Una vez más el estilo mexiquense se
impone: porras interminables que saludan, vitorean por nombre y sirven de fondo
sonoro a los discursos; concentración masiva de campesinos, indígenas y
habitantes de esta localidad, que hoy recibe la vista presidencial.
Curiosa
elección de sede: Acambay, es donde hace
un siglo Severiano Peña, bisabuelo del hoy expresidente Enrique Peña Nieto,
ostentó su cacicazgo, origen de la influencia política y el tejido de una red
familiar que colocaría a su descendiente en la cúspide del poder.
El acto
transcurre en el parque, un llano que tiene al centro un gimnasio de fierros y
lonas, construido por la arquitectura de lo no duradero como mucha de la obra
pública mexiquense de los últimos tiempos, fue erigida con el nombre de Unidad
Deportiva “Juan del Mazo López”, honor para el abuelo de Carolina Monroy del
Mazo, exdirigente del PRI y prima, por lo Del Mazo, de Peña Nieto. Del Mazo
como Alfredo, el gobernador que hoy es anfitrión.
Las porras
se dividen.
¡Del Mazo! repiten coros de cientos
de voces; ¡Obrador! repiten también. “Pre-si-dente pre-si-dente”, corean… y de
repente la armonía se rompe:
Una voz convoca: ¡Del Mazo! Un coro
responde: ¡ratero!.
Este lugar fue elegido oficialmente por
el registro de dos hoyos huachicoleros en lo que va de enero, para lanzar los
programas de Bienestar, es decir, los ocho programas sociales con los que el
presidente Andrés Manuel López Obrador intenta convencer a 81 poblaciones
atravesadas por ductos de que eviten robar combustible.
En el
presidium no hay un diputado, ni un senador; no está un secretario ni
personalidad distinguida de la localidad.
Sólo hay ocho personas,
beneficiarias respectivas de cada programa social, además del presidente, el gobernador
y la alcaldesa, las autoridades popularmente electas, al centro.
Los reclamos
son ignorados y aunque la concentración –acarreo que le dicen—a veces se deja
ir con los coros de los manifestantes,
Alfredo del Mazo parece determinado a no detenerse y sólo recoger los vítores,
el aplauso y los coros ya conocidos que invocan su nombre una y otra vez.
De los programas habla Del Mazo, para
luego “agradecerle y reconocer” a López Obrador por decidir encausar una lucha
contra el robo de combustible y luego, ofrecerle su apoyo.
Si las
porras son mayoritarias la voz de la protesta encuentra los silencios para
intervenir: “Alfredo, Alfredo, Alfredo” la mayoría; Del Mazo –la voz– ¡ratero!
el coro.
El
gobernador se sigue, recuerda los programas que ha iniciado López Obrador en la
entidad durante el mes de enero y, comedido, termina dándole la bienvenida:
“Gracias por
confiar, señor presidente. Gracias porque el señor presidente está cumpliendo
con su palabra de apoyar a los más necesitados. El presidente tiene un
compromiso con las causas de justicia de nuestro país, y lo ha demostrado en
todo el país, y en particular, en el Estado de México. Lo recibimos con los
brazos abiertos, y le agradecemos su compromiso con quienes más lo necesitan y
con quien menos tienen”.
Cuando López Obrador corresponda al
saludo, la rechifla se multiplicará en a mención del gobernado entrará al quite
momentos después, diciéndole a los asistentes que la implementación de los
programas es por decisión de los dos gobiernos, que ya pasó la campaña.
“Este no es un asunto político
electoral, es un asunto del gobierno de la República. Y yo tengo que
agradecerle y reconocer la actitud responsable del gobernador del Estado de
México, como todos lo estamos haciendo. Claro que no es fácil, porque siempre
quedan sentimientos, pero tenemos que unirnos todos los mexicanos
“¿Cuál es el partido más importante?
–y cuando algunos empiezan a corear “Morena, Morena, Mor…”, el presidente
responderá—el pueblo de México”.
El acto
transcurre con anuncios y participación de dos beneficiarios. La descripción de
lo que se entregará y el llamado a evitar la “práctica perversa del
huachicoleo”.
En la tierra origen del peñismo,
López Obrador acude a su tema persistente, porque dice tener un diagnóstico
claro del mal que más afecta al país: la corrupción.
Su promesa es que ya no habrá
corrupción en el gobierno –“ya no hay” rectifica—y luego convoca a no incurrir
en el robo de combustible, afirmando que no quiere estigmatizar al municipio,
pues según él, la mayor parte de la gente es buena.
El principio
del bien, en su peculiar retórica, es parte de lo que aquí se dice: López Obrador pide que los tutores del
programa “Jóvenes construyendo el futuro”, no sólo enseñan a trabajar, también
valores civiles, morales y espirituales, que enseñen el bien porque “sólo
siendo buenos se puede ser felices”.
Sus referencias
al pasado aparecen: antes había
corrupción; los de antes se quedaban con el dinero y no bajaba a la gente, y
entonces, al presentar las tarjetas a través de las cuales llegarán los
recursos, remite a los intermediarios en un comentario que, irónico, remite al
clientelismo mexiquense:
“Nada de organización independiente
Francisco I Madero; nada de antorcha… universal. Ya no va a haber
intermediarios”.
López
Obrador enuncia cada programa: “el de
apoyos a los adultos mayores y a los discapacitados; el de becas para jóvenes
desempleados; el de agricultores y de apoyo para microempresas; el de becas
para estudiantes…”.
Las porras y
aplausos lo interrumpen y, finalmente, convoca a una votación, que de antemano,
la semana pasada había dicho haría asambleas ciudadanas:
“Que levante la mano los que van a
ayudar para convencer, persuadir de que no debe haber robo de combustible. Que
levante la mano”.
El público la levanta
mayoritariamente, no
así Alfredo del Mazo ni la alcaldesa. El acto concluye entre vítores y
aplausos, con el estilo mexiquense de concentrar que se vuelve a imponer.
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