Jenaro
Villamil.
El tercer
debate presidencial de este 12 de junio en Mérida confirmará la tendencia
establecida desde el primer encuentro de esta campaña en el Palacio de Minería:
las preferencias electorales no se modifican sustancialmente tras el
espectáculo televisivo.
Los
tele-debates sirven para el conocimiento masivo de los contendientes, para
alimentar la cultura del talk show (género de la neo-televisión de los años
noventa que privilegia el espectáculo de la confrontación y la esgrima verbal
rápida) y estimula la ocupación de las redes sociales en tiempos de audiencias
convergentes: la producción de memes, hashtags, videos cortos, gifs, y todo
tipo de irreverencias que convierten divertida una campaña tan acartonada.
Jaime
Rodríguez, “El Bronco”, se convirtió en el rey de los memes del primer debate
tras su propuesta de “mocharle las manos” a los delincuentes, pero eso no le
ayudó o modificó su situación marginal en las preferencias electorales. Al
contrario, lo estacionó en un 3% de las preferencias.
Ricardo Anaya se autoproclamó ganador
de los dos debates presidenciales anteriores, pero nadie recuerda alguna de sus
propuestas y su preferencia electoral no ha rebasado los 30 puntos porcentuales
que habían calculado sus estrategas. Después del segundo debate, se le recuerda
más en las redes sociales por el mote de Ricky Riquín Canallín que le puso
Andrés Manuel López Obrador.
El exceso de labia, su facilidad para
responder (aunque mienta descaradamente), su sonrisa congelada y sus gestos
intimidantes en el segundo debate presidencial, convirtieron a Ricardo Anaya en
un buen producto televisivo, pero no en un contendiente presidencial
competitivo.
La mayoría de las encuestas registran
un descenso de 3 a 4 puntos de Ricardo Anaya, el “ganador de los debates”, por
los errores de su campaña electoral y el ataque mediático y político del
sistema y del gobierno de Enrique Peña Nieto en su contra.
El esperado “salto” de José Antonio
Meade para desplazar a Ricardo Anaya en la segunda posición de las preferencias
electorales ya no se produjo, por más encuestas a modo que el PRI ha divulgado
o por mucho entrenamiento recibido por Carlos Alazraki, el veterano publicista
al servicio del tricolor, y su war room o “cuarto de guerra”. La encuesta de
este 12 de junio, financiada por la Coparmex, hunde a Meade en un lejano tercer
sitio con menos de 14% de intención del voto.
El voto
“antisistema” creció.
La tendencia
marcada en las encuestas previas a la campaña electoral, entre octubre y
noviembre de 2017 no se ha modificado. Más bien se incrementó el voto opositor
o “antisistema”. Desde entonces, se detectó que el 80% de los consultados
afirmó que prefiere en la presidencia de la República a un político diferente a
Peña Nieto y a un partido que no tenga relación con el PRI. Para entonces, los
escándalos de corrupción de al menos nueve exgobernadores priistas estaban
generalizados, junto con otros casos como Odebrechet y el crecimiento
exponencial de la violencia en varias entidades.
Lo que han
demostrado las encuestas de distintas empresas y patrocinadores es que el
verdadero “voto útil” es el que capitaliza ese sufragio antisistema y no el que
evite la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la
República, como de manera equivocada establecieron los equipos de Anaya y
Meade.
Hay encuestas que ahora le dan más
del 50% de la intención del voto a AMLO. El sitio electoral Oráculus, que hace
un agregado de encuestas (poll of polls), indicó que López Obrador registra un
promedio de 49.4% de intención del voto.
El candidato
de “Por México al Frente”, Ricardo Anaya, le apostó mal al discurso del “voto
útil”. Y eso le ha costado en las encuestas de intención del voto. Ahora
registra un promedio de 27.3% de intención del voto y no ha podido rebasar el
techo del 30% en las encuestas que se han hecho públicas.
De manera
absurda, Anaya se entrampó en un debate con los votantes de José Antonio Meade
y de Margarita Zavala (que ya declinó) para desplazarlos como opciones
políticas del “voto anti-López Obrador” y no para capitalizar el voto
“antisistema”.
Las consecuencias de esta estrategia
están a la vista. El peñismo y el calderonismo se unieron, de manera aparente,
en este tramo final de la campaña para desacreditar a Anaya ya no sólo como
candidato opositor sino como figura confiable.
Lucha
fraticida.
De la
“guerra sucia” contra López Obrador se pasó a la difusión de videos anónimos
(en especial, el último divulgado el jueves 7 de junio) para reiterar las
acusaciones contra Anaya por presunto lavado de dinero. Este ataque ministerial
y mediático contra el candidato presidencial panista fue administrado de tal
forma por el gobierno federal y los priistas que Anaya se perdió en el camino.
Su contendiente real era Peña Nieto y no López Obrador.
Ahora, en el
tramo final de la campaña, Anaya busca reorientar su discurso, pero
difícilmente logrará modificar la tendencia irreversible en los ejercicios
demoscópicos.
Lo que ha provocado el ataque contra
Anaya es la exhibición de una disputa entre las distintas “familias” y “clanes
políticos” que lucharán por el control del PAN tras la contienda presidencial.
La demanda interpuesta por Ernesto Cordero, contemporáneo de Luis Videgaray y
de Meade en el ITAM, fue desacreditada por su exjefe, Felipe Calderón, y por
otras figuras panistas como el exgobernador de Jalisco, Alberto Cárdenas.
Sin embargo, el peor adversario de Anaya lo tiene en
casa. Y se llama Diego Fernández de Cevallos. El exabrupto del jefe Diego en su
entrevista del lunes 11 de junio al señalar que “la verdad, Anaya busca un
pacto para salvar las instituciones” frente a la “amenaza de un orate” como
López Obrador, sólo reveló que el discurso anti-gobierno y anti-sistema de
Anaya está destinado al fracaso o al suicidio.
La narrativa de Meade está
entrampada: orientar sus baterías para desplazar a Anaya, beneficiando a su
adversario real que es López Obrador, o concentrarse contra el candidato
presidencial de Morena. Si sale a defender a Peña Nieto, ante el esperable
embate de Anaya, Meade se quedará en los márgenes mínimos del 15%.
El último recurso del “sistema” para
salvarse del naufragio electoral es la “guerra sucia”, pero también la vieja
maquinaria de compra y coacción del voto que ya echaron a andar. Pero la
elección presidencial no será como la elección en el Estado de México.
La contienda
no se cerró ni superó al verdadero jinete del Apocalipsis que cabalga sobre las
candidaturas de Meade y de Anaya: el
agotamiento de 40 años de un modelo administrado por tecnócratas del PRI y del
PAN que se transformó en una cleptocracia repudiada y ahora enfrentada.
El tercer debate será el último
espectáculo en vivo de una contienda que se decidió dese hace, al menos, tres
años atrás: nadie advirtió con suficiente claridad que la caída del telepresidente
Peña Nieto era, en realidad, el derrumbe de un sistema.
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