequeño envuelto en
una bolsa de plástico, es uno de esos niños que forman parte del 48 por ciento en
el país que, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de
Desarrollo Social (Coneval), nace, vive y muere en situación de carencia. Un
niño que nunca aspiró ni siquiera a una atención médica que le permitiera estar
más de 5 años junto a esa madre que en 25 años tampoco ha sabido lo que
significa ‘mejores condiciones de vida’, ESAS QUE TANTO
PROMETEN LOS POLÍTICOS EN CAMPAÑA.
Puebla, de donde ambos son, tampoco
pintaba para ellos un mejor panorama. El Coneval registraba ahí, hasta 2016,
cuatro millones de pobres, el cuarto estado en México en esa situación.
Acambay, en el Edomex, no les abriría puertas a mejores condiciones: 7 de cada
10 habitantes no ganan ni el ingreso básico para cubrir sus necesidades, 3 de
cada 10 están clasificados como en situación de pobreza extrema.
Esos son los problemas para los que
deberíamos estar exigiendo soluciones específicas a quienes aspiran a
gobernarnos seis años más. Hoy, con un sexenio priista en el ocaso, Miguel
Ángel dio su último suspiro en un presente que nunca pudo ofrecerle un futuro
mejor.
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