Adela Navarro
Bello.
En esta
región del país se le conoce como “El Duarte de Baja California”; Francisco
Vega de Lamadrid no dejó mucho a la imaginación, la Auditoría Superior de la
Federación documentó año tras años los desvíos de recursos del presupuesto
bajacaliforniano, sin que en la misma medida hubiese consecuencias legales. La
impunidad ha sido total para este panista.
En el
semanario ZETA desde el inicio de la administración de Vega (2013-2019) se
publicaron investigaciones periodísticas de los desvíos, las empresas fantasma
utilizadas para sacar los recursos del erario, constructoras favorecidas con
miles de millones de pesos que entregaban obras deficientes y con sobreprecio,
licitaciones para favorecer con cientos de millones de pesos a empresas de
reciente creación o ubicadas en el Estado de México en domicilios inexistentes.
Transaron
con lo que pudieron, con los programas de desarrollo social, con la elaboración
de placas para automóviles, con la compra de despensas, con el otorgamiento de
contratos, con el no pago de cuotas al ISSSTECALI, con las pensiones de los
maestros, incluso con los recursos del Conacyt para la innovación de las
empresas que quedaron en las arcas privadas de negocios ligados a los
secretarios de estado que fueron Vega.
En 2018 la
mala administración, el dispendio y el desvío de los recursos hicieron mella en
las finanzas estatales. El Estado se quedó sin capacidad de pagos. Dejó de
suministrar los recursos al Poder Judicial, al Instituto Estatal Electoral, al
Instituto de Transparencia, a la Comisión Estatal de los Derechos Humanos, al
sistema Cobach y al sistema Cecyte, así como a la Universidad Autónoma de Baja
California, cuya deuda dejó arriba de los mil 700 millones de pesos, al igual
que Javier Duarte con la Universidad Veracruzana.
Durante los
últimos seis años también señalamos la complicidad de dos legislaturas
estatales con Vega de Lamadrid. Le aprobaban todo crédito solicitado,
ampliación de deuda, licitación, convocatoria y asociación público privada, lo
que pidiera o la iniciativa que enviara le era favorable con la mayoría de los
votos de los 25 diputados. Contó con la anuencia mayoritaria del Partido Acción
Nacional, también con la reducida fracción priísta, y uno que otro chiquitero,
pero nunca obtuvo un no en el poder legislativo, por supuesto los esfuerzos que
hubo por parte de independientes para que acudiera a comparecer a la Cámara
local respecto las deudas y sospechas de corrupción, fueron sofocadas por la
mayoría azul tricolor.
Las
denuncias de corrupción en la administración kikista de Baja California se
mantuvieron en la prensa libre, como el caso de ZETA, y en muy pocos grupos de
la sociedad civil. A pesar de los señalamientos de la Auditoría Superior de la
Federación, las sospechas de corrupción en el último gobierno panista de Baja
California no llegaron a una hoja ministerial.
Para
ejemplificar, en la cuenta pública de 2016 la ASF detectó desvíos por mil
432 millones de pesos en áreas como seguridad pública, programas de desarrollo
social, obra pública, DIF, adquisición de despensas y de desayunos, entre otros
rubros. Recursos todos que la administración de Vega recibió etiquetados para
esos sectores y no comprobó que lo utilizó en los mismos, o ni siquiera
comprobó a qué lo destinó.
Al año
siguiente en 2017, de nueva cuenta la Auditoría Superior de la Federación
emitió el resultado de la fiscalización de los recursos ejercidos por el
gobierno de Baja California, en esa ocasión destacó que los malos manejos
alcanzaron los 4 mil 649 millones de pesos, de los cuáles se desconoció el
destino, su manejo a discreción y la opacidad.
Pero en
ningún caso, autoridad alguna, ni local ni federal, inició investigaciones
sobre los desvíos de la administración de Francisco Vega de Lamadrid. A pesar
de las alertas enviadas desde la Auditoría Superior, las denuncias públicas y
las investigaciones periodísticas, el panista tuvo seis años de impunidad.
El martes 19
de noviembre el gobierno entrante que encabeza Jaime Bonilla Valdez (sí, el
mismo de la #LeyBonilla) a través del secretario general de gobierno, Amador
Rodríguez Lozano, presentó una denuncia contra el ex Gobernador Vega en la
Fiscalía General del Estado. Además, denunciaron a quien fue secretario de
Finanzas, Bladimiro Hernández, y a la ex Oficial Mayor, hoy diputada local por
el PAN, Loreto Quintero, y otros ex funcionarios de menor rango.
La
denuncia fue por “abuso de autoridad (dar una aplicación pública distinta al
destino de caudales del erario público), cohecho cometido por servidor público
(recibir dinero para hacer o dejar de hacer algo relacionado con sus
funciones), peculado (distraer de su objetivo bienes que por razón de su cargo
fueron recibidos), y enriquecimiento ilícito (no pueda acreditar la legítima
procedencia de los bienes a su nombre)”.
En una
improvisada conferencia de prensa Rodríguez Lozano estimó que el desvío denunciado
asciende a los mil 200 millones de pesos, que fueron utilizadas 40 empresas
fantasma, y dio a conocer cuatro empresas no registradas en el sistema
gubernamental pero que recibieron cada una 800 mil pesos, una comercializadora,
una constructora, una prestadora de servicios administrativos y una
edificadora.
Días
antes de la presentación de la denuncia por parte del Gobierno contra Kiko Vega
y sus ex funcionarios, quien fuera Auditor Superior del Estado, Carlos Montejo
Oceguera, informó que el Gobernador Jaime Bonilla le había pedido que
renunciara luego que le comentó que había recibido llamadas de parte del ex
secretario de finanzas y del ex Gobernador, presuntamente para presionarlo con
los resultados de la fiscalización de los recursos, de esos mil 200 millones de
pesos objeto de la denuncia ante la Fiscalía General del Estado.
Francisco
Vega quizá se enfrentará a su destino marcado por la opacidad, el abuso y la
transa que significó su administración en Baja California. Dependiendo de la
elaboración de la denuncia, la capacidad investigativa de la Fiscalía General
del Estado, y el compromiso del gobernador Bonilla de romper con lo que se
suponía un pacto de impunidad, podría llegar a mínimo, ser un prófugo de la
justicia, como muchos otros ex gobernadores del sexenio pasado.
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