Por Jorge
Zepeda Patterson.
No nos vendría mal un baño de realidad
antes de exigirle a López Obrador que se envuelva en la bandera y mandé a
Donald Trump a donde todos quisiéramos enviarlo. Para nuestra desgracia eso
equivale a mentarle la madre a alguien que nos tiene encañonados y nos pide la
cartera.
Tal es la situación
en la que estamos ante la amenaza de la Casa Blanca de imponer tarifas a todos
los productos procedentes de México.
Podemos consolarnos comprando el argumento de que el más perjudicado por este
gravamen sería el consumidor estadounidense porque tendría que pagar más por
los aguacates y los autos que cruzan la frontera; pero no nos engañemos, a la
postre somos nosotros los que asumiremos la factura.
Primero, porque perderemos mercado a medida que otros países comiencen a sustituirnos con precios más competitivos. Particularmente si Trump desencadena su peor escenario y eleva las tarifas hasta 25 por ciento en octubre.
Segundo, porque las inversiones que están en proceso
y las que podrían venir para fortalecer la planta productiva mexicana de cara a
la exportación, se paralizarían de inmediato; eventualmente, incluso, algunas
empresas ya instaladas podrían retirarse (cosa que ha presumido el propio
Presidente).
Y tercero, porque en el momento en que se desate una
guerra de tarifas comerciales y represalias entre los dos gobiernos, el mundo
financiero no tendrá dudas sobre el vencedor de la contienda y con quien
alinearse. Basta ver el efecto sobre el peso que provocó el tuit de Trump, no
es el dólar el que sufre sino nuestra moneda.
Esos que critican a AMLO por su
supuesta tibieza, son los primeros que resguardan su patrimonio en dólares. En
suma, la depreciación del peso, la salida de capitales, la calificación adversa
de la salud financiera del Gobierno y de las empresas nacionales provocarían
terribles efectos multiplicadores. Los mexicanos lo pagaríamos con más
desempleo y con recesión. El Presidente podría desafiar al matón y encerrarse
luego en Palacio Nacional, pero sufrirían muchas familias, empresarios pequeños
y grandes, regiones completas del país.
Tenemos que entender que el TLC y un
modelo entregado a la apertura comercial y a la integración con las redes
productivas de Estados Unidos tuvo efectos importantes en la modernización,
pero terminó por aumentar la dependencia.
Hoy somos rehenes de nuestra extrema
vulnerabilidad.
En su lógica narcisista y abusiva
Trump tiene muy claras sus razones: “¿quieres ponerte humanitario con los
inmigrados centroamericanos? Quédatelos en tu país, no me los mandes. Y si
persistes en mandármelos te castigo.”
No se trata de ver cuál de los dos es
más machito, como han querido ponerlo las redes sociales
y los adversarios de AMLO.
No es la dignidad del Presidente la
que está en juego sino su responsabilidad con el resto de los mexicanos.
La situación de López Obrador es la
que tendría un padre que es asaltado en carretera con sus hijos en el auto. Ni
la razón, ni el honor, ni la ética asisten a los asaltantes, pero son ellos los
que tienen la pistola y apuntan a la familia. La reacción más inteligente no
pasa por responder a los insultos sino por aquella que permita sacar a los que
dependen de nosotros de esa coyuntura. La pregunta que cualquiera nos haríamos
en esa situación es ¿cómo apaciguar a los agresores sin perder la dignidad o
entregar algo que nos causa un daño irreversible? “No, no te puedes llevar a mi
hija, negociemos que puedo entregarte para que levantes de una amenaza”.
Esa es justamente la consigna que
lleva Marcelo Ebrard a Washington. Trump no va a ceder pues asume que tiene todas
las cartas a su favor. La única manera en que aceptaría olvidarse de su
represalia es haciéndole pensar que su amenaza ha tenido éxito.
La
estrategia del Gobierno mexicano tendría que ser doble: primero un cabildeo que aumente la inconformidad de actores poderosos
que se oponen a la medida y segundo ofrecerle a Trump un recurso que le permita
una salida victoriosa, al menos a sus ojos. Es decir, que México ha comenzado a
hacer algo más para evitar los flujos crecientes de centroamericanos que llegan
a Estados Unidos.
Regresando al símil de la carretera,
se trata de hacerle ver a los secuaces del matón que un crimen grave pone en
riesgo a todos y, por otro lado, ofrecer algo al líder para convencerle que ha
ganado y retire su amenaza. La carta de López Obrador y las acciones de Marcelo
Ebrard van en ese sentido, una aproximación cuidadosa que mantiene la puerta
abierta para un acuerdo negociado y, a la vez, dejar en claro que, en el peor
de los casos, estamos dispuestos a pelear hasta las últimas consecuencias.
Es una terrible mezquindad el
canibalismo de los que intentan sacar ventaja facciosa golpeando al Gobierno en
esta negociación, en última instancia es a otros mexicanos a los que están
golpeando.
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