Raymundo Riva Palacio.
Negociar con criminales, no, dijo el presidente Andrés Manuel
López Obrador. Eso se hizo en el pasado y no funcionó, porque la seguridad es
responsabilidad del gobierno y de nadie más, subrayó. Cierto. Por esa razón
nacieron los Estados modernos, para proveer la seguridad a sus gobernados, que
fue algo en lo que claudicó el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, que
desde el inicio pactó con criminales, que camuflajeados en la desesperación de
los michoacanos que ante la violencia se organizaron en grupos de autodefensa,
fueron utilizados para el exterminio de Los Caballeros Templarios. Esa obtusa
estrategia, violando las leyes internacionales, puso a Michoacán al borde de la
guerra civil en un año.
La historia sirve mucho para evitar errores, a partir de las
experiencias vividas. Por eso, el proyecto del gobierno de López Obrador de dar
amnistía y generar empresas productivas en las zonas calientes de la violencia,
donde el tejido social se entrevera entre el mundo de la legalidad y el mundo
de la criminalidad, estaba sentado sobre un tambor de dinamita con la mecha
prendida. El primer paso del plan, construir un parque agroindustrial en La
Huacana, donde vejaron y privaron de su libertad a una decena de soldados que
realizaba operativos de desarme en mayo, estalló estrepitosamente. No era lo
que creían que iba a suceder.
Hace casi tres semanas, en una reunión privada, la secretaria
de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, describía satisfecha cómo estaban
trabajando intensamente con diferentes grupos armados para establecer
mecanismos que restablecieran la seguridad y se acabara la violencia. ¿Con
grupos armados?, le preguntó su interlocutor. “Hablamos con todos”, respondió.
En el encuentro, el subsecretario de Gobernación, Ricardo Peralta, dijo que
acababa de dialogar con los grupos de autodefensa en La Huacana, donde había
acordado la instalación del parque industrial, y con la Columna Armada Pedro J.
Méndez, en Villagrán, Tamaulipas. “Pero ese grupo está ligado al Cártel del
Golfo”, interrumpió el interlocutor. “Ellos no son, sino una escisión”, dijo
Peralta. “Inclusive me dieron las órdenes de aprehensión contra ellos”.
Peralta tenía razón, pero a medias. De acuerdo con personas
que conocen el desarrollo de ese grupo, hace varios meses se fraccionó y la
parte que dialogó con el subsecretario se había alineado con Morena. Quienes
rompieron con ellos no se vincularon a ningún partido, por lo que, según las
mismas fuentes, han sido hostigados permanentemente. Ese grupo es encabezado
por los Leales, Octavio Leal Moncada, a quien apodan El Tarzán o El Profe,
Cesáreo Leal Pérez y Eloy Flores Martínez, que usa el alias de El Licenciado. Sin
embargo, la escisión no redime de manera instantánea a quienes se acercaron a
Morena, en busca claramente de un certificado de impunidad a sus cuentas
pendientes.
Es el mismo caso en La Huacana. Aunque el Cártel Jalisco
Nueva Generación difundió un video en el que se desvinculó del grupo que privó
de su libertad a los soldados, no quiere decir que quienes lo hicieron estén
libres de culpa o sean inocentes. El ataque a los soldados se dio porque en un
operativo decomisaron fusiles de asalto, incluidas las mortíferas Barrett de 50
milímetros, de uso exclusivo del Ejército y querían que se los regresaran
–condición que se cumplió para su liberación. En ese municipio, junto con los
de Buenavista Tomatlán y Tepalcatepec, nacieron los grupos de autodefensa civil
penetrados por el cártel de las drogas, que desató la violencia incontenida en
2013 y 2014, que sólo se pudo reducir temporalmente –en la otra cara de la
historia–, por la llegada de un comisionado para el Desarrollo y la Seguridad,
Alfredo Castillo, que actuó como procónsul. Castillo logró desarmar a quienes
no eran parte del crimen organizado, pero nunca se pudo hacer lo mismo con
aquellos vinculados al CJNG, con los que se llegó a un 'entendimiento' tras la
liquidación de Los Caballeros Templarios. El que los grupos de autodefensa no
sean parte orgánica de los cárteles, no los coloca del lado de la ley ni de
actos criminales por los que no tengan que pagar.
La falta de experiencia en el gobierno y de pericia en el
manejo de comunicación, provocó una nueva crisis donde no existía. El plan no
era desconocido en Palacio Nacional y la secretaria Sánchez Cordero hablaba con
esa confianza. Al explotar el tanque de dinamita sobre el que no se habían dado
cuenta estaban sentados, el presidente López Obrador se vio obligado al control
de daños. Desautorizó a Peralta y le pidió ajustarse a la Constitución y
ceñirse a las leyes. En el gabinete de seguridad de este miércoles se dio la
contraorden de mantener el diálogo con los grupos armados y expresó su desacuerdo
con el programa de los proyectos productivos. Es decir, reculó sobre una
política que él mismo estimuló.
Pero no está más. Es dialéctico rectificar. Su problema es
más grande. El gobierno del presidente Donald Trump ya lo tiene nuevamente en
la mira. Lleva casi un mes criticando al gobierno de López Obrador por tener
una política más enérgica para frenar el narcotráfico, y el secretario de
Estado, Mike Pompeo, ha sugerido que podrían certificar una vez más los
esfuerzos del gobierno en esa materia. Como en la migración, se está yendo de
bruces el gobierno. A diferencia de la actitud en el tema migratorio, el
Presidente está actuando con mayor celeridad. No basta la retórica, pero es una
buena oportunidad para corregir o rediseñar la estrategia contra los criminales.
Por ejemplo, que los combata, que les cambie los incentivos, que no los apoye
ni los tolere, aunque esto se dé por omisión y no necesariamente –esperemos–,
por comisión.
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