Dolores
Padierna.
La
democracia goza de mala salud. El rechazo, el enojo, la animadversión de los
ciudadanos hacia las instituciones de la democracia es un hecho ampliamente
documentado en todo el mundo.
En México,
mientras avanza ese malestar mundial contra los exiguos resultados de la
democracia, hemos avanzado en la construcción de leyes e instituciones, en la
hechura de complejos órganos electorales o de fiscalización. Ese camino, en
nuestro caso, se ha acompañado de la alternancia en el poder.
Un sector de
la población –importante, pero más pequeño de lo que indicarían las cruentas
batallas que se libran en las redes sociales– considera que la presidencia de
Andrés Manuel López Obrador pone en riesgo los avances obtenidos en la
construcción de instituciones y de un entramado jurídico para fortalecer
nuestra democracia.
A casi un
año de los comicios presidenciales, las oposiciones no atinan a explicar su
estrepitosa derrota. Más que buscar la paja en el ojo ajeno, bien harían en
comenzar a explicar su incapacidad para ejercer el poder. El rechazo social se
fundó, sin duda, en que los ciudadanos se cansaron de políticos dedicados a
alentar, encubrir o de plano participar en la corrupción y la impunidad.
Una frase
vieja, que en su momento se usó fuera de contexto, llevó a que durante largo
tiempo se dijera que el movimiento que llevó a López Obrador a la Presidencia
se propone la destrucción de las instituciones.
Pero, ¿quién
realmente mandó al diablo a las instituciones?
Los estudios
indican que fueron las fuerzas políticas que dominaron el escenario los últimos
30 años las que dañaron fuertemente la confianza ciudadana en la democracia.
El Informe
país sobre la calidad de la ciudadanía en México (IFE-Colmex, 2014) reveló que
sólo el Ejército, los maestros y las iglesias cuentan con una aprobación
ciudadana superior al 50%. Un dato duro que proporciona este informe es que en
2010 la aprobación del gobierno federal era de 59%. En sólo tres años cayó a
36%. Dados nuestros niveles de impunidad, no es de extrañarse que la confianza
en los jueces y la policía ronde apenas 20%.
Según la
encuesta “Confianza en las instituciones” (Mitofsky), las instituciones peor
evaluadas por los ciudadanos son la Suprema Corte, los senadores, la
Presidencia de la República, los diputados, los sindicatos y los partidos,
todos con calificaciones reprobatorias.
México tiene
el dudoso honor de encabezar la lista de países donde, según la medición del
Latinobarómetro, la desconfianza en las instituciones públicas es creciente. En
2018, año de la gran sacudida electoral, sólo 30% confiaba en la autoridad
electoral y 84% se declaraba poco o nada satisfecho con la forma como
funcionaba la democracia en el país.
¿Quién
destruyó la confianza en las instituciones?
En el
estudio Perspectivas económicas 2018: Repensando las instituciones para el
desarrollo (CEPAL, 2018) queda claro: en 2006, año del fraude electoral del
calderonato, la confianza en el gobierno nacional era de 43%. Diez años
después, guerra contra el narcotráfico de por medio, dicha cifra cayó a 28%.
El
incumplimiento de promesas y acciones, la corrupción sin freno, la ineficacia
en el combate a la inseguridad y el incremento de la desigualdad y la pobreza
están entre las razones de la falta de aprecio a un gobierno, que además era
visto como representante de las élites y no de una sociedad plural.
Los
partidos, como instrumentos de mediación, fueron rebasados por organizaciones
civiles y académicas que hasta la fecha ocupan los espacios tradicionalmente
destinados a las fuerzas políticas, en algunos casos como disfraz de intereses
empresariales o de otra índole.
La
alternancia en el poder no se tradujo, evidentemente, en mejores gobiernos ni
en mayor satisfacción ciudadana. La cuarta transformación se propone justamente
poner fin a la frustración de las mayorías frente a la corrupción, la
desigualdad, los abusos de poder y la inseguridad.
Los desafíos
que tenemos que atender están a la vista: la recuperación y fortalecimiento del
Estado de derecho, bienestar social que reduzca la brecha de la desigualdad y
crecimiento económico sostenible. Todas estas transformaciones sólo serán
posibles si van acompañadas de prácticas que fortalezcan la democracia, desde
abajo y de manera real, para dejar atrás las simulaciones de nuestra transición
inacabada.
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