Javier Risco.
¿Dónde
pertenecemos y qué nos pertenece? La búsqueda incesante de un patrimonio nos
convierte a veces en esclavos de un sueño inalcanzable –he tratado de ponerle
un “casi” después de “sueño”, pero es imposible después de leer el más reciente
número de la revista Bloomberg Businessweek México.
En un
arrebato de curiosidad, caminando por Francisco Sosa, una de las calles más
bonitas de la Ciudad de México, en el centro de Coyoacán, decidí hace algunos
meses preguntar por el costo de una de las tres casas nuevas que estaban construyendo
en una amplia propiedad. Eran casas de 600 metros cuadrados, ni siquiera sabía
que algo costaba tanto en esta ciudad… su precio era de 67 millones de pesos.
No imagino cuánto tienes que ganar al mes, peor aún, en qué tienes que trabajar
para poder pagar, ya sea de contado o con un crédito imposible, esa vivienda.
En fin, supongo que en todas las ciudades hay locuras como ésta y personas que
con la mano en la cintura pueden comprarlas sin chistar. Lo que exhibe este
precio son los alcances de la CDMX que está inmersa en una burbuja inmobiliaria
que no piensa explotar.
El problema en esta ciudad no son las
viviendas de lujo, el verdadero conflicto, dice la periodista Nallely Ortigoza,
es que: “la vivienda nueva en la CDMX es cada vez más discriminatoria”. En un
extraordinario trabajo, la reportera pone sobre la mesa una realidad que no
teníamos clara, datos que no va a creer: en los últimos tres años la vivienda
nueva se encareció 50 por ciento; al cierre de 2015 el precio promedio de una
propiedad nueva era de 2.9 mdp, al tercer trimestre de 2018 pasó a 4.5
millones; comprar un departamento o casa de 4.5 mdp exige ingresos mensuales
mínimos de 100 mil pesos, pero en la capital sólo el 7.1 por ciento gana más de
13 mil pesos, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del
INEGI; cada mes se venden mil 500 departamentos o casas nuevas en la Ciudad de
México.
La justificación por parte de los
desarrolladores inmobiliarios, también expuesta en el reportaje, es que “el
precio de los terrenos se encareció de forma súbita en los últimos tres años”.
La vivienda nueva en la ciudad quita
las alas de cualquier aspiración. En una ciudad donde el 93 por ciento de la
gente gana menos de 13 mil pesos, ¿cómo soñar con una propiedad de 4.5 millones
de pesos? Esto es parte de los temas que tenemos que pensar como sociedad, que
debemos poner sobre la mesa del gobierno entrante: ¿qué significa vivir en un
lugar en el cual estamos destinados a estar de paso? ¿Por qué a pesar de una
vida de trabajo y ahorro, el habitante de la Ciudad de México no heredará nada
a sus hijos o nietos? Y la situación cada vez es más compleja, la mayoría de
los trabajos reducen o eliminan las prestaciones y dan menos posibilidad de
acceder a un apoyo de vivienda.
El reportaje de BBM da en el clavo al
calificar a la vivienda de la ciudad como “discriminatoria”; también es un tipo
de discriminación el negarles a tus habitantes la posibilidad de adquirir un
bien inmueble, de tener una vivienda digna y justa. Porque la diferencia entre
ingreso y costo es abismal, no se trata de hacer un esfuerzo para comprar un
departamento nuevo, lo que sucede en esta urbe raya la barrera de lo imposible.
Imagino el
mejor escenario: pensemos en una familia
de cuatro integrantes, una pareja con dos hijos menores de edad. Los dos
proveedores ganan 35 mil pesos al mes, algo que está muy –muy, muy, muy– por
encima del promedio de ingreso de esta ciudad, en total son 70 mil pesos, ambos
pagan un auto a crédito, ambos pagan una renta de 15 mil pesos, ambos pagan
colegiaturas privadas, ambos pagan servicios y alimentos, al menos ahí van 40
mil pesos, apretando el cinturón al límite; si aspiran a comprar un
departamento de 3 millones de pesos, mensualmente tendrían que pagar una
hipoteca de 27 mil pesos. Estos privilegiados no tendrían espacio para nada
más, por un departamento nuevo les esperan 20 años con el mismo nivel de
esfuerzo y con hijos que crecerán y tendrán más necesidades; ni hablar de tener
alguna tarjeta de crédito extra o dinero ahorrado para imprevistos.
Hace poco hablaba en este mismo
espacio de la necesidad de plantearnos problemas abstractos, de preguntarnos
¿qué tanto nos interesa ser felices y qué tanto les interesa a nuestros
gobernantes que lo seamos? Hago la misma pregunta en este tema: ¿es un derecho
contar con una vivienda digna? ¿Podemos aspirar a poseer un lugar dónde vivir?
Inmersos en una espiral de imposibles, deberíamos exigir un alto a esta
discriminación inmobiliaria, vivimos en una ciudad donde se construye una casa
que no se puede pagar en una vida.
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