Diego
Petersen Farah.
La lucha por
el poder lleva a los candidatos y partidos a hacer lo que siempre dijeron que
nunca haría. Cuando el poder está de por medio la moral se hace chiclosa, las
convicciones dudosas y los enemigos cómplices. Si de algo no se puede acusar a
López Obrador en esta campaña es de no hacer todo, hasta lo inconfesable, para
ganar. En la búsqueda de estructura y apoyos económicos, el candidato de Morena
subió su tren a algunos personajes de dudosa reputación y otros cuya reputación
es indudable, indudablemente mala.
Esta semana
dos de ellos fueron noticia. Napoleón Gómez Urrutia, líder minero y candidato a
senador plurinominal, fue obligado por un tribunal a regresar 54 millones de
dólares que no había repartido a los mineros. Es decir, el señor se sentó en
mil millones de pesos que no eran suyos. Seguramente tendrá argumentos para no
repartir el dinero, para no pagar y quedarse con lo ajeno siempre hay excusas,
pero lo cierto es que esta semana un tribunal le dijo que regresara lo que no
era suyo, es decir, que regrese lo que se robó.
El otro caso
es el candidato a gobernador de Morena en Jalisco, Carlos Lomelí. El doctor
Lomelí fue acusado ante la PGR por Fernando Belaunzaran del PRD y Jorge Álvarez
Maynes de MC (cómo cambian las cosas, hace tres años los emecistas presumían
tener a Lomelí entre sus huestes y lo defendían como uñas y dientes) de ocultar
su patrimonio y participar en operaciones que al menos huelen mal. De acuerdo
con la información publicada Lomelí compró un terreno a personas señaladas por
el Departamento del Tesoro de Estados Unidos como operadores financieros de
cartel de Sinaloa y luego lo vendió a una empresa de la que el tiene 99 por
ciento de acciones. Para ponerlo en palabras del propio López Obrador: de lo
que se acusa a Ricardo Anaya es de niños de pecho comparado con esta operación.
Los
moretones de Morena difícilmente le pegarán a la intención de voto de López
Obrador. Ese no es el problema, sino cómo se construye el combate a la
corrupción desde arriba cuando él de arriba está invitando como candidatos (la
decisión de estas dos candidaturas las tomo Andrés Manuel y solo Andrés Manuel)
a personajes que son todo lo contrario a lo que pregona.
Es cierto,
en todas las campañas hay impresentables. A Meade y Anaya les faltan dedos de
las manos para contarlos, pero esa explicación solo abona al discurso, falso y
tramposo en sí mismo, de “todos son iguales”.
La
diferencia no es quién tenga más corruptos en su campaña sino qué hagan con
ellos. Ningún gobierno está ni estará exento de corrupción, la diferencia es
cómo se traté y es ahí donde López Obrador ha sido incapaz de articular un
discurso coherente.
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