Ricardo
Ravelo.
Después
de los hechos sangrientos de Aguililla, Michoacán, y Tepochico, Guerrero, donde
el cártel de Jalisco Nueva Generación acribilló a 14 policías estatales,
mientras que en el otro sitio efectivos del Ejército hicieron lo propio con 15
criminales, lo único que queda claro es que el país está sumido en una guerra
sin tregua y que el Gobierno de la “Cuarta Transformación” enfrenta el desafío
de combatir al crimen organizado sin utilizar la fuerza.
Se trata
de una guerra en la que los criminales que militan en todos los cárteles
disparan sus AR-15, cometen asesinatos tumultuarios, descuartizan a personas,
incluso inocentes, arremeten contra las fuerzas del orden y el Presidente de la
República sólo dispara palabras contra el crimen que se pierden cada mañana en
el vacío.
Desde el
sexenio de Felipe Calderón, el artífice de la guerra fallida contra el crimen
organizado, el diagnóstico criminal del país era de pesadilla. Es cierto que su
Gobierno ya no contaba con el apoyo de las policías porque la delincuencia las
había capturado. Por eso, Calderón echó mano del Ejército y, pese a ello, falló
en su estrategia porque los cárteles no fueron combatidos, por el contrario,
terminaron fortalecidos: se aliaron unos con otros, se internacionalizaron y
pasaron a ocupar importantes territorios.
También se
aliaron con presidentes municipales y así empezó a extenderse el dominio del crimen
en todos los rincones de la República: financiaron campañas de alcaldes,
diputados, senadores y gobernadores y no sólo eso: los propios miembros del
crimen organizado empezaron a competir por los cargos de elección popular
utilizando dos armas letales: el dinero y el terror.
Así se
apropiaron del 80 por ciento de los municipios del país, de los cuerpos de
seguridad municipales; capturaron a buena parte de la clase empresarial y a
otra la siguen sangrando con extorsiones cotidianas, secuestros, venta de
protección y cobro de piso, lo que ha trastocado por completo la sana
convivencia social en el país.
Las
recientes cifras oficiales sobre la percepción de inseguridad en varias zonas
son alarmantes: en Coatzacoalcos, Veracruz, por ejemplo, casi alcanza el 95 por
ciento, mientras que en Ecatepec, en el Estado de México, llega al 93 por
ciento. Esto refleja, sin duda, que la sociedad vive aterrorizada por la
violencia.
La
masacre de policías en Aguililla, Michoacán, demuestra, como muchos otros
hechos de este tipo, que el principio de autoridad está completamente roto, que
muchos gobiernos estatales son meros entes administrativos sin capacidad
política ni de acción para hacer frente a ningún tipo de criminalidad.
Todo este
componente de descomposición deriva en vacío de poder, vacío de Estado. La
autoridad no existe porque está atrofiada y en muchos casos capturada por el
crimen organizado, pues la falta de respuesta pronta y expedita para resolver
una investigación así lo acredita. Un ejemplo de ello es el caso de la muerte
de 31 personas en el bar “El Caballo Blanco” de Coatzacoalcos, Veracruz. A casi
dos meses de los hechos no hay un solo detenido. El reclamo de los deudos
tampoco ha sido escuchado, según denunciaron.
Mientras
el crimen hace y deshace en el país, el Presidente Andrés Manuel López Obrador
sigue sin rectificar su política de no usar la fuerza contra los cárteles. A
las expresiones de “fuchi”, “guácala” ahora, tras los hechos de Guerrero,
siguió el llamado, suave y terso, de que los criminales depongan las armas y
dejen atrás la violencia.
Parece
que al Presidente no le ha quedado claro que el crimen organizado le disputa el
poder y el control territorial; que la guerra de los cárteles también es
propiciada por la ambición desmedida por disponer de la riqueza nacional
–minería, centros turísticos, riqueza forestal– y que lo que está en juego son
los bienes de la nación y del pueblo.
Cada día
que pasa se confirma que el Estado mexicano está constantemente incumpliendo su
principal obligación: garantizar la seguridad, pues queda claro que en ningún
rincón del país se puede garantizar la vida ni el patrimonio de nadie.
Como ya
se ha dicho en este espacio, el crimen organizado no sólo opera el tráfico de
drogas, desde hace dos sexenios tomó el control de la vida pública: los
criminales extorsionan a pequeños y grandes empresarios; cobran piso,
secuestran, controlan los giros negros, regentean a las mujeres dedicadas a la
prostitución, ofrecen servicio de gatilleros a sueldo, cobran cuotas a los
ayuntamientos, deciden, en muchos casos, respecto de la obra pública municipal
(un ejemplo es Morelos, Guerrero y Michoacán), asesinan, descuartizan cuerpos,
cuelgan a sus víctimas, realizan baños de sangre en restaurantes, bares y
prostíbulos, se apropian de tierras de alta plusvalía, despojan a muchas
personas de sus propiedades (ranchos, ganado, terrenos, casas, vehículos),
violan a mujeres y niños, están implicados en el contrabando a gran escala. Y
eso no es todo: a través de sus piezas políticas también legislan y gobiernan.
Ante este
escenario adverso, esta semana empezó a circular por los hilos electrónicos
una suerte de manifiesto, más bien una convocatoria para que todos los policías
del país –incluidos los miembros de la Guardia Nacional, agentes de
investigación ministerial, policías de seguridad ciudadana y policías
auxiliares- se unifiquen y realicen un paro nacional. El documento está firmado
por policías que le recriminan al Presidente su tibieza para utilizar las armas
del Estado y enfrentar al crimen organizado.
Exponen
que no sólo están preocupados sino muy indignados con el nuevo régimen porque,
con su política de palabras, los está exponiendo a que arriesguen su vida
frente a la metralla de los criminales y no les permitan defender los intereses
del país con la fuerza que la ley autoriza utilizar en estos casos.
En algunas
líneas –se omiten las expresiones altisonantes– el enojo es evidente:
“Señor
Presidente López Obrador, no nos obligue a perderle el respeto… por sus
pensamientos de abrazos y no balazos, de acusar a narcotraficantes, ratas y
delincuentes con sus abuelitas y mamás… Ya deje de faltarle el respeto a los
heroicos policías, militares y marinos de este país.
“Y dígale
a su Secretaria de Gobernación que no tiene ni idea de la problemática
delictiva de este país, que lo que pasó en Aguililla, así como con los demás
policías y militares que han muerto, no son perros que matan”.
Y el
cuestionamiento:
“Usted no
quiere establecer una política criminal frontal y de cero tolerancia contra los
delincuentes de este país. Y tampoco quiere detener a “El Mencho” (Nemesio
Oseguera Cervantes, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación) porque ya
pactaron con usted…
“La
Sociedad mexicana, los niños de México y los cuerpos policiales, militares y
marinos le exigimos de manera tajante que detenga a ‘El Mencho’ y cabezas del
Cártel de Jalisco y le exigimos que acabe con las narcotiendas y narcomenudeo
en todas las calles de este país…”
Luego
cuestionan al Centro de Control de Confianza, al que califican de ser un órgano
“represor, manipulador e inquisitivo que sólo fue creado para joder las
carreras policiales”.
Es claro,
pues, que la política criminal de la “Cuarta Transformación” debe dar un giro,
ya que con palabras tersas no se va a ningún lado en el combate al crimen
organizado.
Y no
quiere decir que todo el combate sea el uso de la fuerza: en Colombia e Italia
se combatió a la mafia con políticas integrales, impulso social, combate al
narcomenudeo, empleo, reactivación económica de las zonas capturadas por el
crimen y golpes certeros al patrimonio criminal; se incluyó, además, a la clase
política y empresarial vinculada a las actividades ilícitas.
Fueron
encarcelados gobernadores, alcaldes, empresarios y sólo así empezó a
recuperarse el orden.
Fue una
larga tarea, eso sí, pero hubo resultados.
En el caso
de México, el Presidente ni siquiera se ha referido al problema de la
captura de los municipios por parte del crimen organizado, un fenómeno que
significó, a su vez, la pérdida del control de las corporaciones policiacas
municipales y de la seguridad en la mayor parte de los territorios.
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