Por Guadalupe Correa-Cabrera y Alan Bersin2/
En las últimas décadas,
los traficantes de personas, conocidos en un inicio como “polleros” (en alusión
al pastor de un rebaño incontrolable, o también denominados “coyotes”), han
sido considerados como un mal necesario por parte de las organizaciones defensoras
de migrantes. Los polleros actúan de manera ilegal, pero aparentemente por una
buena causa: ayudar a los migrantes a llegar a su destino y alcanzar una vida
mejor. Los activistas pro-migrantes, que incluyen algunos grupos religiosos y
organizaciones de derechos humanos, no solamente aparentan no darse cuenta de
las violaciones a la ley, sino que de manera sistemática han ampliado sus redes
de apoyo (y credibilidad) hacia los migrantes que son traficados, así como a
quienes los trafican, considerándolos como una especie de “Robin Hoods”.
En lo que antes parecía un matrimonio arreglado por
conveniencia para un noble propósito, los
contrabandistas de personas han operado mano con mano con los grupos defensores
de derechos humanos a lo largo de los corredores migratorios de México. Esta
vinculación podría haberse considerado como algo similar al “Ferrocarril
Subterráneo” (Underground Railroad) anterior a la Guerra Civil de los Estados
Unidos: una red de casas de seguridad, finanzas y rutas a través de las cuales
los esclavos eran rescatados del sur del país y transportados hacia la
libertad.
Aunque esta dinámica pareciera haber comenzado de manera
inocente, en los últimos diez años el
negocio del tráfico humano ha cambiado dramáticamente y se ha convertido en una
verdadera empresa criminal. A medida que las condiciones de seguridad mejoran
en el lado estadounidense de la frontera México-Estados Unidos y al ser mucho
más difícil ingresar a la Unión Americana de manera legal, las cuotas cobradas
por los traficantes de personas se han incrementado de forma exponencial.
A medida que se elevan
visiblemente las ganancias generadas por el tráfico humano, los grupos
criminales que operan a lo largo de las rutas migratorias—incluidos aquellos
dedicados al trasiego de drogas, así como autoridades corruptas—se transforman
en actores clave y el tráfico de personas se convierte en uno de sus negocios
más lucrativos. El estereotipo de los “polleros” tradicionales—que realizaban
principalmente operaciones a pequeña escala—dio paso al terror de la trata de
personas perpetrado por el crimen organizado. Hoy en día, grupos criminales en
la frontera son cotidianamente responsables de extorsiones, secuestros,
violaciones y asaltos a los migrantes que realizan el arduo viaje hacia el
norte. En este nuevo contexto, y en tiempos de caravanas, a las organizaciones
de derechos humanos y a los grupos religiosos pro-migrantes les debería
resultar imposible negar de manera creíble estos abusos.
Esta naturaleza
alterada del negocio de contrabando de personas y los abusos contra los
derechos humanos que le acompañan explican, en parte, la “caravanización de la
migración centroamericana”. Es lógico que los migrantes se sientan atraídos por
el movimiento “en masa”, para así evitar los pagos exorbitantes a los
traficantes de personas y los enormes peligros asociados al viaje. Sin embargo,
la caravana de finales del año pasado ilustra patrones preocupantes e intereses
más bien obscuros.
Iniciada en un primer momento por organizadores comunitarios
en Honduras, esta caravana crece
aparentemente de manera orgánica y espontánea. Sin embargo, cuando llegaron a
México, algunos grupos que se autodenominan defensores de
migrantes—particularmente Pueblo Sin Fronteras—asumieron un rol protagonista en
la organización del movimiento, gestión de fondos y manejo de logística para
transportar a alrededor de diez mil migrantes a la ciudad de Tijuana, en la
frontera norte de México. Sufriendo una notable transformación, los activistas
y defensores de migrantes se convirtieron, en cierta forma, en traficantes de
personas que guiaron a víctimas de miseria y violencia hacia el callejón sin
salida de la ilegalidad y la desesperación.
La verdad incómoda es
que los resultados de aquella caravana han sido desastrosos, tanto para los
migrantes como para los grupos que supuestamente les defienden. Los migrantes y
activistas que buscaban una confrontación con la Administración Trump lograron
su objetivo. Sin embargo, al hacerlo, otorgaron al Presidente una victoria real
en la frontera durante una coyuntura política crucial: las elecciones
intermedias en EU y el inicio de una nueva administración federal en México. Al
final del año 2018, la retórica del muro de Trump se coloca en uno de sus
puntos más álgidos, determinando incluso el cierre temporal del gobierno
estadounidense. Al mismo tiempo, a través de una supuesta acción unilateral por
parte de EU y con la venia de México, los migrantes que buscan asilo político
en la Unión Americana tendrán que esperar en México mientras sus solicitudes
son procesadas. Lo anterior podría tardar meses e inclusive años.
La confrontación en el cruce fronterizo de San Ysidro tuvo
poca relación con la seguridad fronteriza y nada que ver con una “invasión” a
los Estados Unidos o una amenaza mayor a la seguridad nacional de ese país. Sin
embargo, el fenómeno se politizó y fue utilizado de manera muy efectiva por el
Presidente Trump. Las imágenes de personas que se lanzaban con desesperación a
la frontera, que arrojaban piedras a los agentes de la Patrulla Fronteriza y
que fueron repelidas con gases lacrimógenos en un escenario acompañado por una
cortina de alambre de púas instalada por el ejército, no podrían haberse ideado
mejor a fin de generar la impresión que buscaba el presidente estadounidense.
El episodio, en
resumen, fue un desastre político para los refugiados y para la comunidad de
migrantes en general. Además, coloca a la nueva administración de López Obrador
en una posición insostenible, al tiempo que intenta formular una nueva política
migratoria para México, país que ya no es solamente origen de migración
indocumentada, sino que se ha convertido en una zona de tránsito y pronto será
un lugar de destino para ciudadanos de Centro América que huyen de la violencia
y la pobreza. Paradójicamente, como lo ha mencionado el Presidente de EU en
diversas ocasiones, parecería ser que México pagaría efectivamente por el muro
de Trump—o por lo menos por parte del mismo—de manera indirecta. México paga
siendo forzado a proveer de apoyo a los migrantes de las caravanas y a los
refugiados que piden asilo y que tendrán que esperar en territorio mexicano a
que se decidan sus casos.
Al mismo tiempo, ha
quedado claro que las organizaciones que facilitaron la llegada de la caravana
a Tijuana no han logrado obtener beneficios claros para los migrantes. Al
contrario, los migrantes fueron explotados como peones políticos y quedaron
indefensos en el invierno en una ciudad cada vez más hostil. Mientras los
gobiernos de México y EU se organizan para manejar la situación de forma
unilateral, el tiempo pasa, se forman nuevas caravanas, los soldados
estadounidenses regresan a la frontera, y los migrantes permanecen sumidos en
la frialdad de la miseria, sin posibilidad alguna de que sus peticiones de
asilo sean procesadas en tiempo y forma.
Es poco probable que,
en este punto, los responsables sean llamados a rendir cuentas por los
resultados insatisfactorios, y mucho menos, por los delitos de tráfico humano
que implicaron sus acciones. Sin embargo, tal vez se presente una oportunidad
para un cálculo que reconsidere la alianza impía y tácita que ha existido entre
los traficantes de personas por un lado, y los defensores de derechos humanos y
de migrantes, por otro.
Esta reflexión parece
urgente al formarse una nueva caravana que se dirige al norte en tiempos
políticos clave para la administración de Trump: cuando se negocia ferozmente
el presupuesto para la construcción de un muro fronterizo en medio del cierre
del gobierno de EU ¿Por qué precisamente ahora? ¿Quién movilizó o alentó esta
nueva caravana? Circula propaganda en las redes sociales y fluyen recursos
“altruistas” sospechosos en plataformas electrónicas de financiación colectiva
(crowdfunding). Se van uniendo nuevos miembros llenos de esperanza sin entender
las promesas rotas y el uso político que muy probablemente se dará a su
tragedia humana.
1/ Una versión del presente artículo apareció en el periódico
El Informador el 3 de enero del presente año.
2/ Alan Bersin sirvió como Comisionado de Aduanas y
Protección Fronteriza de EU, así como Subsecretario y Jefe Diplomático para el
Departamento de Seguridad Interior. Previamente fungió como Fiscal para el
Distrito Sur de California.
Nota de la coautora:
Valdría la pena
investigar a profundidad el origen y uso de los recursos que reciben diversas
ONGs en sus labores de apoyo a migrantes—y principalmente a caravanas—a través
de plataformas electrónicas de financiación colectiva (crowdfunding).
Organizaciones que se definen como defensoras de derechos de los migrantes
(como Pueblo sin Fronteras) o que tramitan solicitudes de asilo de manera
“altruista” (o mediante trabajo pro bono, como Al Otro Lado)—muchas de ellas
basadas en los Estados Unidos y que han apoyado visiblemente a las
caravanas—han realizado campañas muy fuertes, efectivas e interesantes de
financiamiento a través de las redes sociales. En tiempos de caravanas, parecen
estar más activas que nunca. Sólo basta con mirar en Twitter o Facebook su
activismo excepcional para el levantamiento de fondos en apoyo de la
“caravanización” de la migración centroamericana. En estos tiempos políticos
clave en Estados Unidos, cuando todo tipo de dudas parecen razonables, valdría
mucho la pena transparentar el origen y destino del denominado crowdfunding.
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