Raymundo Riva Palacio.
La violencia contra políticos ha aumentado de manera
dramática: 46 por ciento subió en el primer trimestre de 2019. El dato ha
dejado de ser relevante. Hay tanta violencia y asesinatos todos los días que no
importa uno más. Ya no son nombres, son números o, en el peor de los casos,
apodos. Sólo cuando hay menores entre las víctimas se asoma la indignación y se
reacciona. Lo paradójico de estos datos, compilados y analizados por la
consultoría Etellekt, es que a diferencia del proceso electoral del año pasado,
donde la variable del crimen organizado aparecía detrás de la mayoría de los
asesinatos de los políticos, en el primer trimestre este no es el factor, sino
la lucha entre partidos y por los recursos presupuestales en los municipios más
pobres. Es decir, estamos peor.
La degradación de la vida pública es lo que refleja el último
estudio de Etellekt, cuyos datos fríos de sí hablan de un país rumbo a la
anomia. Los homicidios dolosos, que han sido indebidamente tomados como
referente del éxito o fracaso de la estrategia de seguridad del gobierno,
bajaron en el caso de los políticos 14 por ciento en relación con el primer
trimestre de 2018, de 38 por ciento a 24 por ciento, pero la privación ilegal
de la libertad o el secuestro (que no son lo mismo; por el segundo se pide
rescate, por el primero no) subió 450 por ciento, y las intimidaciones y las
amenazas, 192 por ciento. Dato importante también, el incremento en la
violencia este año se focalizó en las mujeres, de 21 agresiones en el primer
trimestre del año pasado, a 79 en este, que significa un crecimiento de 276 por
ciento.
No hay un diagnóstico claro y concluyente sobre el cambio de
fenómeno de violencia contra los políticos entre el proceso electoral del año
pasado, donde no sólo el primero sino el segundo semestre tuvo un crecimiento
espiral en los indicadores de muertes, y lo que está sucediendo en este primer
trimestre. El año pasado Etellekt registró que las entidades con mayor
violencia política eran aquellas con la mayor tasa de homicidios dolosos por
cada 100 mil habitantes, relacionadas en gran parte con acciones de la
delincuencia organizada. Pero en el primer trimestre de 2019, la violencia está
concentrada en estados con altos índices de pobreza y que tuvieron elecciones
muy cerradas.
Estos datos sugieren la lucha no tanto por el control
político de los municipios, sino de sus recursos presupuestales. Etellekt
registró que el 62 por ciento de las 180 agresiones contra políticos se
concentraron en Oaxaca (27), Veracruz (22), Puebla (14), San Luis Potosí (12),
Estado de México (15), Guerrero (12) y Guanajuato (11), los cuales rebasaron la
media nacional de agresiones por seis. La mayoría de los incidentes de
violencia (47 por ciento) se dieron en contra de militantes de Morena, seguido
lejanamente por militantes del PAN (14 por ciento), lo que se explica por el
tsunami electoral producido por el candidato Andrés Manuel López Obrador, que
llevó a cientos de sus simpatizantes a puestos de elección popular, rompiendo
no sólo viejos controles territoriales y poderes caciquiles, sino generando
envidias patológicas.
En el primer trimestre de 2018, recuerda Etellekt, el 17 por
ciento de los políticos agredidos en el país eran de Morena, por lo que los
datos del mismo periodo este año reflejan un incremento de 405 por ciento en la
violencia contra morenistas, mientras que la que afectaba a priistas decreció
55 por ciento. Sin embargo, resaltó la consultoría, la tercera parte de las
agresiones contra los morenistas fueron realizadas por militantes de Morena, lo
que confirma una vieja premisa en la política, donde los conflictos internos en
un partido se empiezan a acentuar y a agravar cuando las posibilidades de
acceso al poder son reales. No obstante, de ese 62 por ciento mencionado, los
incidentes se registraron en cinco de las siete entidades de mayor violencia, y
el abanico de ataques se extendió de 10 entidades en el primer trimestre de
2018, a 22 en 2019.
El cambio en la demografía política del país aparece como una
variable directamente asociada a esta reorientación de los objetivos de la
violencia política, como se puede argumentar en el caso de las mujeres
afectadas por el fenómeno. Aunque no hay suficiente información aún para
descartar feminicidios, la violencia contra mujeres parece responder al avance
en la paridad de género como resultado de las reformas electorales de 2013 y
2014, que llevó en números sin precedentes a mujeres a congresos estatales y
cabildos. Esta inclusión igualitaria, resalta Etellekt, “ponen en riesgo el
ejercicio efectivo de sus derechos político-electorales”.
La radiografía que proporciona la consultora, que se ha
especializado en la medición de la violencia política, muestra un cuerpo
enfermo y en algunos casos comenzando a apestar por la putrefacción. El 82 por
ciento de los políticos asesinados en el primer trimestre eran opositores a los
gobiernos estatales, y el 85 por ciento de las amenazas e intimidaciones fueron
contra autoridades electas, particularmente y en orden de número de agresiones,
alcaldes, regidores y diputados locales.
Una vez más se demuestra que la parte más vulnerable para la
contención y el combate a la inseguridad está a nivel municipal. Si no hay una
estrategia que refuerce ese tercer nivel de autoridad, la anomia se va a
convertir en una realidad extendida en el país. La otra variable, que no es
nueva pero persiste de manera indómita, es la impunidad, que como ha sido en
otros años, sigue siendo el puente comunicante con todo tipo de violencia,
acentuado hoy por ambición de poder y de dinero. Pero sobre todo, por la falta
de un sistema de procuración y administración de justicia. En síntesis, por la
ausencia de un país de leyes.
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