Arnoldo
Cuellar.
Todos los días aparecen informaciones
que revelan el maltrecho estado de la seguridad en Guanajuato.
Frente a la avalancha de la realidad,
con su incremento de homicidios violentos, ejecuciones sanguinarias, atentados
en zonas concurridas y a cualquier hora del día, evidencias de que se manipula
la información o se oculta sin recato, las autoridades no pueden más que
presumir pálidos logros: una certificación sin chiste aquí, una captura sin
trascendencia allá.
Esa situación detonó críticas antes,
durante y después de las campañas políticas y quizá algo tuvo que ver en el
crecimiento del voto opositor al gobernante PAN, sobre todo en la elección
presidencial; quizá también fue factor en derrotas sorpresivas para ese partido
como la de Salamanca.
La situación, aunque no pasó a
mayores y permitió que políticos con una pésima gestión de la seguridad incluso
se reeligieran en algunos municipios del estado, obligó al candidato a la
gubernatura del oficialismo a ofrecer cambios, mediante le eufemística frase
del “golpe de timón” o del cambio en la estrategia.
Desde luego,
Diego Sinhue Rodríguez nunca fue
enfático en prometer una limpia de las áreas de seguridad, en realidad evitó
explícitamente hacerlo y dejó correr la versión, que se acrecienta hoy, de que
no tiene manera, no quiere o no puede relevar a funcionarios como el procurador
Carlos Zamarripa y el secretario de seguridad Alvar Cabeza de Vaca.
Ahora que ya es Gobernador electo el
asunto va quedando cada vez más claro y parece que la única complicación que
tiene Sinhue es la de elegir el tiempo y el modo en que anunciará que esos dos
funcionarios, ejemplos claros de fracaso en la gestión de una seguridad
aceptable, se quedan en su puesto para intentar hacer ahora sí lo que no ha
podido hacer en más de un sexenio.
Forzado por
el ritmo del cambio nacional, acelerado por el triunfo de un movimiento
opositor, Sinhue debió adelantar algunos
de los nombramientos de su gabinete, destacando el del secretario de gobierno
en la figura de un experimentado cuadro panista de trayectoria intachable.
Hoy, la designación de Luis Ernesto Ayala como
futuro secretario de gobierno está sirviendo para recargar en él la no muy
lejana decisión de ratificar a Carlos Zamarripa y, posiblemente, a Cabeza de
Vaca también, evitándole desgaste al gobernador electo, en una equivocada y
retorcida estrategia que no va a funcionar, si no comienza a mejorar con
celeridad la situación de violencia que vive la mayor parte de la entidad.
La margarita aún está siendo
deshojada, pero ese es uno de los escenarios más probables. Lo cierto es que la
resolución al acertijo de la inseguridad más que una prioridad o un compromiso
parece estar convertida en el peor dolor de cabeza para el joven gobernador
electo, quien está tomando decisiones con una matriz demasiado compleja.
Ahí juegan,
por ejemplo, situaciones aparentemente
de índole privada como lo fue la venta de la empresa Manufacturera de Calzado
San Diego, propiedad de Luis Ernesto Ayala, al empresario Francisco Isidro
González Espejel, cercanísimo a Carlos Zamarripa y Alvar Cabeza de Vaca, a un
precio inmejorable que difícilmente hubiera pagado otro interesado.
O situaciones como la promesa de
adquirir el sistema de monitoreo de seguridad propiedad del conspicuo panista
Carlos Medina Plascencia, otrora feroz crítico del dúo dinámico y quien
probablemente saldrá a aplaudir el golpe de timón que incluirá un jugoso
negocio para su firma.
Sin embargo,
el arreglo en la cúpula panista a
satisfacción de todos los interesados, incluyendo el gobernador saliente, el
entrante y los disidentes de ambos, puede no ir muy lejos si esos acuerdos
solventados con el beneficio del dinero público no resuelven de fondo la
descomposición de la inseguridad, la cual está muy lejos de los juegos de mesa
en la cúpula.
Es más,
visto el escenario nacional, muy probablemente esos amarres operen en
contrario.
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