Alejandro Calvillo.
En varias ocasiones López Obrador ha descrito uno de sus
encuentros en sus recorridos por el país: “Hace relativamente poco, un migrante
poblano, un hombre mayor en San Quintín, Baja California, se acercó y me dijo:
‘licenciado, así como Juárez separó la Iglesia del Estado, usted busque,
procure con el apoyo del pueblo, separar al poder económico del poder
político'”.
No sabemos si este encuentro sucedió antes o después de su
discurso ahí mismo, en San Quintín, cuando iniciaba su campaña a la presidencia
de la República el 29 agosto de 2017. AMLO,
frente a uno de los sectores más pobres del país, señaló que así como Benito
Juárez separó la Iglesia del Estado, él separaría el poder económico del poder
político y añadió: “solo teniendo mayoría en el Congreso de la Unión se podrá
separar al poder económico del político y con ello lograr la transformación que
necesita el país”.
La comparación entre el dominio que
la iglesia ejerció sobre el Estado en el pasado y el que ejerce actualmente el
poder económico sobre el Estado, no es banal, es una realidad que no sólo se
agudiza en México con los altos niveles de corrupción, es también un proceso
global del que se salvan pocas naciones. Para dar una idea de la magnitud de
esta interferencia está el caso de la industria petrolera y minera del carbón
en los Estados Unidos, que a través de la administración Trump ha logrado que
el país que es el mayor emisor, por mucho, por persona, de gases de efecto
invernadero a la atmósfera, desconozca los acuerdos internacionales para
combatir el cambio climático, un fenómeno que nos arroja a crisis globales
dramáticas: hambrunas, millones de migrantes
ambientales, sequías, eventos climáticos más severos, etc.
Existen gobiernos que de cierta manera logran preservar el
ejercicio del poder para el bien común y no para la protección de los intereses
económicos de los más poderosos. Sin
embargo, una gran parte de los gobiernos se alían a estos intereses y les
sirven a través de políticas fiscales que
les reducen el pago de impuestos, les realizan condonaciones de deuda y les
establecen enormes facilidades fiscales, les abren las puertas para que
interfieran en la elaboración de leyes, normas y reglamentos a gusto de las
propias corporaciones. Congresos, como el mexicano, inundados de sus cabilderos
que seducen a partidos y sus dirigentes, que influyen y controlan a comisiones
claves para resguardar sus intereses, para mantener sus prácticas, sus
beneficios privados y sus daños públicos.
La penetración de los grandes poderes
económicos es brutal, en todos los órganos de Gobierno, en el poder
legislativo, en el ejecutivo; en los medios de comunicación, en las
instituciones académicas, en la creación y propagación de una ideología que
pone la responsabilidad en las personas y argumenta que el mercado lo es todo,
que el mercado se regula a sí mismo y que el Estado no debe de intervenir. Lo vemos en Estados Unidos con el
debilitamiento de la Agencia de Protección Ambiental poniéndola en manos de
quien ha estado en contra de este organismo, lo vemos en sus ataques a los
Acuerdos de Paris sobre el cambio climático, lo vemos en la apertura de
regiones de conservación a la explotación petrolera y la minería, en el
debilitamiento de los apoyos sociales, de la cobertura de salud y educación.
De cumplir su promesa de separar el
poder económico del poder político, Andrés Manuel López Obrador estará
estableciendo un Gobierno totalmente contrario al de Trump, donde el poder de
un grupo poderoso de las grandes corporaciones está determinando las políticas.
Trump y su administración, tras la
parafernalia de sus tweets y teatro público con la que atrae la atención, tras
bambalinas está destruyendo las regulaciones de protección ambiental y de salud
que se venían construyendo en los Estados Unidos durante sexenios, está
destruyendo la política social y agudizando aún más las desigualdades en ese
país. Las regulaciones fueron producto de fuertes luchas sociales, de repuestas
a desastres creados por grandes corporaciones, y por la evidencia científica
que ha demostrado los daños de ciertos productos y prácticas industriales. Sin
controles, un sinnúmero de actividades que se enfocan exclusivamente en las
ganancias económicas, pasan los costos ambientales y de salud a la sociedad en
su conjunto, privatizan ganancias, socializan daños.
La penetración y dominio del poder económico sobre el
político es un proceso que ha llegado al extremo a través de una etapa de
capitalismo salvaje. El propio capitalismo había ofrecido mejoras a las
condiciones de vida, había ofrecido cobertura en salud, oportunidades de
estudio, durante el llamado Estado del Bienestar. Esto lo demostró en varias
naciones, sin embargo, con el
neoliberalismo se entregó el poder a las grandes corporaciones, en unas
naciones más, en otras menos, y la política se ha puesto al servicio de los
intereses económicos, agudizando las desigualdades y la posibilidad de ascenso
social.
Aquí en México hemos visto y
documentado la entrega de la política contra la obesidad a la gran industria de
los alimentos ultra-procesados y las bebidas azucaradas. Le entregó Salud y
COFEPRIS a la gran industria el diseño del etiquetado frontal de alimentos y
bebidas para que nadie lo entendiera, y la regulación de la publicidad dirigida
a la infancia de los alimentos y bebidas no saludables para convertirla en una
simulación. Y no sólo eso, la gran industria utiliza a los representantes del
Gobierno mexicano para oponerse en la Organización Mundial de Comercio a las
políticas contra la obesidad de otros países, argumentando, junto con las
grandes corporaciones, que esas políticas son barreras al libre comercio. De
esta manera actúa, incluso, contra las políticas recomendadas y apoyadas por la
Organización Mundial de la Salud. La interferencia de las grandes corporaciones
ha penetrado hasta lo más profundo las instituciones de nuestro país para ponerlas
a su servicio.
El reto de separar el poder político de la interferencia de
los poderes económicos es enorme para el Gobierno entrante y se pondrá en juego
su capacidad para hacerlo. La penetración es profunda en instituciones públicas
y en todos los partidos políticos. En la
propia negociación del TLCAN, del lado mexicano, están actuando personajes con
un objetivo claro de establecer compromisos en el tratado que impidan el
desarrollo de políticas que puedan afectar los intereses de las grandes corporaciones.
Lo hemos demostrado en el caso de las políticas contra la obesidad y cómo
las corporaciones de la chatarra y las bebidas azucaradas, a través de sus
cabilderos presentes en las renegociaciones, quieren dejar asentado en el
tratado que se impida la posibilidad de establecer, por ejemplo, etiquetados de
advertencia en estos productos, como los que se han establecido en Chile, se
han aprobado en Perú y se impondrán en Canadá.
Si en realidad se pretende separar al
Estado de los intereses de las grandes corporaciones, hay que extirpar su
penetración desde raíz, como si se tratara de sacar hierba mala de un cultivo,
de lo contrario, con los rebrotes, volverán a dominar. Si no se actúa, si no se
extirpa la hierba mala, las epidemias de obesidad y diabetes, que ya fueron
declaradas emergencias epidemiológicas, se agudizarán aún más en México, el
país que tiene el mayor consumo de chatarra y uno de los mayores de bebidas
azucaradas en el mundo.
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