Epigmenio
Ibarra.
Con la guerra sucede que cuando está
lejos no se siente y cuando se acerca y nos toca, o toca a los nuestros, es
siempre demasiado tarde. Eso pasa hoy a muchos de los que en México
consideraron “exagerado” decir que la espiral de violencia en era ya
incontenible y que el país se nos descomponía entre las manos.
Convertidos hoy en víctimas, como
tantos otros a lo largo y ancho del país, no atinan a entender todavía como
ellos, también, terminaron siendo arrastrados por esa violencia que sentían tan
lejana, de las que se sentían a salvo.
La guerra, aunque se ceba en los más
jóvenes y en los más pobres, ha dejado de respetar edad, clase social, lugar de
residencia. La guerra no sabe quedarse confinada dentro de los límites precisos
de un territorio; en su naturaleza, como en la del cáncer, esta expandirse,
devorarlo todo. Hoy a cualquiera le puede tocar, en cualquier sitio, a
cualquier hora.
En estos días hablamos, con cierto
desparpajo pues, a fuerza de desayunar con masacres, comer con decapitaciones
masivas y cenar con desapariciones tumultuarias hemos perdido la capacidad de
asombro ante al horror, de 260 mil muertos, casi 50 mil desaparecidos y más de
300 mil desplazados por la violencia. La cuenta, sin embargo, ni está completa
ni es exacta.
Cada uno de esos asesinados, de esos
desaparecidos, de esos desplazados tiene una familia y esa familia ha quedado
resquebrajada por la guerra; son millones de mexicanos pues, los que, por
décadas, sufrirán las secuelas de la violencia. Se ha abierto una herida
profunda y dolorosa que tardara generaciones en sanar.
Y a los muertos y desparecidos hay
que sumar también a los centenares de miles de mujeres y hombres que,
encarcelados o sobre las armas, en uno u otro bando, son también prisioneros de
un destino en el que matar o morir es la única opción. Porque la guerra no
obedece tampoco limites en el tiempo. La devastación es un mal hereditario.
Solo la paz puede detener sus efectos corrosivos y eso después de mucho trabajo
y mucho tiempo.
Desde que Felipe Calderón, para hacerse de una
legitimidad de la que de origen carecía por haberse robado la presidencia, se
disfrazó de general, ordeno el despliegue masivo de tropas y, por instrucciones
de Washington al que quería ser grato a toda costa, declaro la guerra al narco
comencé a advertir que por esta guerra, tan cruenta como inútil pues de
antemano estaba perdida, los mexicanos habríamos de pagar un alto y
dolorosísimo costo.
La masa de
fuerza, el poder de fuego no contiene la
violencia la expanden y profundizan. Un ejército regular, que por naturaleza es
lento, previsible y pesado, desplegado en un territorio como el nuestro se
mueve como elefante en cristalería. Poco o ningún daño infringe al enemigo que
pretende destruir y sí mucho a la población civil que se ve atrapada entre dos
fuegos.
Al presionar a sus generales a
obtener resultados lo único que logro Calderón fue hacer más masivo e
indiscriminado el fuego. Un ejército no está hecho para someter a su enemigo
ante la justicia sino para aniquilarlo; si el enemigo es difuso, como lo es el
narco, el fuego se vuelve también difuso; se mata por si acaso, a cualquiera,
por la mera sospecha de que es un enemigo más.
Cuando Enrique Peña Nieto, a punta de billetes, se
sentó en la silla advertí, a quien quiso escucharme o leerme, que la matanza
iniciada por Calderón seria todavía peor. Muchos me tiraron a loco. Lo cierto
es que Peña pese a sus promesas de que cambiaría de estrategia continuo la
guerra de Calderón y modifico solamente la narrativa.
Ya no se disfrazó de general, dejo de
subirse a máquinas de guerra y cesaron las patéticas e histéricas arengas
llamando a la unidad frente al enemigo común. La matanza por supuesto siguió,
pero ante ella los medios, salvo honrosas excepciones, plegándose a la nueva “estrategia
comunicacional” definida por Peña, guardaron un ominoso y cómplice silencio.
Era tiempo,
para muchos periodistas e intelectuales, de hablar de Peña el reformador. Atrás
había quedado Calderón el guerrero: “Lo
bueno también cuenta y cuenta mucho” repetían una y otra vez, gracias a un
obsceno, irracional, criminal gasto en publicidad oficial todos los medios
mientras el país se convertía en una gigantesca fosa común.
La lógica de la violencia, sin
embargo, se impuso sobre la estrategia de silencio. Las masacres, una tras
otra, demolieron el andamiaje comunicacional del régimen e incluso los medios
más sumisos ante él se vieron obligados a reconocer que la guerra, como el
dinosaurio, seguía ahí y pisaba cada vez más fuerte y más cerca.
Ese México, resquebrajado por la
violencia, con el miedo tatuado en casi toda su geografía, recibirá, este
primero de diciembre, Andrés Manuel López Obrador. De sangre y fuego es el
legado de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
Por esta guerra inútil y sangrienta
que ha costado tantas vidas y ha causado tanto dolor deberán Peña y Calderón
responder ante la historia y también ante los tribunales nacionales o
internacionales. Sin
verdad y justicia no hay, no habrá paz jamás en este país herido. Tocará a López Obrador detener la masacre;
esa es, me parece, su tarea, su deber más urgente.
Logro Andrés Manuel, en su campaña y
de ahí su aplastante victoria, ubicar la corrupción como la causa fundamental
de la desigualdad y convocar a millones de hombres y mujeres de bien a alzarse
contra el régimen y hacer de la lucha contra este cáncer causa común. Falta
ahora que haga sentir y entender a esos millones que corrupción y guerra van de
la mano; que la impunidad es la causa fundamental de la violencia y que esa
violencia, que no está ya lejos de nadie, debemos todos detenerla antes de que
a todos nos arrastre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.