Salvador
Camarena.
El gobierno
de Andrés Manuel López Obrador anunció hace una semana que había llegado a un
acuerdo con las empresas de gasoductos. El anuncio tiene varias lecturas.
El
Presidente lo quiso presentar como un triunfo: se llegó a un nuevo arreglo en
contratos que antes fueron criticados como leoninos. Los expertos, sin embargo,
creen que terminaremos pagando más dinero del que originalmente estaba
planteado. Así que todo normal, López Obrador con sus datos, los especialistas
con los suyos.
Por su
parte, los empresarios presentes en el anuncio calificaron el acuerdo como uno
de ganar-ganar. El tono de las intervenciones en la mañanera, tanto de Carlos
Slim como de Carlos Salazar, presidente del Consejo Coordinador Empresarial,
fue de satisfacción. Para ellos, un México feliz.
Pero hubo
quien quiso ver en el anuncio el germen de una esperanza, de lo inédito: el
Presidente no es como lo pintan, el Presidente puede cambiar de opinión, el
Presidente es razonable, el Presidente rectifica…
¿Qué tendrá
que pasar para que a todo mundo le caiga el veinte de que AMLO no cambia?
Va otro
ejemplo de que López Obrador va derecho y no se quita. Uno del mismo domingo.
Antes del 1
de julio de 2018 y durante al menos tres décadas, buena parte de la clase
política, incluida la del PRI, y de la opinión pública se puso de acuerdo en
que se tenía que dotar a México de reglas y procedimientos electorales que todo
mundo aceptara.
No es que en
ese periodo no hubiera trampas o chicanas legaloides, pero el umbral de las
mismas se fue reduciendo en la práctica y, sobre todo, si un actor político era
evidenciado en una mapachada los partidos afectados podían reclamar la burla y
cancelar el diálogo tendiente a sacar alguna legislación, o hacerle un vacío al
gobierno en algunas negociaciones o actos públicos, etcétera. Dicho
simplemente: se volvió poco funcional pasar por alto las trapacerías (por
ejemplo en Veracruz, cuando en el sexenio pasado el PAN y el PRD reclamaron al
PRI lo que el delegado de la Sedesol hacía en ese estado en tiempos de Javier
Duarte. Peña Nieto no tuvo más alternativa que prometer castigo).
En tiempos
de López Obrador, sin embargo, eso ha cambiado. Porque, y siguiendo en los
temas electorales, nada ha enervado más en las últimas semanas a la opinión
pública que el intento de Jaime Bonilla, vía el Congreso de Baja California,
por extender su mandato como gobernador de ese estado de 2 a 5 años.
Toda una
generación de políticos y observadores ven con azoro cómo el entendimiento
anterior, de lo que se valía y no se valía, hace crisis por la intentona
bajacaliforniana, y cómo a pesar de la polémica pasan las semanas sin que
Bonilla renuncie a su pretensión y sin que López Obrador condene o descalifique
la misma.
Pero no sólo
no la condena o la descalifica, sino que AMLO invita a Bonilla, que no es
gobernador constitucional ni nada, a su informe en Palacio Nacional.
Espaldarazo más claro, imposible. Bueno sí, es como cuando Peña Nieto invitaba
a su compadre Juan Armando Hinojosa a sus eventos a pesar de la casa blanca.
¿AMLO
rectifica luego de que tantos publican que lo de Baja California es una
barbaridad en términos democráticos? No. Ni ve ni escucha a quienes reclaman.
Se concreta a hacer mutis y a abrirle Palacio Nacional a su amigo y
correligionario.
Así fue lo
de los ductos. Solucionó un problema que había creado su colaborador Bartlett.
Y lo revistió de hazaña dialoguista. Pero de rectificación, nada de nada.
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