Ricardo
Ravelo.
El miércoles
14, por fin fue presentado el proyecto para enfrentar el flagelo de la
inseguridad en los próximos seis años, después de varias décadas de vacíos en
esta materia y de políticas erráticas que sólo fortalecieron a la delincuencia
organizada y debilitaron a las instituciones.
El anuncio
del llamado Plan Nacional de Paz y Seguridad estuvo a cargo de Alfonso Durazo,
próximo secretario de Seguridad Pública. El político sonorense leyó el
proyecto, cuyas partes medulares, según expuso, consisten en la creación de una
Guardia Nacional que dependerá de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Este grupo
de élite estará conformado por elementos de las policías naval, militar y
Federal; en resumen, será una estructura militar que se ocupará de enfrentar a
los grupos criminales, coadyuvará con el Ministerio Público –esto quiere decir
que estará facultada para realizar investigaciones criminales –y operará en
todo el país. Su integración y operación total quedará lista en 48 meses.
El anuncio sorprendió, sin duda,
porque el gobierno de Andrés Manuel López Obrador optó por una medida que, en
otro momento, fue una de las más cuestionadas por él mismo: el uso de las
Fuerzas Armadas para combatir la inseguridad pública.
El presidente electo fue uno de los
más críticos del Ejército y de su continuidad en tareas de seguridad y en más
de una ocasión, sobre todo durante su campaña política, se inclinó por el
retorno de militares y marinos a sus cuarteles.
Sin embargo,
López Obrador y su equipo terminaron
dominados por el poder militar. Poco después de haber ganado las elecciones, el
tabasqueño se reunió con los titulares de Marina y Sedena para dialogar sobre
las condiciones del país. Después de aquel encuentro López Obrador salió
convencido de que no hay más alternativa que mantener a las Fuerzas Armadas en
las tareas de combate a la inseguridad.
Y es que quizá López Obrador ignoraba
la verdadera situación del país en el plano de la seguridad. En realidad, las
policías en su mayoría están “cartelizadas”, es decir, al
servicio de los grupos criminales.
El problema hizo crisis en los
municipios del país, donde alcaldes, síndicos y regidores, por decir lo menos,
están relacionados con células del crimen organizado y los cuerpos policiacos
realizan operaciones de protección, secuestros, “halconeo” y en muchos casos
actúan como sicarios.
La única policía numerosa y en
mejores condiciones es la Federal, pero el número de sus elementos son
insuficientes para enfrentar a los catorce cárteles afincados en el país, cuyas
ramificaciones se han extendido en todo el territorio e incluso en buena parte
del continente.
De ahí la necesidad de que las
Fuerzas Armadas continúen en estas labores. Por ahora no hay otra alternativa.
La
exposición de Durazo fue detallada, pero
sin explicar el cómo de las cosas. Fue enfático, por ejemplo, al decir que
combatirán la corrupción y que este delito pasará a la categoría de grave, pero
no dijo cómo. Planteó que habrá amnistía para grupos del crimen organizado,
pero tampoco explicó los detalles respecto de cómo se aplicará, en qué
circunstancias y quienes podrían ser los beneficiados.
Habló sobre la liberación del consumo
de muchas sustancias (drogas) cuya prohibición –dijo –ya es insostenible. Es el
caso de la marihuana, la cual se liberará para usos médicos y recreativos. No
habló de las drogas sintéticas, por ejemplo, consideradas el nuevo azote de la
humanidad.
Tampoco se refirió al tema medular
del combate criminal: el desmantelamiento de las redes patrimoniales y
financieras del crimen organizado. Dentro y fuera de México se ha insistido,
porque es una medida sustancial, que para enfrentar a la mafia los gobiernos
deben implementar estrategias de combate al lavado de dinero.
También se deben llevar a cabo planes de acción
para conocer el patrimonio del crimen: sus empresas, sus negocios, sus
inversiones, sus triangulaciones, la compra de propiedades y la red de
lavadores de dinero que operan en estas actividades dentro del crimen
organizado.
No se habló, por ejemplo, de afinar
una ley de Extinción de Dominio –muy exitosa, por cierto, en Colombia para
debilitar a los cárteles –que se impone como necesaria en el país dado los
elevados índices de violencia. Tal parece que López Obrador combatirá al crimen
sin afectar su patrimonio. Y aquí cabe preguntar si esta estrategia dará
resultados. Militarizar el país, con Guardia Nacional o sin este instrumento,
no garantiza la seguridad. Ya lo vivimos en el sexenio fallido de Felipe
Calderón, el señor de la guerra, cuyos resultados jamás pudieron verse.
En tanto se implementa el proyecto de
la Guardia Nacional, dijo Durazo, el país estará resguardado por regiones. Son
más de 260 regiones en las que se dividió el país para enfrentar la violencia,
cada una, según el proyecto, tendrá un jefe y un grupo bajo su mando. Es el
mismo esquema del narco. Así operan Los Zetas, por ejemplo, con “estacas” en
cada región, pero en este caso los grupos regionales se ocuparán de contener la
inseguridad y la violencia.
A López Obrador, a su proyecto y al
equipo que se hará cargo de la seguridad del país habrá que otorgarles el
beneficio de la duda.
Las circunstancias del país están
convertidas en un verdadero desastre y es necesario enfrentar este escenario,
pues de otra forma el gobierno de López Obrador irá directo al fracaso. No
habrá éxito sexenal sin paz social en México.
Todas estas
medidas, para ejecutarse, necesitarán la aprobación del Congreso, ya que se
requerirá modificar la Constitución. Aquí será interesante estar atentos porque
el narcotráfico también tiene representación en la Legislatura.
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