Raymundo
Riva Palacio.
En 72 horas,
el presidente Andrés Manuel López Obrador dio muestras de un manejo de crisis
totalmente inapropiado ante la amenaza del presidente Donald Trump, de imponer
cinco por ciento de aranceles, que irían escalando en represalia por las
insuficientes acciones para frenar a la migración centroamericana. El
Presidente fue de una posición enérgica a una serie de equivocaciones tácticas,
falta de estrategia, situaciones embarazosas para su secretario de Relaciones
Exteriores, y afirmaciones donde mostró un giró de su actitud soberana, para
caminar hacia la capitulación. Después de esos tres días erráticos y confusión
política, el Presidente continuó enredándose en declaraciones y Trump escalando
el costo político para el gobierno mexicano. El resultado de las pláticas esta
semana en Washington no pinta bien para el gobierno lopezobradorista.
La amenaza
de Trump llegó prácticamente de la nada, pero en medio de la guerra fría
comercial con China, que se había venido escalando ante la imposibilidad de que
ninguna de las dos superpotencias pudiera ceder y, sobre todo, en el contexto
de la renuncia del fiscal Robert Mueller, quien al despedirse como la cabeza de
la investigación sobre la intervención rusa en las elecciones presidenciales de
2016, dijo que no exoneraba al presidente de un crimen, lo que reavivó la
discusión sobre un eventual juicio político para destituirlo. Trump, que ha
resultado muy hábil en el manejo de la comunicación a través de un recurso de
la política exterior donde fuerza la interacción con un tercero y lo lleva al
punto de la confrontación para obtener una negociación ventajosa (brinkmanship,
se le conoce en inglés), anunció la elevación de aranceles contra México.
La amenaza
tuvo el efecto esperado. Ese día, los noticieros de televisión nacionales y las
cadenas de cable en Estados Unidos, la colocaron como su principal información.
Al día siguiente, los tres periódicos más importantes de ese país encabezaron
sus titulares con ella. Los mercados mundiales sufrieron las turbulencias y el
peso se fue hasta casi 20 unidades por dólar. El brinkmanship se caracteriza
porque al tomar decisiones de alto riesgo, puede concluir en desastre. Trump
fue cuestionado en Estados Unidos porque la elevación de aranceles perjudicaría
más a ese país que a México, transfiriendo los costos a los consumidores, pero
no le importó. En México, López Obrador jugó el jueves en el mismo terreno,
aunque después reculó.
En su
primera respuesta enérgica y clara ante las amenazas de Trump, fue tan
arriesgado como el Twitter del jefe de la Casa Blanca. En una carta que hizo
pública antes de que se entregara al gobierno de Estados Unidos, dijo que su
llamado a acción de “America First” (“Estados Unidos Primero”), era una
falacia, con lo cual golpeaba al eje de la política e ideología del
estadounidense, y planteaba el diferendo comercial como una situación de
guerra. Si Trump elevó el tono, López Obrador lo subía aún más. En cuestión de
horas, por lo que sucedió después, se puede argumentar que la carta, escrita
por el propio Presidente, según sus colaboradores, fue un arrebato sin pensar
dos veces lo que escribía, al mostrarse en las acciones una clara ausencia de
estrategia y falta de análisis sobre las consecuencias.
El primer
dato que refuerza esta proposición es que despachó al secretario Marcelo Ebrard
a Washington para que fuera “atendido” por representantes del gobierno de
Estados Unidos. Ebrard obedeció la instrucción, lo que es correcto, pero no le
dijo al Presidente, aparentemente porque tampoco sabía, algo muy importante: su
contraparte, el secretario de Estado, Mike Pompeo, no estaba en Washington. La
ausencia de Pompeo no era un secreto. El miércoles 29 de mayo el Departamento
de Estado dio a conocer la agenda de viajes del secretario Mike Pompeo, donde
se anunció que visitaría Alemania, Suiza y Holanda, del jueves de la semana
pasada al próximo miércoles. López Obrador y Ebrard mostraron estar
desinformados, o el Presidente quiso actuar con tal rapidez, que ni siquiera
esperó un memorando de la embajadora en Washington, Martha Bárcena, explicando
el contexto y las condiciones para esa visita.
No se sabe
si Trump leyó la carta o no, o si Pompeo lo hizo. Pero el viernes, Trump
insistió que México “haga finalmente lo que debe” en materia de migración.
Ebrard llegó a Washington pero nadie le abrió la puerta hasta el miércoles. La
justificación es que prepararía la estrategia de la conversación con Pompeo,
que pomposamente llamó “cumbre”. Para el sábado, la firme posición de López
Obrador se había desdibujado con la cadena de errores en la comedia en que se
convirtió su política exterior. Pero el Presidente, como suele hacerlo todos
los días, nos volvió a sorprender.
En una
conferencia de prensa en Veracruz, a una pregunta del corresponsal de Proceso
sobre qué propuesta llevaba Ebrard, respondió: “Lo primero, lo más importante
es informar sobre lo que ya estamos haciendo en materia migratoria, y si se
quiere reforzar estas medidas sin violar derechos humanos, estaríamos
dispuestos a llegar a ese acuerdo”. Esto es exactamente lo que está pidiendo
Trump. Que hagan más de lo que ya han hecho. López Obrador dijo que no va a
entrar en una guerra comercial y tampoco se vio muy dispuesto a recurrir a los
paneles internacionales de resolución de disputas. O sea, ni responderá
elevando aranceles ni acudirá a los tribunales internacionales. Así lo hicieron
los gobiernos mexicanos que desprecia. Así lo hacen todos los países en el
mundo.
Al final,
regresamos a lo mismo. Que no se enoje más Trump –este domingo respondió:
“queremos acción, no hablar”–, y López Obrador le dará lo que pide. ¿La carta
del jueves? Claro, para consumo doméstico.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.