Francisco Ortiz Pinchetti.
Debiera preocuparnos a todos la suspensión definitiva dictada
por un Juez federal que frena la construcción del aeropuerto de Santa Lucía. Y
no porque según juristas ello signifique un retraso de cuando menos dos años en
el inicio de la obra, con las consecuencias que ello tendría, sino porque la determinación
judicial se suma a un alud de razones sobre la inviabilidad de un proyecto
basado evidentemente en el capricho.
Hace justamente un año, el 15 de agosto de 2018, el organismo
especializado MITRE, máxima autoridad internacional en materia aeronáutica,
advirtió en un informe al entonces Presidente electo de México que mantener en
operación el actual Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) y
habilitar la Base Militar de Santa Lucía como una segunda terminal aérea, no
solo pondría en riesgo la seguridad de las personas por el cruce en la ruta de
descenso de las aeronaves, sino terminaría demorando aún más el tráfico aéreo
en la capital del país.
A esa opinión su sumaron las de diversos expertos que
coincidían en que la opción de Santa Lucía es inviable por varios factores: el
uso ineficiente del espacio aéreo, la falta de permisos para operar ahí, el
tamaño insuficiente en la base militar para construir las pistas necesarias y
la complejidad en el control aéreo. Además, no serviría para solucionar el
problema de la saturación, que es la razón principal por la que se plantea la
necesidad de un nuevo aeropuerto.
Particularmente, un análisis realizado por la Asociación
Sindical de Pilotos Aviadores (ASPA), bajo premisas como seguridad, eficiencia
y conectividad, concluyó que las mejores condiciones técnicas estaban en el
Nuevo Aeropuerto de Texcoco. Sin embargo, aun antes de tomar posesión, el
Presidente electo decidió la cancelación del a NAICM tras una “consulta”
gansito, absolutamente ilegal.
Ahora nos enteramos, además, que el costo previsto del
proyecto aeroportuario que involucra a de Santa Lucía, el viejo Aeropuerto
Internacional de la Ciudad de México y el aeropuerto de Toluca, se asemeja cada
vez más al de Texcoco, cancelado supuestamente por “oneroso”.
Resulta que la suma de cifras publicadas hasta ahora,
recopilada por el diario Reforma, indica que el sistema planeado por el
Gobierno actual ya tiene costos en ejercicio o proyectados por 174 mil 594
millones de pesos. Y que el último monto oficial del proyecto de inversión para
el NAIM registrado ante la Secretaría de Hacienda fue de 202 mil 527 millones de
pesos.
La diferencia entonces es ya de apenas 28 mil millones,
aunque hay que aclarar que la cifra de 174 mil millones para el complejo
aeroportuario previsto es preliminar y que inevitablemente va a crecer, pues no
incluye todavía el costo de obras importantes que aún no tienen estudios, como
la Terminal 3 del AICM, las vías de comunicación a Santa Lucía y los 53
kilómetros de posibles extensiones del Sistema Mexibús para conectar los tres
aeropuertos.
Por otro lado, el pasado 14 de agosto un Juez federal
suspendió por tiempo indefinido la construcción del Aeropuerto Internacional de
Santa Lucía (AISL) hasta que se dicte sentencia que aclare si fue legal la
cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco. La
suspensión también ordena conservar las obras de Texcoco en el estado en que se
encuentran, por lo que no pueden ser inundadas, como se ha planteado para el
proyecto de un parque ecológico.
El propio Secretario de Comunicaciones y Transportes (SCT),
Javier Jiménez Espriú, dijo no tener idea de cuándo iniciará la construcción
del aeropuerto “General Felipe Ángeles”, en Santa Lucía, Estado de México. De
acuerdo con la agencia Notimex, el funcionario federal aseveró que tal
incertidumbre se debe a que está pendiente la resolución judicial de los casi
80 amparos interpuestos contra su edificación. Interrogado sobre cuánto tiempo
se estima que esté detenida la construcción del AISL, el funcionario federal
respondió: “No tengo idea”.
Viene ahora la determinación del Juez Décimo de Distrito del
Estado de México que concede una suspensión definitiva solicitada por el
colectivo #NoMásDerroches en contra de todos los efectos y consecuencias de la
Autorización de Impacto Ambiental emitida por la Secretaría de Medio Ambiente y
Recursos Naturales (Semarnat) respecto al proyecto del AISL. La resolución
indica que la propia Semarnat reconoció que la construcción de la terminal
aérea ocasionaría daños y afectación al ecosistema de la región.
Frente a ello, como era previsible, el Presidente arremetió
de nuevo contra el poder judicial y las organizaciones civiles y aseguró sin
mayores argumentos que se trata de un “sabotaje legal” para hacerlo quedar mal,
urdido por de sus adversarios, que “muestran resistencia al cambio de
impulsamos”. Dijo que están ahí todos los abogados opositores, “todos los
abogados del conservadurismo, hasta una asociación de Claudio X. González, que
siempre ha tenido diferencias con nosotros, desde el tiempo de (Carlos)
Salinas, porque el señor Claudio X González, con todo respeto, el papá, fue
asesor de Salinas y promotor de la política de privatizaciones”.
No alude siquiera a los motivos de la suspensión ni rebate su
validez, sino que vuelve por el camino de la descalificación, como hace frente
a la prensa independiente, para evadir el fondo del problema: la inviabilidad
del proyecto de Santa Lucía, una ocurrencia sin sentido, en el que ha
involucrado inclusive al Ejército en su afán de sacarlo adelante a como dé
lugar.
Lo más preocupante es eso: la tozudez del tabasqueño aún en
contra de todas las evidencias. La circunstancia que ahora se plantea, sin
embargo, vuelve a traernos un rayito de esperanza, como él dijera de sí mismo.
La contundencia de ese cúmulo de evidencias debiera al menos hacerlo
reflexionar sobre la conveniencia de dar marcha atrás y enmendar el peor y más
costoso error –económica y políticamente hablando– de su todavía breve mandato.
Como dice el clásico musical de Miguel Ríos, me devora la impaciencia.
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