Jorge Zepeda
Patterson.
No solo es
que se hayan reunido. Al invitar a José Antonio Meade a desayunar a su propia
casa, Andrés Manuel López Obrador quiso hacer un verdadero pronunciamiento.
Pudieron haberse encontrado a tomar un café en el reservado de cualquier
restaurante o, como se estilaba antes, en la casa de algún conocido común. Pero
el Presidente electo lo recibió en su hogar y compartió el pan dulce y el
chilaquil con quien había hecho críticas, algunas explícitas y otras
implícitas, a la procedencia del ingreso familiar y al papel político de los
hijos de su ahora anfitrión. Justamente quizá por ello López Obrador optó por
recibirlo en casa: “se metió con la familia y no obstante yo lo invito y lo
recibo en familia”. Un acto testimonial que muestra hasta que punto está
dispuesto a pasar por encima de inclinaciones personales, ya no digamos
vendettas o caprichos, en aras de la concordia y las razones de Estado.
Algunos en
la izquierda recibieron la noticia del encuentro con reservas. No todos le
perdonan a Meade la dureza de sus acusaciones en contra de la activista Nestora
Salgado, a quien denunció como secuestradora y facinerosa. Ella misma publicó
un tuit después del desayuno afirmando que eso no eximia al ex candidato
priista de ofrecerle una disculpa pública.
Pero la
reunión con Meade tendríamos que verla como parte de una estrategia más amplia
de López Obrador. El próximo Presidente aprovecha el período de transición para
seguir acumulando capital político. A partir de la noche de su triunfo
electoral el 1 de julio, no ha hecho más que apaciguar los ánimos, buscar
aliados y desarmar a posibles adversarios. Ya le habló a Trump y se reunió con
representantes de la embajada; hizo guiños a la Iglesia, comenzando con el
propio Papa; se ha visto con empresarios a diestra y siniestra; ha enviado
mensajes de cordialidad a los adversarios políticos del pasado. Y todo indica
que las sorpresas aún no terminan.
Me parece
que estos desplantes de cariño universal de parte del tabasqueño van mucho más
allá que dar cuenta de un rasgo de personalidad. No es que describan a un
hombre propenso al perdón o a una personalidad refractaria a la venganza; se
trata más bien de actos esencialmente políticos de un mandatario que quiere ser
un verdadero Jefe de Estado (que lo consiga o no es otra cosa y solo el tiempo
podrá decirlo).
Vengativo o no, perdonador o no,
López Obrador entiende que mucho más importante que sus deseos y gustos
personales, está lo que él entiende como su responsabilidad histórica. Y para
sacarla adelante ha asumido, con toda razón, que tendrá mayores posibilidades
de éxito entre menos enemigos enfrente y más aliados encuentre.
Enrique Peña
Nieto llegó a la presidencia con el ánimo de quien ha culminado una carrera y
toma posesión del trono a manera de recompensa. Arribó a Los Pinos a disfrutar
del poder y la fama. No se me puede quitar de la cabeza que para él y su
familia los quince minutos de gloria no es el momento en que recibió la banda
presidencial, sino la recepción que le brindó la reina de Inglaterra en el
Palacio de Buckingham a mediados de sexenio. El hijo de Atlacomulco entendió
que ser homenajeado por la Casa de Windsor representaba el punto culminante de
su carrera y así lo documentó oportunamente la revista Hola.
Para López Obrador, en cambio, la
presidencia no es un punto de llegada (como es en el caso de Peña Nieto) sino
un punto de partida. Por eso es que a cuatro meses de tomar posesión, ya
comenzó a gobernar en cierta manera. Le corre prisa porque siente que le hará
falta tiempo. Y para ahorrarse tiempo también debe de ahorrarse enemigos que lo
lleven a desgastarse en infiernillos.
Con todo, y
asumo que es una curiosidad morbosa, me pregunto hasta donde llegará su
bonhomía de presunto Jefe de Estado a la hora de congraciarse con sus enemigos.
¿Veremos un cafecito con Fox? ¿Un desayuno con Claudio X González? ¿Un pozolito
con Salinas? Haga sus apuestas.
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