Dolia
Estévez.
Una imagen
tiene el poder de perturbar, doler y hacer llorar en un solo impacto, con una
fuerza que no puede el lenguaje. La reproducción visual la semana pasada de un
migrante salvadoreño y su pequeña hija en las lodosas aguas del Rio Bravo,
confirmó la sabiduría de ese proverbio chino que dice que “una imagen vale más
que mil palabras”. Captó el sufrimiento, la desesperación y el peligro que
enfrentan los migrantes con una vehemencia que miles de palabras de sesudos
reportajes no habían logrado.
Su
intensidad estuvo en la intimidad que sugiere. El bracito de la niña que se
asoma acariciando el cuello del padre inerte, unidos en un último abrazo
ahogados boca abajo. La familia había llegado una semana antes a Matamoros, con
la ilusión de pedir asilo en Estados Unidos. Pero Óscar Alberto Martínez
Ramírez, el padre de 25 años, y Valeria, su hija de apenas 23 meses, murieron
tratando de cruzar el rio en busca del cada vez más elusivo “sueño americano”.
Tania Vanessa Avalos, la madre, atestiguó impotente el trágico suceso el
domingo antepasado.
La
fotografía que tomó la fotoperiodista tamaulipeca Julia DeLuc, y cuyos derechos
de autor fueron comprados por la agencia de noticias AP, se volvió adictiva.
Las cadenas televisivas CNN, NBC, CBS, ABC y Fox bombardearon a sus audiencias,
dejando la imagen en pantalla durante varios segundos. En una calibrada
decisión que ameritó la intervención de la alta dirección, The New York Times
la publicó en portada. Por lo general hay renuencia a difundir imágenes de
personas muertas al margen de cómo hayan perdido la vida. Más aún tratándose de
menores.
Al igual que
la imagen icónica del cuerpo inmóvil del niño sirio en las playas de Turquía en
2015, que desenmascaró la insensibilidad de los europeos ante la tragedia de
los refugiados de la guerra en Siria, la del padre y la niña muertos proyecta
la crueldad de las políticas migratorias de Donald Trump. Una crueldad en gran
medida ignorada en la cacofonía sobre qué hacer con ellos. A dónde mandarlos. A
quién endosárselos.
Republicanos
y demócratas usaron la foto para culparse mutuamente. Trump dijo que la crisis
en la frontera es resultado de la inacción de los demócratas para cambiar las
leyes de asilo. Mostró aversión por la foto y con la frivolidad que lo
caracteriza vaticinó que el padre parecía haber sido un buen tipo, eso es, no
tenía aspecto de pandillero o violador.
El líder de
la minoría demócrata en el Senado mandó ampliar la imagen para mostrarla en
sesión plenaria y refutar la estigmatización de los migrantes como violadores y
homicidas. La divulgación de la foto coincidió con perturbadores informes sobre
el trato inhumano de miles de niños en centros de detención que algunos
comparan con campos de concentración. La imagen y las descripciones de menores
sucios y enfermos en suelos de concreto fueron el catalizador de la aprobación
de 4.6 mil millones de dólares para la frontera. Sin embargo, debido a la
claudicación de los demócratas en la Cámara Baja, la partida de emergencia se
usará más para reforzar las medidas coercitivas y menos para proteger y
reunificar familias.
La foto del
padre y su hija también estuvo presente en el primer debate de precandidatos
demócratas a la presidencia. El miércoles, un emotivo Julián Castro, único
hispano entre 20 aspirantes, dijo que fue una tragedia que pudo haberse
evitado, “que debe de indignarnos a todos”.
La reacción
en México fue mixta. La mayoría de los medios impresos, electrónicos y en línea
la difundieron con notas sobre el caos en la frontera y críticas al gobierno
por haber aceptado ser el muro de facto de Trump. En redes sociales, hubo
compasión y empatía, pero también desprecio y condena por el acto de
“irresponsabilidad” del padre. No faltó el racismo hacia los centroamericanos.
Fueron tachados de ineptos, corruptos y violentos.
El
endurecimiento de las políticas migratorias de Trump, de las que es cómplice
sumiso el gobierno de México, ha producido el efecto contrario. Su amenaza de
cerrar la frontera disparó los flujos migratorios. El miedo a la violencia, la
muerte y la miseria del que huyen los centroamericanos excede el temor a un
futuro incierto. Los factores que los expulsan son más avasalladores que la
angustia por lo que viene. No se puede culpar al padre por preferir arriesgar
todo a vivir en el infierno. La gente desesperada hace cosas desesperadas para
sobrevivir. Ha sido así desde el primer día de la civilización.
El muro, la
cancelación del derecho de asilo, el encarcelamiento de niños, el despliegue de
la Guardia Nacional en México, la negociación de un pacto de tercer país seguro
y el violatorio programa “Quédate en México”, no disuadirán a los migrantes. La
gente dejará de emigrar cuando tenga mejores condiciones de vida, empleos dignos
y bien remunerados. Cuando haya desarrollo económico, fortalecimiento del
estado de derecho y combate al cambio climático. Un “Plan Marshall” para los
países del Triangulo del Norte para que, como dice López Obrador, emigrar sea
una opción no una necesidad. Es la respuesta de fondo pero no de corto plazo a
la tragedia en una imagen que dijo más que mil palabras.
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