Raymundo
Riva Palacio.
Finalmente
el Congreso de Veracruz cumplió un objetivo, que se unieran las facciones de
Morena que representan los intereses del gobernador Cuitláhuac García; de la
secretaria de Energía, Rocío Nahle, y del superdelagdo en el estado, Manuel
Huerta Ladrón de Guevara, para un propósito claro: tener la mayoría para
suspender al fiscal del estado, Jorge Winckler, y sacarlo del cargo.
Requirieron una mayoría simple por ser una suspensión con carácter temporal,
que tendrá que ser calificada si se busca la definitiva. En todo caso fue
anulado y el fiscal heredado de la administración de Miguel Ángel Yunes, que
había aprovechado la pugna entre las facciones de Morena, dejó de ser una
pesadilla para el gobernador. El problema es que para lograrlo en Veracruz
violaron flagrante y cínicamente la ley. Pero vayamos por partes.
El martes se
publicó una edición extraordinaria de la Gaceta Oficial de Veracruz, el Tomo
III, donde se informó del “Acuerdo de la diputación permanente de la Sexagésima
Legislatura que como medida cautelar, control y defensa de la supremacía
constitucional, resuelve separar temporalmente al C. Jorge Winckler Ortiz del
cargo de fiscal general del estado por el presunto incumplimiento del mandato
constitucional de contar con certificación, revalidación y registro correspondiente
para la permanencia en el cargo”. Ipso facto, Winckler dejó la Fiscalía y lo
sustituyó Verónica Hernández, una abogada con larga experiencia como notaria,
fiscalista y derecho civil y administrativo, aunque de penalista nada.
Al hacerlo,
el Congreso violó el Acuerdo 08/XLIV/19, suscrito en la Reunión Conjunta de
Seguridad de la XLIV Sesión Ordinaria del Consejo Nacional de Seguridad Pública
el 8 de julio pasado, que señala: “Se ratifica el Acuerdo 1/III-SE/2019 de la
Comisión Permanente de Certificación y Acreditación por el cual se instruye al
Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública que, por
conducto del centro Nacional de Certificación y Acreditación, lleve a cabo la
reforma correspondiente al artículo Tercero Transitorio de los Lineamientos
para la Emisión del Certificado Único Policial, a fin de modificar el plazo
establecido para que las instituciones de seguridad pública cumplan los
requisitos para la expedición del CUP a todos sus integrantes, debiéndose
ampliar el término a dieciocho meses contados a partir del 10 de septiembre de
2019 y se publique en el Diario Oficial de la Federación”.
Si alguien
alega que la suspensión temporal de Winckler se dio el 3 de septiembre, cuando
ese acuerdo entraría en vigencia para la obligatoriedad siete días después, hay
otro documento con fecha del 17 de mayo, el Acuerdo 1/IV-SE/2019, que establece
una prórroga del plazo de vigencia de las evaluaciones de control de confianza:
“La Comisión Permanente de Certificación y Acreditación del Consejo Nacional de
Seguridad Pública, con la finalidad de evaluar a los integrantes de la Guardia
Nacional, acuerda prorrogar por un periodo de un año el plazo de la vigencia de
las evaluaciones de control de confianza establecidas en el Artículo 6,
fracción V, de los Lineamientos para la emisión del Certificado Único Policial,
de aquellos integrantes de las instituciones de seguridad pública cuyo término
de vigencia venza en los 12 meses siguientes a la publicación de este acuerdo
en el Diario Oficial de la Federación”.
Es decir,
desde mayo la ley protegía a Winckler, como lo hacía con Eric Cisneros Burgos,
secretario general de Gobierno veracruzano, que tampoco tiene la certificación
mandatada por la ley. No es el único caso. Hay altos funcionarios, altos mandos
y cientos de policías que no cuentan con la certificación exigida. Hay altos
funcionarios federales que tampoco tienen la doble certificación, por lo que no
tienen acceso a información de calidad de los servicios de inteligencia extranjeros.
Incluso cuando menos uno de ellos ha cancelado reuniones con algunos jefes de
esas agencias y declinado invitaciones para ir a Washington.
En este
sentido, el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador está actuando
de forma idéntica al del expresidente Enrique Peña Nieto durante su primer año:
no combate a criminales, deja que los cárteles y las bandas se aniquilen entre
sí, y pide prórroga para la certificación de funcionarios y policías. La
diferencia entre ambos es que el gobierno de Peña Nieto no manipuló la ley de
una manera tan públicamente artera para utilizarla discrecionalmente contra un
funcionario que le incomodara a algún gobernador priista.
Los
resultados de Winckler en la Fiscalía veracruzana están lejos de ser los
mínimamente esperados. La violencia en el estado continúa teniendo la impunidad
por omisión o comisión como su común denominador, sin que el fiscal haya podido
marcar un punto de inflexión. Es decir, si el Congreso hubiera pensado en la
seguridad de los veracruzanos, podría haber encontrado la forma de despedirlo
por incompetente. Incluso se podrían haber explorado las vías para que dejara
el cargo porque su presencia generaba una creciente inestabilidad política, en
perjuicio de los ciudadanos. Pero eso no es lo que estaba en la cabeza de los
legisladores, evidentemente. Tomaron la decisión de cazarlo.
La manera
por la que optaron para suspenderlo, como se demostró párrafos arriba, es una
violación a la ley y a los acuerdos que el propio gobernador García suscribió
con sus pares y el gobierno federal. Violar la ley para que se alineen las
fuerzas veracruzanas al gobernador es una ruptura del Estado de derecho. A
muchos no les importa eso en México, hoy y antes, para ser claros, pero ante
las dificultades que enfrenta la economía mexicana y la creciente incertidumbre
jurídica que está transmitiendo el gobierno, no le conviene al Presidente ni al
país la reiteración de atropellos como el que se acaba de dar en Veracruz.
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