Salvador
Camarena.
Hace cuatro
años, en un domingo de puente por el natalicio de Benito Juárez, la empresa MVS
hizo llegar al domicilio de la periodista Carmen Aristegui un documento
mediante el cual pretendía dar por roto el contrato que esa radiodifusora y la
periodista tenían. Las causas de esa decisión, a decir de la empresa, habían
sido motivadas por la conducta de la locutora.
Los papeles
de la presunta notificación fueron dejados en los arbustos que rodean el
conjunto donde vive Aristegui. La maniobra de la empresa –que incluía la
pretensión de que un notario diera por bueno el aviso del fin de la relación
contractual, en un día feriado e incluso si la periodista no recibía en mano
dichos papeles– había iniciado una semana antes. Aduciendo que no habían sido
notificados de una decisión de Aristegui (el sumar su programa matutino al
acuerdo mediante el cual participarían en la plataforma Mexicoleaks, un
mecanismo para recibir tips para investigaciones), los radiodifusores lanzaron
una campaña contra la locutora, primero, corrieron a dos periodistas de su equipo,
dos días después, y luego se negaron a la reinstalación de los mismos y al
diálogo que Aristegui propuso el viernes 13 de marzo. El domingo 15 le
anunciaban que la demandarían, acusándola de uso indebido de marca y contenidos
propiedad de MVS. La madrugada siguiente, el lunes 16, a sus colaboradores no
nos dejaron entrar a las instalaciones para preparar la emisión.
Desde aquel
momento, del que fui testigo accidental, pues formé parte durante dos meses del
staff que hacía la radio con ella, Aristegui definió una ruta basada en tres
premisas, según mi memoria: lo de Mexicoleaks no es más que un pretexto, la
realidad es que esta es una reprimenda por haber producido el reportaje “La
Casa Blanca de Peña Nieto”; tenemos un contrato vigente y lo haremos valer; y
no importa cuán complicado luzca todo, podemos dialogar, pero a final de
cuentas la vía legal no es mala opción porque la razón nos asiste y “todavía
quedan jueces en Berlín”.
Esa frase de
los jueces en Berlín se remonta a tiempos de Federico El Grande de Prusia,
quien quiso deshacerse a la mala de un molino que no le pertenecía, pasando
sobre los derechos de un súbdito. Éste no se amilanó y al son de “todavía
quedan jueces en Berlín” fue a la corte e hizo valer sus derechos: derrotó al
monarca.
Peña Nieto
no fue Federico El Grande, pero la maniobra para quitar a Carmen y a su equipo
pareció dar cuenta de un poder que rebasaba incluso la lógica imperial del
mercado: la exitosa periodista no pudo volver a la radio durante años, pues
nadie en nuestra valiente (es un decir) industria de los micrófonos la quiso
invitar. En cambio, tras correr a Carmen a MVS le llovió publicidad oficial
(leer a Javier Tejado) .
La empresa
presidida por Joaquín Vargas hizo buena la advertencia de que abrumarían con
demandas a Aristegui, incluida una mediante la que pretendieron censurar el
prólogo del libro que daba introducción al libro que Daniel Lizárraga, Rafael
Cabrera, Sebastián Barragán e Irving Huerta publicaron sobre La Casa Blanca.
Todo eso
parece estar llegando a su fin, uno que es una buena noticia para la libertad
de expresión y el periodismo.
Hace una
semana la Suprema Corte de Justicia de la Nación confirmó que fue ilegal la
conclusión, por parte de MVS, del contrato que amparaba la emisión de Aristegui
en el 102.5 de FM. Y ayer, la primera sala de la SCJN se pronunció sobre otra
de las demandas, la que reclamaba daño moral a Joaquín Vargas. El máximo
tribunal instó a ese tribunal a dictar una nueva resolución apegada a los
criterios que en materia de libertad de expresión maneja la Suprema Corte, es
decir, apegado a “que en el caso de opiniones que impacten en el interés
público se puede justificar que la libertad de expresión prevalezca frente a
los derechos de la personalidad de los involucrados, toda vez que el debate en
estos temas debe ser desinhibido, robusto y abierto”, según se explica en un
comunicado de la SCJN. “En este sentido, las expresiones pueden incluir ataques
vehementes, cáusticos y mordaces sobre personajes públicos; excluyendo de
protección constitucional las expresiones absolutamente vejatorias, ofensivas u
oprobiosas que conllevan a un menosprecio personal o una vejación
injustificada”.
Buena
noticia para el periodismo, la libertad de expresión e incluso para el Poder
Judicial. Sí había jueces en Berlín… y sí había también en ese Berlín buenos
–en varios sentidos de la palabra– abogados, como lo fueron Javier Quijano y
Xavier Cortina, que desde aquel domingo manejaron la defensa de Carmen.
¿Y la Casa
Blanca? De esa y de sus periodistas, EPN no se quiere ni acordar.
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