Sanjuana Martínez.
¿En qué momento Enrique Peña Nieto
perdió la dignidad ante el presidente de Estados Unidos, Donald Trump? … Y lo
qué es más importante: ¿qué culpa tenemos los mexicanos?
Con estupefacción asistimos al
espectáculo de humillación que hace Trump de Peña Nieto desde que llegó al
poder. De manera reiterada, se ha reído en su cara, lo ha traicionado, lo ha
ofendido, lo ha avergonzado, lo ha degradado a niveles insospechados, a lo que
nunca antes, un presidente mexicano había estado.
Por si fuera
poca la crisis institucional que existe entre la Casa Blanca y la Presidencia
de México, Trump nos ha demostrado hace
unos días en un mitin en Pennsylvania a favor de un candidato republicano al
Congreso, que todo puede ser peor.
En este acto
público, Trump desveló las intenciones
simuladoras de Peña Nieto, acostumbrado a fingir y a mentirle a su pueblo. El
presidente estadounidense comentó los detalles que se supone deberían ser
reservados y dijo que Peña le pidió mentir la última vez que hablaron por
teléfono.
—- Me dijo, “Señor presidente, me gustaría que hiciera
una declaración de que México no pagará por el muro”. A lo que Trump contestó:
—- ¿Estás loco? No haré tal
declaración.
—- Pero…, insistió Peña Nieto.
—- Bye, bye. No hay forma de que yo
haga ese trato—- comentó Trump y a continuación colgó.
Está
conversación parece de lo más natural. Y
nos demuestra la forma en la que Trump trata como sirviente al presidente de
México. Es penoso y absolutamente inaceptable que el gobierno mexicano y su
máximo jefe de las Fuerzas Armadas sigan arrodillados ante Donald Trump.
México y
Estados Unidos cumplen 195 años de relaciones diplomáticas. Su agenda diversa
comprende lo político, económico, comercial, social, energético, técnico,
seguridad y lo más importante: migración.
No existe, en la historia reciente de
México, episodios tan humillantes como los que hemos vivido con Peña Nieto. Su
debilidad ante Trump nos ofende, nos lastima y por supuesto, nos avergüenza.
Este último
episodio debería considerarse como la gota que derrama el vaso. Repasemos lo
sucedido. El 24 de febrero, el periódico “The Washington Post” publicó una nota
citando a funcionarios de aquel país y de este, afirmando que Peña Nieto había
suspendido s viaje a Estados Unidos, luego de hablar por teléfono el 20 de ese
mes. No tenemos más detalles, pero el diario estadounidense señalaba que,
durante la conversación, Trump, había perdido “los estribos” por el tema del
famoso muro fronterizo. Y, por tanto, el mandatario mexicano había decidido
suspender su visita.
El fracaso
diplomático se intentó solucionar con la visita a México hace unos días, del
yerno y asesor principal de Trump, Jared Kushner, supuesto amigo de Luis
Videgaray. Las reuniones fueron a puerta cerrada y sin la presencia de la
embajadora Roberta Jacobson, quien dejará su cargo en mayo para profundizar más
la crisis entre ambos países.
Finalmente, lo que Kushner vino a decir, es lo mismo
que ha dicho Trump, pero más educadamente: que abandonarán el TLCAN, que
construirán un muro fronterizo pagado por los mexicanos y que pronto empezarán
a deportar al por mayor a todos los mexicanos indocumentados, una de las
promesas de Trump durante su campaña electoral.
Aquí es donde uno se pregunta de qué
han servido los 15 viajes de Videgaray a Washington. ¿De qué ha servido su
amistad con Kushner? ¿De qué ha servido su supuesta palanca con el yerno de
Trump?
La versión
de las charlas entre Kushner, Peña Nieto y Videgaray fue solamente un par de
fotos en la residencia oficial de Los Pinos
y apenas unos detalles sobre el tema: “una migración ordenada” o lo que es lo
mismo, “ya no queremos más mexicanos viviendo en Estados Unidos” o “ya no
queremos más indocumentado radicando en Estados Unidos”.
¡Lástima
Margarito!, porque se calcula que
actualmente viven 35 millones de mexicanos en el vecino país, de las cuales, se
calcula que alrededor de 12 millones carecen de documentos que acrediten
legalmente su estancia. ¿Y qué va a hacer Donald Trump al respecto? ¿Deportar esos
millones de personas? Sería una pena, porque entonces, eso provocaría un
inmenso daño a la economía de Estados Unidos, sencillamente, sería como si
Trump se disparara una bala a su propio pie, como si metiera un autogol.
Pero Trump no se distingue por su
inteligencia, en este momento lucha por una reforma migratoria que permita
deshacerse de los mexicanos que tanto odia. Los mexicanos son sus esclavos, así
los considera y así los trata, por tanto, no tienen derechos, según su
concepción. Por eso, quiere destruir a los 800 mil dreamers los beneficiarios
del Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés)
creados por el presidente Barack Obama y revocado por Trump.
Seamos sinceros, lo único que le
interesa a Trump de su relación bilateral con México, es deportar a millones de
mexicanos, no permitir más migración y construir un muro que pague México. Lo
demás no le importa. Tampoco su relación con Peña Nieto a quien califica de
manera displicente como un “buen tipo”, es decir, en
castellano puro, algo así como, un simple bobo.
Lo más grave de todo no es el muro,
ni que lo vayamos a pagar todos, porque ese muro ya existe, virtual y material;
lo más grave insisto, es que Trump quiere destruir la vida de nuestros
compatriotas radicados en Estados Unidos, deportando millones y eliminando el
principio de reunificación familiar para impedir la migración en cadena. Esto
debería ser suficiente razón para que Peña Nieto se le plantará enfrente y le
dijera sus verdades.
México sigue vomitando a sus
ciudadanos. Un país donde los trabajadores ganan 70 pesos diarios no hace otra
cosa más que expulsar a sus ciudadanos al vecino país. El hambre no tiene
puertas y a pesar de muros y policías, los mexicanos seguirán buscando una
mejor oportunidad de vida que con Peña Nieto no hemos tenido.
Trump quiere 25 mil millones de telares para
construir su muro fronterizo. No sabemos si Peña Nieto se los dará, lo que sí
sabemos es que le pidió mentirnos a los mexicanos para simular que ese muro no
lo pagaremos. La verdad, la puritita verdad, es que más allá del dinero, Peña
Nieto ya perdió, porque perdió lo más importante: su dignidad.
Y es difícil pensar que, en sus
últimos meses de gobierno, el presidente de México encontrará las agallas que
no ha tenido durante todo este tiempo. Finalmente, su falta de valentía es una
afrenta para todos.
Peña Nieto
prefirió arrodillarse que enfrentar con coraje patriótico el reto de rescatar
con decoro su propia imagen de presidente deshonroso. Así pasará a la historia.
Ni modo.
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