Diego
Petersen Farah.
Firulais, un
payaso que al final de su vida mendigaba limosna postrado en una silla de
ruedas en las calles del centro de Guadalajara, fue de joven un rico heredero
con ansias de novillero. Se le quemaban las habas por torear y se perdió en
ello. Él mismo decía que además de ser payaso era el mejor mago de la ciudad,
pues nadie había logra desaparecer tanto dinero en tan poco tiempo como él.
Las ansias
de novillero están perdiendo también a López Obrador. Nadie había llegado a la
presidencia con tanto capital político, pero el afán de saltar ruedo antes de
tiempo lo está llevando a perderlo con gran velocidad. Al paso que va Andrés
Manuel llegará a la toma de protesta el 1 de diciembre desgastado y con menos
popularidad que con la que ganó la elección. Han sido muchos los errores en
poco tiempo y todos provocados por las prisas, por tomar decisiones que aún no
es momento de tomar.
Adelantar el nombramiento del
gabinete fue una idea genial. No solo mandó el mensaje de confianza que
necesitaba en ese momento, sino que les ganó la partida a sus contendientes.
Pero en los primeros quince días después de la elección tanto él como su equipo
han acelerado decisiones y comunicados que no fueron suficientemente maduradas,
consolidadas y estudiadas lo que ha generado un desgaste absolutamente
innecesario.
Es cierto, Andrés ya gobierna, y por
lo miso los costos políticos ya son para él. El desmentido del Vaticano y del
EZLN sobre la participación del Papa Francisco y de los zapatistas en el
proceso de paz; anunciar un recorte de 70 por ciento de las plazas de confianza
sin haber estudiado puntualmente secretaría por secretaría y dependencia por
dependencia qué se puede hacer y qué no; dar a conocer los delegados especiales
cuando faltan 140 días para la toma de posesión, entre otras pifias, han
convertido a López Obrador en el centro de la crítica, cuando debería estar aun
gozando de la luna de miel postelectoral.
Lo más grave
es el frente que se abre ahora con el manejo del fideicomiso para los
damnificados que terminó siendo un fraude y el mecanismo de financiamiento de
la campaña. Nadie cuidó ese frente y hoy el candidato electo está en medio de
un escándalo que en cualquier otro país lo tendría contra las cuerdas. No basta
un twitt diciendo que ellos no son corruptos para salir del atolladero, tiene
que explicar el origen de los depósitos, así como de la forma de retiro y
destino de ese dinero.
Alguien tiene que bajarle las
revoluciones y ordenar a este equipo porque al paso que va terminarán
tropezándose con ellos mismos antes de comenzar el partido. Nada se pierde tan
rápido en tiempos de “las benditas redes sociales” como la confianza y el
capital político. Si alguien del equipo de López Obrador tiene duda de ello que
le pregunten a Peña Nieto que, como Firulais, pasó de ser el salvador de México
a un mendigo de credibilidad en unas cuantas semanas.
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