Salvador
Camarena.
Hace un año,
conducida por Gustavo Dudamel, la Filarmónica de Viena se presentó en nuestro
país.
Dos de sus
presentaciones fueron en el Palacio de Bellas Artes, que para esa ocasión hizo
algo inusual: las autoridades de cultura decidieron cobrar por algunos boletos
el máximo que les permitía el reglamento. Esas entradas, a pesar del costo de 4
mil pesos cada una, fueron las primeras que se agotaron.
Las tres
presentaciones, una más ocurrió en el Auditorio Nacional, fueron de lleno total
y gracias a patrocinios y a la buena organización, esos conciertos aportaron a
las arcas de la Secretaría de Cultura más de 6 millones de pesos (eso sin
contar un donativo de varias decenas de euros que aportó Rolex, uno de los
patrocinadores).
Por supuesto
que no en todos los conciertos se puede ganar dinero, como tampoco las
actividades culturales que promueve un gobierno deberían ser sólo manejadas por
un criterio ya no digamos de ganancia, ni siquiera de recuperación de costos.
La programación cultural oficial debe obedecer a múltiples objetivos, no solo
económicos, claro está.
Es posible
que la prioridad de la actual administración no sea traer a la Filarmónica de
Viena, o una parecida. Veremos en el tiempo y en las programaciones de salas de
conciertos, museos y plazas públicas el talante de la nueva administración en
esta materia.
Pero el
criterio anunciado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha
señalado que no dará ni un peso a organizaciones de la sociedad civil, podría igualmente
afectar (uso esta palabra sin dramatismo) a actividades culturales que ocurren
en nuestro país y que no necesariamente son gestionadas desde y por el
gobierno, como es el caso del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de
México, un acontecimiento que este año llega a su 35 aniversario.
Este
festival, creado y mantenido por un comprometido grupo de ciudadanos
organizados en torno a una asociación civil, pasa por momentos de
incertidumbre. Su patronato se reunió ayer con un moderado optimismo. Las
actividades para la 35 edición, que arranca el 28 de marzo, si bien no tantas
en comparación con otros años, están garantizadas gracias a sus propios
esfuerzos y un apoyo de la Secretaría de Cultura capitalina y de la UNAM. ¿Pero
qué ocurrirá en 2020 y años subsecuentes? ¿Subsistirá tan emblemático evento
que cada primavera y durante dos semanas enriquece la oferta cultural de la
Ciudad de México?
El futuro no
luce prometedor. En el anexo 43 del Presupuesto de Egresos de la Federación
aparecen, con montos específicos, los proyectos estatales, municipales y no
gubernamentales que “se sugiere” apoye la Secretaría de Cultura. Por ejemplo,
para el Festival Internacional de Cine de Morelia “se sugieren” 9 millones 500
mil pesos, o para el Festival Cultural del Lago de Chapala, 505 mil pesos. En
ese listado, que no es definitivo, no aparece el Festival del Centro Histórico
de la Ciudad de México, que en años recientes había recibido entre 3 y 14
millones de pesos de fondos federales.
A mediados
de abril, cuando la Secretaría de Cultura podría anunciar el listado definitivo
de apoyos, ¿llegarán buenas noticias para este festival, que junto al
Cervantino es de los más añejos del país?
Pero
pensemos que no llegarán, que AMLO priorizará otras actividades y dejará fuera
de los apoyos a la cultura. Si tal cosa acontece, y críticas aparte al
gobierno, la verdadera pregunta es: ¿tiene México empresarios que metan el
hombro para apoyar un festival que cuesta alrededor de un millón de dólares al
año? Sí, ¿tendrán esos empresarios de apellidos que todo mundo conoce, la
altura de sacar la chequera y apoyar la cultura de su país en estos nuevos
tiempos? Qué dudas tan canijas.
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