Salvador
Camarena.
El 7 de
marzo Helio Flores publicó 'Nacido para ganar', resumen perfecto de las
elecciones presidenciales.
En un podio
de premiación, el candidato Meade aparece en el sitio del tercer lugar. Un mono
–encopetado y cariacontecido– observa la escena. En la siguiente imagen, el
mono del copete serrucha el lugar correspondiente al segundo lugar de la
competencia. En la tercera hace lo mismo con el sitio del primer lugar. Al
final, en su taburetito de tercer lugar, Meade levanta los brazos en señal de
triunfo. Mono y candidato sonríen.
(https://twitter.com/Helioflores_mex/status/971380225538908160)
Vivimos una
versión muy torcida de 1976. El gobierno parece decidido a que su candidato
gane sin oposición. Aunque poco faltó, en esta ocasión no serían los problemas
internos del Partido Acción Nacional los que dejen a los mexicanos sin opciones
competitivas. El plan del candidato solitario se ha maquinado en Los Pinos.
Hundido en las preferencias
electorales luego de un sexenio de escándalos de corrupción impunes y de su
completa indolencia ante cualquier cosa que no sea proteger el statu quo, el
peñismo ha emprendido una estrategia para quedarse con la presidencia por
default: a sabiendas de que no pueden ganar, pretenden que los otros no ganen,
es más, que ni compitan.
Muy torcidamente vivimos también un
momento como el de 1986. Entonces, un gobierno del PRI decidió que no se podía
permitir el triunfo de la oposición en Chihuahua. Con paternalismo que
soslayaba los derechos ciudadanos, el régimen ejecutó un fraude para impedir
que esa entidad, fronteriza con Estados Unidos, 'cayera' en manos de los
'vendepatrias' del PAN.
Émulos de
aquella trastada, paradójicamente hoy
los peñistas abrazan a Trump y a su yerno en busca de favores redituables
electoralmente. Echarse en brazos del peor Washington para que la Casa Blanca
bendiga la operación de rescate de un candidato sin futuro. La patria al
servicio de Insurgentes Norte y de Pensilvania 1600.
La operación judicial de acoso y
derribo en contra de Ricardo Anaya no ha cesado. Y se da por descontado que
apenas serruchen al panista, irán por El Peje. Tan anunciadas y tan
normalizadas ya están esas versiones que hay quien se escandaliza no de las
señales del fraude, sino de que haya quien (AMLO) advierta sobre las
consecuencias del mismo.
Los
elementos tácticos de tan burda estrategia abundan. El presidente ha pasado de advertir al pueblo que no se deje llevar por
el enojo, a pagar millones en publicidad para que los mexicanos hagan “bien las
cuentas” de todo lo que estarían por perder.
Y cuando los
critican, doblan la apuesta. ¿No les gustó que la PGR difundiera un video de un
candidato ante el Ministerio Público? Pues a las pocas horas el encargado de la
Procuraduría y el secretario de gobernación (así, en minúsculas) se harán
acompañar de los titulares de la Policía Federal y de la Comisión Nacional de
Seguridad en una conferencia que, dizque convocada para otro tema, resultará en
un acto de defensa de la chicanada contra Anaya. Entre eso y la forma en que el hoy preso Édgar Veytia recibía a los
opositores hay demasiado parecido.
Encima, el
gobierno no acusó recibo de la inédita misiva que decenas de intelectuales
publicaron hace ocho días para demandar al régimen uso imparcial de las
instituciones de justicia. “Es el clima natural de todo proceso electoral”,
contestó ante esa carta Peña Nieto en una declaración desdeñosa, en la forma y
en el fondo, con lo que está en juego.
Llegamos a la fecha del registro de
los candidatos sin la certidumbre de que el gobierno permitirá elecciones
libres y parejas. De no cambiar eso en las próximas horas, se consumaría la
regresión total, esa a la que le parecía natural armar un fraude patriótico.
Así empeñan
al país.
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