Arnoldo
Cuellar.
Desde hace un par de semanas
comenzaron a aparecer en la división de Ciencias Sociales y Humanidades de la
UG, campus León, una serie de carteles que atacan a quienes, a principios del
actual ciclo semestral, visibilizaron las prácticas de acoso por parte de
profesores y directivos de esa institución.
En su
momento, la valiente denuncia de un
grupo de alumnas acompañadas por un par de profesoras y una organización de
defensa de derechos de las mujeres, Las Libres, causó tal conmoción que el
asunto se elevó hasta la rectoría general de la Universidad, cuyo responsable,
Luis Felipe Guerrero Agripino, determinó que el asunto fuese atendido por la
Comisión de Honor y Justicia del Consejo General de la institución y no por la
oficina de UGénero, creada para tales efectos.
Sin embargo,
los problemas en el Campus León no
cesaron. Una intervención de la Procuraduría de los Derechos Humanos del estado
determinó que hacía falta una inducción en los temas de perspectiva de género a
la propia comisión de Honor y Justicia a causa de haber revictimizado a algunas
de las estudiantes a las que citó a comparecer.
Eso hizo que
se integrara una nueva comisión, la
forma preferida por los burócratas universitarios para atender problemas
urgentes, lo cual por cierto garantiza muchas reuniones, algo de discusión,
pero muy pocos avances.
A las pocas
semanas se conoció también el relevo de
la responsable de UGénero, donde el anterior director había recomendado a una
joven egresada que en sus primeras declaraciones confesó su falta de
experiencia y conocimiento del tema. La designación de la maestra Lourdes
Gazol, ex titular del Instituto de la Mujer en el municipio de Guanajuato hizo
albergar esperanzas, aunque todo está por hacerse.
Sin embargo,
queda claro que ni las comisiones ni los
nombramientos han logrado el objetivo de sensibilizar a la burocracia y el
profesorado universitario sobre el grave problema que representa la existencia
de un fenómeno de acoso generalizado e invisibilizado hasta hace no mucho.
Eso se pone en evidencia con la
campaña de carteles colocados en los ventanales y pasillos de la División de
Ciencias Sociales y Humanidades del Campus León en estos días, en una burda y
sardónica imitación de las primeras denuncias estudiantiles, los cuales se
enfocan en la defensa de los profesores que están siendo investigados por
prácticas de acoso y lanzan ataques en contra de las denunciantes y de quienes
las han apoyado.
Hace unos meses, cuando las jóvenes
universitarias integradas en una organización autogestionaria a la que llaman
La Colectiva decidieron lanzar su primera protesta colocando carteles en los
muros de su institución, justo el 8 de marzo, los directivos del campus
trataron de intimidarlas señalándoles que las cámaras de vigilancia las habían
grabado, como si estuvieran cometiendo una falta y no simplemente expresando
sus inquietudes.
Es de pensar
entonces, que esas mismas cámaras deben
de tener grabados a quienes iniciaron hoy una campaña de hostigamiento e
intimidación tendiente a sabotear el proceso de investigación ya iniciado y
quizás también a inhibir a las denunciantes.
¿Veremos a los directivos de la
División, los doctores Alex Caldera y Juan Antonio Rodríguez, revisando esas
mismas cámaras y haciendo un llamado de atención a los responsables de la
contra-campaña en defensa del acoso?
Queda claro, por lo pronto, que la
preocupación del rector general Luis Felipe Guerrero para atender el problema
no es compartida por los subordinados bajo sus órdenes y que hay, además, un
vacío de autoridad en la división y en el propio Campus León.
A menudo surge la pregunta de por qué
las prácticas de acoso, sexual, laboral o académico, que se vive en las
instituciones de educación superior no propician más denuncias. La respuesta es
clara: hay un entorno sistémico que tiende a proteger a quienes abusan de su
posición de autoridad en el aula o en la burocracia y que se especializa en
revictimizar a quien tiene el valor de dar la cara para evidenciar el problema.
Es hora de que se pronuncien las
prolíficas comisiones de la Universidad de Guanajuato formadas para atender
este caso en un espacio universitario paradójicamente dedicado a las
“humanidades” y las “ciencias sociales”. Es también buen momento para que se
sienta el cambio en la oficina de UGénero y la nueva titular, una mujer
conocedora del tema, haga valer su peso y su presencia más allá de lo
testimonial.
Y, sobre todo, parece que hace falta
una acción más decidida de la Procuraduría de los Derechos Humanos del Estado
que ya tiene pleno conocimiento de lo que ocurre y que no puede dejar a medias
su intervención ni esperar a que los lentos engranajes de la burocracia
universitaria caminen mientas campea la impunidad y las víctimas siguen
recibiendo agresiones.
Ante el fenómeno de acoso sexual, la
mayor parte de él en cifra negra, contra alumnas y alumnos, maestras y
maestros, lo que falta por saber es si los actuales directivos de la
Universidad de Guanajuato son congruentes con los valores que dicen
representar, si en verdad quieren enfrentarlo o solo quieren simular.
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