John M.
Ackerman.
Las encuestas más recientes de los
diarios Reforma y El Financiero, así como la de la empresa Parametría, colocan
a Andrés Manuel López Obrador con una ventaja de entre 20 y 30 puntos
porcentuales hacia las elecciones presidenciales del próximo 1 de julio, algo
casi insuperable. El tabasqueño domina a sus dos contrincantes –Ricardo Anaya y
José Antonio Meade– en absolutamente todos los sectores sociales, entre todos
los rangos de edad y en cada una de las regiones del país. Ni con un mega-fraude
electoral esos contendientes podrían remontar esta enorme desventaja del
sistema corrupto.
Pese a ello,
Anaya, Meade, Lorenzo Córdova, el
consejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), y un grupo de los
oligarcas más poderosos del país se niegan a aceptar la derrota. Estos soldados
de la continuidad aparentemente están dispuestos a torpedear la campaña del
tabasqueño “haiga sido como haiga sido” con el fin de mantener sus privilegios
y sus prebendas.
La masiva realización de llamadas
robotizadas con “encuestas” simuladas que atacan y difaman a López Obrador
constituye el capítulo más reciente en una guerra sucia de larga duración que
viola flagrantemente la ley y enturbia al proceso electoral. El objetivo de
estas llamadas no es solamente alejar a los votantes de López Obrador, sino
también obstaculizar la realización de nuevas encuestas electorales durante las
próximas semanas que podrían ir confirmando la inevitable victoria del
candidato de Morena en las elecciones presidenciales.
Después de
recibir varias de estas llamadas amenazantes y difamatorias, el ciudadano
difícilmente tendría ganas de responder a las preguntas de un encuestador
auténtico que se atreva a marcar por teléfono o a tocar el timbre de su casa. El miedo y el fastidio dictarán que es
mejor encerrarse en su domicilio y simplemente no hablar con extraños. Es
factible que este proceso de aislamiento voluntario afecte de manera
particularmente fuerte a los allegados de Morena, ya que los ataques están
dirigidos específicamente contra ellos.
Con este operativo, los hombres y las
mujeres del sistema buscan alterar artificialmente los resultados de las
encuestas y así generar una ventana de oportunidad para poder operar un “fraude
patriótico” sin llamar demasiado la atención o pagar costos políticos demasiado
altos. Esta jugada no solamente cuenta con muy pocas probabilidades de éxito,
sino que también constituye una violación flagrante a la normatividad. Si el INE, la Fiscalía Especializada
para los Delitos Electorales (FEPADE) y el Instituto Nacional de Transparencia,
Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) no investigan y
castigan inmediatamente a los responsables, estarán demostrando una vez más que
sus abultados presupuestos simplemente no tienen razón de ser.
Hay cinco
maneras en que la masiva realización de llamadas difamatorias está violando la
ley:
En primer
lugar, nos encontramos ante una muy
probable violación a la Ley de Protección de Datos Personales en Posesión de
Particulares (LPDPPP). El INAI tendría que realizar una investigación
exhaustiva de los números de origen y de destino de cada llamada para averiguar
si no hay alguna filtración o venta ilegal de los números personales de
millones de clientes de servicios telefónicos. Es probable que estemos ante un
caso de mal uso de datos personales similar al que metió en serios problemas
legales a la empresa Cambridge Analytica en Europa y Estados Unidos.
En segundo
lugar, tanto la Constitución como las
leyes electorales prohíben que la propaganda política utilice calumnias que
atribuyan falsamente delitos a partidos o candidatos opositores. La referencia
falsa a Nestora Salgado como una supuesta “secuestradora” en un gran número de
estas llamadas evidentemente se encuentra fuera de la norma.
En tercer
lugar, la enorme cantidad de dinero
requerida para financiar la realización de millones de llamadas desde call
centers especializados debe ser materia de una investigación inmediata de parte
del INE. El gasto fácilmente podría generar un rebase de tope de gasto para las
campañas de Anaya y/o Meade, así como también un rebase del límite estricto con
respecto al financiamiento privado para las compañas políticas.
En cuarto
lugar, nos encontramos también frente a
la probable comisión de un delito electoral que debe ser investigado por la
FEPADE. El inciso XVI del artículo 7 de la Ley General en Materia de Delitos
Electorales impone una multa de 50 a 100 días y prisión de seis meses a tres
años a cualquier persona que “realice por cualquier medio algún acto que
provoque temor o intimidación en el electorado que atente contra la libertad
del sufragio”. Las llamadas evidentemente buscan generar precisamente tanto
“temor” como “intimidación”, así que la FEPADE estaría obligada a intervenir en
el caso.
Por último, entre los cientos de denuncias recopiladas
por la iniciativa universitaria “Diálogos por la democracia” (www.dialogosdemocraciaunam.mx)
hemos detectado numerosas llamadas realizadas desde números del extranjero,
desde Brasil y Grecia, por ejemplo. Ello viola claramente la prohibición
absoluta en contra de financiamiento desde el extranjero para las campañas
políticas en México.
Estas llamadas son apenas el
principio del escalamiento de la guerra sucia durante las últimas semanas de la
campaña. Si las instituciones no toman una acción contundente para frenar esta
práctica a todas luces ilegal estarán literalmente invitando al PRI y al PAN a
que rompan con cualquier semblanza del Estado de derecho en el camino hacia el
1 de julio, algo que podría poner en riesgo la celebración misma de las
elecciones presidenciales.
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