Dolia
Estévez.
“…Debemos
abrir a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades
y hacer el esfuerzo de educarlos… Con el tiempo esos jóvenes… se adueñarán de
la presidencia. Entonces, sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo
o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán mejor y más radicalmente
que nosotros”. –Robert Lansing,
Secretario
de Estado, 1915-1920.
La famosa
frase del representante diplomático del presidente que ordenó la invasión de
Veracruz, no por socorrida y añeja pierde actualización. A lo largo de un siglo
las universidades de élite de Estados Unidos han sido incubadoras de líderes
políticos mexicanos. Cuatro de los últimos seis mandatarios—Miguel de la
Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Felipe Calderón–ostentan
títulos de Harvard y Yale. Con José Meade hubieran sido cinco.
Lo que Lansing
no presagió es que el círculo se cerraría. Tras gobernar haciendo lo que quería
Estados Unidos, las mismas instituciones que los parieron ahora los arropan.
Era cuestión de tiempo para que la Escuela Kennedy de Gobierno de la
Universidad de Harvard (HKS, por sus siglas en inglés) acogiera a Salinas. Esta
semana, la HKS informó que Salinas fue designado uno de cuatro “Miembros del
Consejo del Decano” de la escuela, cuya misión es “dar apoyo financiero y
consejos prácticos” (Harvard Kennedy School, New Dean’s Council Members
07/10/2018). Es el único de los tres ex presidentes harvarianos con títulos de
doctorado y maestría. Es considerado el mexicano más influyente en Harvard.
Salinas pasó
de ser el presidente más admirado en el extranjero al ex presidente más
detestado por los mexicanos. De la noche a la mañana se convirtió en paria. Se
le vinculó al narcotráfico, al asesinato de Luis Donaldo Colosio y a la
corrupción en la privatización de empresas estatales. Fue forzado a renunciar a
la junta directiva de la compañía Dow Jones. Canceló su campaña para dirigir la
Organización Mundial del Comercio. Salió huyendo. Se autoexilió en la bella
Irlanda. Cinco lustros después, es redimido por la Escuela Kennedy
No es el
único. Ignorando miles de firmas y protestas de estudiantes que pedían des-invitarlo,
en 2013 la Escuela Kennedy incorporó a Felipe Calderón a su programa de
académicos visitantes. Simultáneamente, Alejandra Sota, su esposo y dos
panistas más, fueron aceptados para cursar maestrías “mid-career” de un año. La
Sota fue inscrita, recomendada por Calderón, pese a que no tenía título
universitario.
La
excelencia académica de la Universidad Harvard es indisputable. Es la #1 en el
ranking de las ocho universidades de la Ivy League. Sus programas de posgrado
producen los abogados, médicos y ejecutivos empresariales mejor cotizados en el
mercado de trabajo. Y no sólo por la marca. Son profesionales brillantes y
creativos. Sin embargo, hay un abismo
entre las exigencias de una mini maestría de administración pública
“mid-career” y un doctorado en jurisprudencia.
La HKS se ha vuelto popular en países
en desarrollo como México por ofrecer programas para becarios diseñados para
gente que trabaja en los sectores público y privado. En la selección impera el
influyentísimo. El alumnado mexicano es preponderantemente itamita. Su objetivo
es obtener oportunidades dentro del poder. Dependiendo del partido en el
gobierno, un sexenio los becarios son panistas, y el otro son priistas. La meta
es regresar a México con un certificado de oropel.
Calderón
aprovechó su pase por la Escuela Kennedy para promoverse en Washington y Nueva
York. Cosechó frutos. Fue nombrado miembro de la junta directiva del World
Resources Institute. Después de año y medio en la Kennedy, abrió un paréntesis
de cuatro años para dedicarse a lo que mejor sabe hacer: intrigar. Tras el
fracaso de la candidatura de su esposa, regresó a la academia. Ya no a la HKS
sino a la Universidad de Pennsylvania, #4 en el ranking the las Ivy League. En
el año escolar 2018-2019 dará charlas sobre la relación México-Estados Unidos
(University of Pennsylvania announces 2018-2019 Perry World House Fellows,
08/28/2018)
Ernesto
Zedillo fue el primero en retornar a sus orígenes universitarios. En 2002, a
dos años de haber dejado la presidencia, Zedillo fue nombrado director del
Centro para el Estudio de la Globalización y catedrático de la Universidad de
Yale, donde obtuvo su doctorado en 1981. Aclamado como el presidente que
permitió la alternancia, rápidamente creció en prestigio. Actualmente es
directivo, asesor o miembro de una decena de influyentes organizaciones y
empresas trasnacionales.
Pero no todo
ha sido miel sobre hojuelas. En 2011, fue acusado de crímenes de lesa humanidad
por diez presuntas víctimas de Acteal. La demanda civil en Connecticut, donde
radica, buscaba 50 millones de dólares en restitución de daños. Zedillo tachó
las acusaciones de infundadas y difamatorias. Las comunidades indígenas de
Acteal se deslindaron.
La defensa
argumentó que cuando se cometió la masacre Zedillo tenía inmunidad
presidencial. Las cortes la desecharon. La amplia cobertura internacional que
recibió tuvo eco en Yale donde se dieron protestas contra Zedillo y hasta se
pidió su renuncia. Al igual que con Salinas y Calderón en Harvard, la
controversia no vulneró la confianza de Yale en su ex alumno mexicano más
famoso.
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