Adela
Navarro Bello.
En el
ejercicio del presidencialismo en México, incluso en tiempos de la cuarta transformación,
pocos miembros del Estado mexicano le dicen que no al Presidente. La tradición
es un actuar lisonjero, de culto al líder por encima de cualquier discordancia,
diferencia ideológica o interpretación de la Ley que se trate.
La hora es
la que el Presidente indique y el ritmo que marque es el que marca la cadencia
del Estado.
Por eso
cuando un integrante de un poder, que además es cercano al presidente, declara
públicamente un punto de vista distinto al del mandatario nacional, es un hecho
no solo a considerarse, acaso a magnificarse y a promoverse como una conducta
republicana, deseable en el trato entre los representantes de quienes integran
los poderes del Estado Mexicano.
Hace unos
días a propósito de la marcha por la dignidad convocada en Tijuana por el
Presidente Andrés Manuel López Obrador a manera de responder a las amenazas del
Presidente estadounidense Donald Trump, de encarecer los aranceles a productos
mexicanos si no se detiene la migración en la frontera sur de México, un poder
y el representante de uno de ellos, le dijeron no al Presidente.
El primero
el Poder Judicial. En el pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación,
los Ministros votaron para determinar si atendían la convocatoria del
Presidente para acudir a la marcha por la dignidad. El resultado fue un no.
Justificaron que “el Poder Judicial Federal no tiene facultad alguna en materia
de política exterior y, además, dado que es importante preservar su autonomía e
independencia ante la eventualidad de futuras controversias en relación con
medidas que pudiera adoptar el Gobierno Mexicano en materia comercial, se
consideró prudente que los Ministros no asistan al acto al que fueron
convocados”.
El segundo
fue el presidente de la Cámara de Diputados, don Porfirio Muñoz Ledo, quien sí
acudió a la convocatoria de López Obrador, pero se dijo inconforme, de la
estrategia que en materia de migración comprometió el Secretario de Relaciones
Exteriores en el acuerdo con los Estados Unidos, donde para evitar el alza en
los aranceles, estableció el blindaje militar de la frontera sur, con el envío
de seis mil elementos de la aun no concretada Guardia Nacional.
“… es
inmoral el doble rasero de ambas fronteras. En la frontera norte pedimos que
nos abran la puerta, y en la frontera sur se nos pide cerrar la puerta para
hacerle un oscuro favor a los Estados Unidos”, sentenció Muñoz Ledo a unos
metros del Presidente Andrés Manuel López Obrador en Tijuana.
Completó:
“no podemos aceptar que la migración sea una palabra maldita, la migración es
un derecho humano que debe ser respetado. Así lo consagran todas nuestras
Constituciones desde la de Morelos y en todos los tratados internacionales”.
Incluso criticó la postura de Trump (lo que no ha hecho funcionario mexicano
alguno), “Tampoco podemos aceptar el lenguaje mentiroso que no quiere dialogo
sino acciones, lo que significa que no tiene ninguna intención de llegar a
acuerdos. Nosotros tenemos la fuerza de la razón y ellos la razón de la
fuerza”.
Más adelante
criticaría don Porfirio el manejo del tema de migración, una facultad de la
Secretaría de Gobernación, ahora en el fuero del Ministerio de Relaciones
Exteriores. Por supuesto también, el envío de los seis mil guardias nacionales,
por cierto, elementos todos que fueron extraídos de la Policía Federal y de la
Gendarmería, divisiones que estaban realizando tareas de reacción, despliegue
preventivo y de contención de la criminalidad.
Porfirio
Muñoz Ledo, un hombre de Estado, de los pocos que quedan en la política
mexicana, antepuso en su calidad de presidente de la Cámara de Diputados, los
intereses de la Nación por encima de su relación con el Presidente. Le dijo no,
y le criticó el plan anti migrante que desplegó en la frontera sur al ser
amenizado por su contraparte estadounidense.
Tribuno como
pocos, Muñoz Ledo sabe que lo suyo en calidad de Diputado es representar a la
población, a toda, actuar en consecuencia de los intereses de la Nación y
fiscalizar a los otros poderes, entre ellos al poder ejecutivo que titula el
Presidente Andrés Manuel López Obrador.
Más
diputados como Porfirio Muñoz Ledo, que aun en el manto de Morena y en la línea
del Presidente, actúa con independencia para salvaguardar el Estado de Derecho.
Y menos diputados como Mario Delgado, quien acompañado de 200 de los suyos,
tomó como manifestante político las calles de Tijuana, en una marcha de ocho
cuadras, desdibujando su investidura de legislador al promover el acarreo de un
bloque legislativo en un acto proselitista alejado de toda Ley, apoyando el
cierre de una frontera del País, trastocando las facultades de dos secretarías
de Estado, y desviando a las fuerzas federales de la prevención de la
inseguridad para convertirlos en cadeneros del país.
El
legislativo mexicano actual de mayoría Morena, actúa en razón de la
convocatoria del Presidente y no con la autonomía que tiene como Poder
Legislativo. El Presidente necesita contrapesos, y los contrapesos naturales
son los otros poderes, pero la Cámara de Diputados con el coordinador de
Morena, Mario Delgado, no está ejerciendo esa facultad consignada en la
Constitución, todo lo contrario, la entrega es tal, que marchan con pancartas
en lugar de legislar y supervisar.
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