Javier Risco.
Cuánta
desesperación acumulada tenemos. Entiendo nuestras circunstancias, la
frustración de vivir gobiernos superados, injustos y voraces, que nos han
dejado heridos en muchos aspectos de nuestra vida. La guerra que hemos padecido
los últimos diez años ya nos invade por todas partes. Vemos la revancha en
cualquier ventana, las armas en cualquier esquina, la impunidad en cualquier
página de periódico.
Y es que
trato de entenderlo, hemos sido víctimas de la delincuencia y también hemos
visto que no pasa nada; hemos dejado de viajar por este país después de las 9
de la noche, porque hay carreteras donde no existe ni ley ni garantía de que
salgas vivo; hemos gritado en las calles #NiUnaMás y los violentos se burlan de
nosotros; hemos llorado por los restos de niños en fosas clandestinas, y la
autoridad no es capaz de decirnos cuántos mexicanos hay debajo de la tierra;
hemos lamentado la muerte de un periodista que no ganaba más de 3 mil 500 pesos
a la quincena, y somos testigos del desprecio a la prensa de unos cuantos;
hemos pensado largarnos de este país y aquí seguimos.
Entiendo lo
que nos ha pesado vivir en un país injusto, lo que es vivir en esta época de
desconfianza, de mirar con ojos extraños al otro, de no confiar en el vecino,
de no confiar en el policía, de no confiar en un semáforo, de no confiar en
nada ni en nadie. Cómo nos sorprende un gesto amable, cómo nos maravilla saber
que en un lugar no nos quieren transar, que un policía no nos quiere sacar
dinero, o que un trámite no requiere mordida; creo que permanecemos aquí por
estos instantes, por pensar que hay más buenos y, supongo también, por pensar
que nosotros pertenecemos a ese grupo.
De verdad
que lo entiendo, o al menos trato de entender esta desesperación.
Lo que no entiendo
es cómo sacamos lo peor de nosotros en los momentos más críticos. Lo sucedido
el viernes pasado en Tlahuelilpan, Hidalgo, nos debería romper el alma, pero
no, nos rompe, nos lleva al límite y exhibe la poca humanidad. Trato de salirme
de esa burbuja tuitera que representa los menos, que siembra el odio con el
anonimato o que de plano vive para insultar, me preocupa los que te dicen a la
cara: “se lo merecían”, “se lo buscaron”, “mejor muertos a que sigan siendo un
cáncer”, “muertos por pendejos y rateros”, y los ejemplos podrían llenar varias
columnas, no más.
A esos que
se atreven a decir o pensar desde la víscera, los inunda la desesperación y
también el odio. ¿Dónde estamos parados cuando creemos que la justicia por
haber robado un bidón de gasolina es la muerte? Sirve hacer un contexto de esta
fatalidad, pensar en los últimos quince años, pensar en cómo las autoridades
fueron incapaces de detener este delito, de cómo se normalizaron las fuentes de
gasolina y de cómo una población de quince mil habitantes vivió por y para el
robo de combustible, cómo lo permitimos y cómo fuimos testigos ciegos. Debemos
pensar en esa generación que creció pensando que su tío o su padre vendían
combustible como única oportunidad de vida. No victimizo a los miles de
mexicanos que viven de este delito, son delincuentes y su robo tiene
consecuencias, lo que señalo es la incapacidad del Estado para brindar
oportunidades y para aplicar la ley. No cargo toda la responsabilidad en el
gobierno de Andrés Manuel López Obrador, soy de los que piensa que las
decisiones tomarán forma de aciertos o errores en por lo menos tres años; es
imposible pensar que en 50 días se transforma una vida que lleva funcionando en
la ilegalidad dos décadas.
Sin embargo,
alejémonos de las responsabilidades del gobierno, pensemos en las necesidades,
en la vida de los que no están cerca de nosotros, en que nadie merece una
muerte como la del viernes pasado; sacudámonos la violencia y el odio, un poco
de empatía en estos tiempos violentos.
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