Jorge Zepeda Patterson.
Hemos alcanzado tal grado de polarización que nos
despedazamos a la menor oportunidad. Cualquier tema es pretexto para
intercambiar juicios sumarios y memes atroces. El desencanto y la exasperación
se han convertido en campo fértil para el linchamiento y la crucifixión. El que
no piensa como yo termina siendo inexorablemente un imbécil, un resentido o un
corrupto.
La marcha en protesta por los feminicidios, que culminó con
las pintadas del Ángel de la Independencia sacó lo mejor y lo peor de la
opinión pública, las redes sociales y la comentocracia. Incondicionales
muestras de solidaridad para las víctimas de este abominable crimen, pero
también preocupantes expresiones de intolerancia y descalificación para todo
aquél a quien se considere que no está a la altura de esta solidaridad.
Es obvio decir que la necesidad de poner un alto al asesinato
de mujeres es un sentimiento unánimemente compartido. Todos tenemos hijas,
sobrinas o hermanas que temen por su vida por el simple hecho de salir a la
calle. No puedo imaginarme un dolor más grande que la impotencia de un padre o
una madre al enterarse de la muerte de una hija y saber que en sus últimas
horas sufrió vejaciones y torturas indescriptibles.
Pero esa unanimidad dejó de existir cuando se informó de los
daños sufridos por el Ángel. Algunas voces se alzaron para objetar el derecho
por parte de los manifestantes a lastimar un monumento que es patrimonio de
todos. Muchas otras salieron en defensa del derecho de expresar una rabia que
ya no se contiene en mantas y lemas y no hacen mella en las autoridades. Las
dos partes se enzarzaron en descalificaciones mutuas que, en los casos más
extremos, dieron lugar a epítetos como feminazis, de un lado, y reaccionarios y
misóginos, del otro.
En lo personal encuentro que ambas partes esgrimen argumentos
pertinentes y atendibles; es un tema doloroso que entraña una enorme carga
subjetiva y nos obliga a mirar dos veces antes de precipitar un juicio sumario
y descalificador.
Por un lado, son comprensibles las razones de quienes
afirman que las vidas son más importantes que las piedras, que el carácter
abominable de este crimen exige un llamado de atención de esa magnitud, que
quizá solo así las autoridades y la sociedad en su conjunto harán algo más de
lo que han intentado sin resultados. Lo que dicen tiene sentido: mientras
duren, las pintas en el Ángel serán un recuerdo visible y cotidiano de la
infamia que tiene lugar allá donde no llega la mirada.
Pero también son comprensibles los argumentos de aquellos
que externan su preocupación por el hecho de que la rabia ante una infamia nos
conduzca a legitimar el daño o la destrucción del patrimonio común haciendo
pagar “a justos por pecadores”. Los padres de los 43 desaparecidos de
Ayotzinapa quemaron la puerta de Palacio Nacional hace unos meses y resulta
difícil recriminárselos. El problema, dicen los críticos, es que cada grupo de
manifestantes considera que su lucha es igualmente vital y decisiva. La
comunidad que carece de agua desde hace meses, los padres de los hijos
calcinados en una guardería, los vecinos acosados sistemáticamente por policías
y ladrones.
He visto estos días columnas de intelectuales normalmente
feroces críticos con todo lo que atente contra el estado de derecho que ahora
justifican el daño al Ángel en razón de un imperativo moral de orden superior.
Y quizá tengan razón, pero entonces habría que pedirles que extendieran esa
solidaridad a las muestras de exasperación por la pobreza extrema, por el
despojo impune contra una comunidad. En ese sentido, entramos en un terreno
pantanoso. Cómo y quién ejercería el papel de juez capaz de calificar lo que
moralmente es aceptable. Las vidas siempre serán más importantes que las
piedras. ¿Dónde detenernos?
Honestamente no lo sé. Porque en efecto, las vidas son más
importantes que las piedras; pero hay tan poco y falta tanto que también
tendríamos que cuidar las piedras. Es cierto que aquí no hay justos de un lado
y pecadores del otro. Por omisión o desinterés todos somos cómplices de lo que
ha producido la pobreza extrema, la falta de estado de derecho, la impunidad en
la desaparición de hijas y hermanas de otros mientras cada cual seguíamos con
nuestras vidas. A nadie nos gusta quedar atorados en un embotellamiento
provocado por un grupo desesperado por la falta de resultados. Pero también
podemos imaginarnos haciendo lo que haya que hacer cuando la tragedia se cebe sobre
alguno de los nuestros.
No hay respuestas fáciles. Podríamos comenzar por entender
que en una sociedad acosada por la violencia y cargada de tantos agravios, lo
menos que podemos hacer es escuchar las razones de los otros antes de descargar
la guadaña de nuestra propia cerrazón o asumir que nuestra indignación moral es
superior a la de otros simplemente por ser nuestra.
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