Por Diego
Petersen Farah.
Nadie pierde
en Excell, dice la máxima de los negocios. Y es cierto, mientras uno juegue con
las variables y quien decida el valor de cada una de ellas sea el autor del
plan de negocios, no hay manera de que los números salgan mal. Algo similar
sucedió con los Planes de Desarrollo de los últimos sexenios, de Luis
Echeverría para acá (entes de ello seguro pasaba lo mismo, pero no vivía para
sufrirlo). Los planes eran una carta de buenas intenciones, con números y metas
grandilocuentes generadas a voluntad del magnánimo, y al final nunca fuimos
capaces de exigirle cuentas por no haber cumplido lo que ellos mismos
escribieron como compromisos.
No sé si
para bien o para mal, es decir si estamos ante un ejercicio de sinceridad o de
cinismo puro, el Plan Nacional de Desarrollo que entregó el Presidente López
Obrador es -valga el homenaje a Jis y Trino- una chora interminable: no hay un
solo indicador, un estrategia, un meta del que el lector común pueda asirse
para evaluar el desempeño del Gobierno. Si hacemos la nube de palabras de estas
páginas resulta que las más repetidas con conceptos genéricos como México,
nacional, país, desarrollo, seguridad, social, mientras que palabras que
implican compromiso como seguridad, violencia, economía, económica,
instituciones aparecen mucho menos, y democracia, violencia, salud o empresas
pasan a una tercera categoría.
De acuerdo
con las palabras del propio Presidente este es el primer plan que no se ciñe a
la voluntad de los organismo internacionales -esos tercos que se empeñan en
decir que aquello que no se puede medir tampoco se puede avaluar- y por lo
tanto es realmente nacionalista. De la lectura del plan, a penas 64 cuartillas
redactadas en tono de panfleto, se puede desprender dos cosas: la primera es
que el neoliberalismo es la madre de todos nuestros males y, la segunda, es que
en 2024 creceremos seis por ciento y el promedio del sexenio será cuatro por
ciento anual. Si logra esto nadie se acordará de todo lo demás. El problema es
que eso no se sostiene ni en Excell y no concuerda con los criterios de
política económica de la propia Secretaría de Hacienda que estimó, ya con
optimismo, que el promedio de crecimiento en el sexenio será de 2.8 por ciento.
Es evidente
que el Presidente López Obrador no cree en la planeación: él es un hombre de
intuiciones. Lo ha demostrado una y otra vez, y parece no importarle. Ese es su
estilo personal de gobernar, pero luego no se extrañen que la confianza en el
país baje como ha bajado o que los empresarios se vean dubitativos a la hora de
invertir.
El Plan
Nacional de Desarrollo es un rollo. Lo que era una oportunidad para mandar un
gran mensaje a los inversionistas nacionales y extranjeros, terminó en un choro
que sirve para cumplir (lo más vergonzoso es que en el Congreso se lo van a aprobar
con vítores) y nada más. Nomás que no nos extrañe que la inversión privada no
llegue o que la pública no tenga la eficiencia esperada.
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