Javier Risco.
No sólo en
la cancha se cuentan las historias más entrañables de un Mundial. A poco más de
12 mil 500 kilómetros de Moscú, en Perú, se escucha la voz de un hombre que
inventa cómo nombrar una gambeta de Raúl Ruidíaz; o un despeje de Pedro
Gallese, que se pierde en el cielo; o un cruce salvador al borde del área de
Aldo Corzo ¿Cómo narrar algo a lo que todo un pueblo le es ajeno y hacer que se
desborde de pasión? La historia nos la contó ayer el periodista Raúl Vilchis en
las páginas interiores de The New York Times, el reportaje titulado “El hombre
que se entrenó para narrar el Mundial en quechua” llega directo al corazón de
cualquier apasionado del lenguaje y del futbol.
Vilchis nos presenta a Luis Soto, un
conductor de un programa deportivo que narra los partidos de la selección
peruana de futbol en su lengua nativa, el quechua: “Soto narra las acciones que suceden
en el campo de juego con referencias que resultan más cercanas a su hogar en
Cusco, Perú. Cuando un mediocampista
controla el balón y neutraliza ataques está sachando la tierra. Cuando un jugador patea el balón, con
fuerza, comió mucha quinua. Y cuando Edison Flores, una de las grandes estrellas
de Perú, anotó un gol contra Ecuador que ayudó a que el equipo clasificara a la
Copa del Mundo en Rusia, Soto dijo que el jugador construyó carreteras donde
solo había unos senderos estrechos”. Por
donde se le vea es uno de los reportajes más hermosos que se han escrito de los
alcances del deporte, de la adaptación de un pueblo que era huérfano de un
lenguaje y que en 2018 está dispuesto a aprenderlo.
Al reportaje
lo acompañan cinco fotografías de Ángela
Ponce, donde aparece Luis Soto en acción; en una está en una grada narrando el
gol del Cienciano, un equipo de Cusco; en otra, él frente a sus notas, 500
términos futboleros traducidos al quechua. El lenguaje del futbol nace de la
voz y de las épicas de once hombres en una cancha; el equipo peruano en el
Mundial necesitaba un orador en quechua de una historia que también ellos
contarán a sus nietos.
Ayer
platicaba con el periodista Enrique Hernández Alcázar, de cómo vivió la
victoria de México sobre Alemania. Me dijo que la había compartido con su hijo de
ocho años, sobre todo le había sorprendido cómo había manejado el estrés de los
últimos veinte minutos del partido: “terminando el juego salió corriendo al
patio, sin decir nada tomó la bandera, gritó México y empezó a cantar el himno
nacional”, ante este cuadro inédito de nacionalismo desbordado y de pasión
futbolera desconocida en ese niño llegamos a la conclusión de cómo estamos
siendo testigos de una generación que podría crecer con otra mentalidad; a su
misma edad yo había sido testigo de cómo nos descalificaban por meter
cachirules y Enrique Hernández había llorado cuando nos quedamos en el camino
por culpa de los penales. Queda claro que el futbol no sólo inventa un nuevo
lenguaje, sino que marca un estado de ánimo generacional.
Ojalá en este Mundial agreguemos
nuevas palabras al léxico del futbol nacional; ojalá desterremos el ‘ya merito’
y aprendamos adjetivos menos terribles que marcarán a esos testigos de ocho
años que no conocen de tragedias pasadas.
Mañana sabremos si se trató de un
espejismo germánico o de una realidad a la que nos podemos acostumbrar, en
tanto en Perú un hombre seguirá narrando las épicas de un deporte que ahora
habla otra lengua.
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