Julio Astillero.
Poco
cuidadosa en general en el tratamiento de temas delicados, constante difusora
de asuntos que deberían mantenerse en sigilo, la titular de la Secretaría de
Gobernación inmiscuyó ayer al presidente Andrés Manuel López Obrador en la
lucha superlibre que se ha desarrollado en la arena conocida como San Lázaro y
abolló las pretensiones de Porfirio Muñoz Ledo y la bancada morenista de
diputados federales de asumirse como entes políticos con autonomía,
supuestamente ajenos a líneas políticas provenientes del imperioso Palacio
Nacional.
Las palabras
de Olga Sánchez Cordero fueron grabadas el martes, se entiende que de manera
subrepticia por un diputado morenista, y luego difundidas a modo de filtración:
“Nos está impactando mucho negativamente lo que ustedes están tratando de hacer
de cambiar la ley de un momento a otro, no puede ser así (...) el señor
Presidente, acabo de hablar con él, me dijo: ‘Nos está perjudicando mucho lo
que está sucediendo en la Cámara de Diputados’”. Horas atrás, en su temprana
conferencia de prensa, el propio presidente López Obrador había dicho: No se
debe de modificar la ley en función de intereses personales o de grupos. No se
puede retorcer la ley, hacer la ley a la medida, independientemente de dónde
suceda (...) Yo celebro que esto se haya resuelto bien. Yo no podía meterme,
pero era una vergüenza, yo espero que se actúe igual en todos los casos, además
que se dé el buen ejemplo. No somos iguales, es que eso es lo que quisieran los
conservadores.
La poderosa
voz del titular del presidencialismo mexicano y la intervención directa de la
secretaria de Gobernación llevaron a un cambio de postura verdaderamente
chirriante a Morena (y a Muñoz Ledo, siempre atento al momento de la
oportunidad, al grado de conseguir en horas que quienes le denostaban
terminaran elogiándole, todo en un carrusel de veleidades políticas). Si acaso,
lograron vetar las primeras cartas panistas para presidir la mesa directiva de
la Cámara de Diputados, en una recurrencia casi adolescente a un hipotético
Manual de Carreño de la Política: aceptarían que un panista presidiera esa
mesa, pero siempre y cuando no hubiera insultado antes a Muñoz Ledo y al propio
López Obrador.
Una primera
lectura muestra con lastimaduras a Mario Delgado, el ebrardista que coordina a
los diputados de Morena (y aliados) y quedó exhibido en la condición de
dependiente político extremo de la voluntad de Palacio Nacional, punto que se
daba por sabido, pero no se había comprobado de manera tajante como sucedió
ayer. Delgado, así, queda tocado en la carrera en busca de la presidencia de
Morena que desea (¿deseaba?) disputar a la favorita de Palacio, Bertha Luján.
Damnificada también queda en este lance la antes mencionada secretaria de
Gobernación, a quien siguen empujando para que regrese a su silla senatorial y
deje Bucareli.
Lo sucedido
en estas horas vertiginosas afecta al citado Muñoz Ledo, quien apenas este
lunes reciente anunciaba, henchido de poder, que se le volvería a elegir:
espero seguirlos viendo en septiembre, tengo proyectos para septiembre
importantes, nada menos que la reforma del Estado, la Cuarta Transformación se
expresa hoy en la profunda reforma del Estado y es lo que les ofrezco si tienen
a bien acompañarme en mi próximo periodo como presidente de la mesa directiva.
Y ayer mismo se le escapó, ante un micrófono abierto, una frase que podría
enmarcar los desbarajustes políticos y legislativos recientes: chinguen a su
madre, qué manera de legislar.
Por su
parte, el Partido Acción Nacional recuperó el derecho a presidir la cámara
durante este segundo año de la legislatura federal, aunque Morena le vetó
varias propuestas para presidente y vicepresidente de la mesa directiva.
También se decidió impulsar una reforma legal que aplicaría en la siguiente
legislatura. Qué manera de legislar, diría el siempre chispeante Porfirio Muñoz
Ledo. ¡Hasta mañana!
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