Salvador
Camarena.
Cuando los
dirigentes (es un decir) del Partido Acción Nacional vieron que se avecinaba su
octogésimo aniversario, se vieron ante una cuestión elemental pero ineludible.
Festejaremos
tan importante fecha sin ninguno de los presidentes que nuestra organización le
dio al país: Vicente Fox, en el rancho de la histeria, y Felipe Calderón, en la
intentona de lograr un nuevo partido.
Así que,
bajo esa lógica, lograr que el PAN presentara al guanajuatense en su gala para
festejar ocho décadas fue visto, internamente, como una victoria: tenemos algo
qué presumir. El mundo pensó distinto, mas qué se le va a hacer.
Pero claro,
luego vino Fox, que fiel a su estilo abrió la boca y echó todo a perder sin que
a la mano estuviera Rubén Aguilar para tratar de traducirlo. Vicente –el que
apoyó a los priistas Peña y Meade, antípodas de la esencia de Acción Nacional–
salió con aquello de darle en la madre a Morena y pues ya el asunto de festejar
ocho décadas de un partido que fue esencial para que México se modernizara quedó
en los pies de foto, que aunque se leen no hacen historia.
Dentro de
todo, viendo el vaso cuarto vacío, se puede acreditar que el PAN lo intentó:
usó su aniversario para tratar de sacar pecho. La cosa blanquiazul está
famélica –por cuadros cuestionables (hola George Romero), credibilidad en el
suelo, etcétera– pero ahí quedó su intento. Guste o no.
En la acera
contraria es todo bruma. Si tomamos en cuenta que el PRD es el summum de las
fuerzas de las izquierdas históricas, el Partido de la Revolución Democrática
hoy es un espectro, no le da ni para convocar a sus cuadros que más lejos han
llegado.
Y es que
aunque formalmente el PRD tiene gobernadores, diputados federales y locales,
incluso por ahí algún senador, no existe. Si hiciera una fiesta, sus liderazgos
no llenarían ni el Café La Habana: el Che, comensal de leyenda de ese tugurio
de la calle Bucareli, parece más vivo que ese partido. O, para ser justos, el
símbolo del revolucionario argentino asesinado hoy hace 52 años es más poderoso
en el espacio simbólico de la política mexicana que el partido heredero de la
izquierda.
El reto del
PRD no es sencillo. A siete semanas del primer aniversario de la presidencia de
Andrés Manuel López Obrador viven renegando de su (otrora) militante más
adelantado.
Treinta
años, en números redondos, AMLO estuvo con el PRD, partido al que el tiempo
colocó en ingrato lugar: en la ocasión más exitosa del tabasqueño, el
perredismo se quedó fuera de la anhelada victoria.
Aquí hay dos
cosas que subrayar. El triunfo de López Obrador supone para el perredismo una
trampa retórica: fue tu dirigente nacional, tu jefe de Gobierno del DF, tu
símbolo de la resistencia en dos derrotas y ahora dices que es malérrimo: “cómo
así”, como dicen los colombianos. ¿Fue todo lo bueno y ahora que es Presidente
es todo lo malo? El perredismo escupe para arriba cuando reniega del
tabasqueño, que fue su sol antes de desfondarlos.
La otra cosa
destacable es que, haya sido como haya sido, Andrés Manuel ganó sin el PRD y
eso ya fue hace quince meses: demasiado tiempo y los perredistas todavía no
encuentran la brújula que les ayude a encontrar un rumbo para el futuro.
Hay muchas
cosas de las cuales no se puede acusar al presidente López Obrador, con su
evidente impulso avasallador. Una de esas es que ocupe los espacios que
importantes partidos no han sabido reclamar. Como el de la izquierda, huérfano
desde que el PRD se desfondó el 1 de julio de 2018.
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