Julio Astillero.
En la intrincada escena mexicana apareció la mano de Donald
Trump. Formalmente es una mano generosa, benevolente. Comparte preocupaciones.
Ofrece ayuda. Propone emprender una guerra de las dos naciones contra los
cárteles del crimen organizado. Guerra a desarrollarse en México, desde luego:
contra la delincuencia de acá (también la política) que, para sus trasiegos de
drogas y armas, cuenta con la innombrada complicidad de la de allá. Hágase la
voluntad de una nueva guerra contra el narcotráfico en los terrenos de mi vecino.
El punto de arranque de esta nueva acometida trumpiana ha
sido el bestial asesinato de miembros de la familia LeBarón. Reprobable en
absoluto, pero parecido a otros crímenes bárbaros que se han cometido en
nuestro atosigado país. La principal diferencia está en la nacionalidad o doble
nacionalidad de los afectados en los linderos de Chihuahua y Sonora: Trump
asume la defensa de sus connacionales y, desde ahí, lanza una crítica,
disfrazada de sana preocupación, por lo que pasa en México. Y entrega la manzana
envenenada de la cooperación de buena fe, como si el comportamiento del poder
gringo ante otras naciones se rigiera por un código caritativo, desinteresado,
de auxilio verdadero. Como si la historia de las relaciones entre México y
Estados Unidos permitiera algo más que la muy elemental cortesía de no decir
abiertamente que no.
El presidente de México ha dicho que agradece el interés del
político naranja en meter sus militares narices acá, pero ha sostenido la
postura de que las broncas internas, por rudas que sean, deben ser resueltas
por los propios habitantes de la casa y no por los poderes contiguos. De
cualquier manera, señaló Andrés Manuel López Obrador, se revisarán tratados y
acuerdos internacionales por si hubiera alguna forma de cooperación que pudiera
practicarse. Políticos de Estados Unidos y México, por lo pronto, expresan en
diversos matices y desde diversas trincheras partidistas (incluyendo a
relevantes personajes de Morena, como Ricardo Monreal) la posibilidad de
analizar sin dogmatismo y con buen ánimo las propuestas de Donald Trump.
La enfática pretensión trumpista de entrar con armas al
escenario mexicano tiene como sospechosista contexto la acelerada implicación
de fuerzas militares en hechos y declaraciones que generan apetito injerencista:
a la mitad del pasado mes fueron asesinados 13 policías en Aguililla, Michoacán
y luego, como si fuera un libreto de venganzas planeadas, 14 civiles cayeron
ante el Ejército que sólo sufrió una baja (en el retorno de esas fuerzas
federales a los índices de letalidad tan sugerentes). De ahí, al aún no
esclarecido tropiezo táctico en Culiacán a la hora de pretender la aprehensión
de uno de los hijos de El Chapo. Hasta llegar a las declaraciones provocadoras
del general en retiro Carlos Gaytán, la colocación en la mesa de la discusión
pública de un concepto de delicado manejo, el de un golpe de Estado, y la
tragedia de los LeBarón.
El asomo de Trump no es ni puede ser inocente. Aprovecha las
circunstancias, agranda sus banderas electorales y estimula la actividad de la
ineficaz oposición interna al obradorismo, a la vez que insiste en la
simulación de la amistad y buena relación con el gobierno mexicano. En el
fondo, el lance del presidente gringo es una forma de descalificación de lo
hecho hasta ahora por la administración andresina en materia de seguridad
pública y combate al crimen organizado. Los tuits amistosos del multimillonario
en busca de relegirse son una forma de intervenir y desestabilizar, en un
escenario mexicano de creciente complicación.
Astillas
Hoy sesiona en Hermosillo el gabinete de seguridad del
gobierno federal, para atender el caso del asesinato de miembros de la familia
LeBarón en tierras sonorenses. El secretario federal de seguridad, Alfonso
Durazo Montaño, es nativo de esta entidad Y, mientras el senador republicano
Lindsey Graham ha dicho que prefiere visitar Siria que México,
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