Tengo ganas
enormes de que el desfile de hoy salga requetebién. No creo que haya espacio
para esperar algo de la emotividad vista la noche del Grito de Independencia,
pero qué bueno sería que nos lleváramos una grata sorpresa con lo que ocurra
hoy en la capital, donde por la Revolución desfilarán 2,700 jinetes, unas
locomotoras y carros alegóricos.
Este
gobierno se las ingenia para hacer cosas igualmente sorprendentes que
preocupantes. No sé aún en cuál de esas categorías poner al desfile de hoy. Sin
embargo, se ha adelantado que serán dos los grandes protagonistas de la parada
de este 20 de noviembre: los caballos y las locomotoras.
El porqué de
lo anterior parece obvio: la revuelta fue a pie, a lomo de cuaco y sobre
rieles. También fue a golpe de proclamas, alianzas y traiciones, pero un desfile
no es necesariamente el espacio para entrar en los detalles del Plan de San
Luis, o el de Ayala, o el de Guadalupe…; así que mejor apelar a lo vistoso y
poner un chingo de caballos a transitar por la ciudad menos rural del país y
desempolvar una locomotora que a ver si no rompe el (ya de por sí maltrecho)
pavimento capitalino.
Pero a dónde
quiere el gobierno que en la evocación nos lleven esos caballos, qué viajes
revolucionarios rememorarán esas locomotoras. Sabe.
Lo único que
me queda claro es que la idea de hacer a los equinos y a los trenes entes
protagónicos suena a coreografía de cartita de papelería, de festival escolar
elemental, maniqueo y repetitivo: lo más vistoso y menos polémico de una guerra
civil donde todos los que la presidieron fueron buenos (menos Huerta), aunque
luego todos se mataran –huyendo en trenes y caballos– entre ellos, pero de esas
“minucias” no discutiremos.
Si Calderón
usó el bicentenario de 1810 para pasear huesos de supuestos héroes
independentistas de un lado a otro, López Obrador reivindicará puro folclor.
Juro, reitero, que espero estar equivocado y mañana decir aquí mismo que qué
bien salió, que qué innovador, que qué visión tan refrescante sobre la gesta
iniciada por Madero, etc.
Mientras eso
ocurre, y ya puestos a hablar de Revolución, caudillos y caballos, propongo que
nos felicitemos porque Adolfo Gilly acaba de sacar El Estratega, un nuevo libro
suyo sobre el general Felipe Ángeles (Editorial Era).
Gilly
entrega un tacho de 784 páginas donde aborda de nueva cuenta la figura del
hidalguense.
Ya habrá
tiempo de darle el golpe a tan amplio volumen, por lo pronto, si quieren saber
de caballos y la Revolución, más que escuchar corridos lean a Gilly, revisen
por ejemplo Felipe Ángeles en la Revolución (Era, 2008), donde habla de los
cuacos de mi general y el particular estilo de este soldado –el más romántico,
el más preparado, el de más mala fortuna en la Revolución– para nombrar a sus
cabalgaduras.
“El general
Felipe Ángeles”, dice Gilly en ese volumen, “tenía un especial afecto por sus
caballos a los cuales solía poner nombres de mariscales de Francia. Turena,
como el mariscal general de los ejércitos franceses bajo Luis XIII y Luis XIV,
se llamaba su caballo en la batalla de Zacatecas: ‘sobre mi Turena, que saltaba
deliciosamente los muros y las anchas zanjas, fui a rogar a mi general Villa
que me diera cuatro brigadas de caballería para ir a tomar Aguascalientes’”,
recuerda en su relato de aquella batalla.
“Sobre
Turena, dejado en herencia por Ángeles cuando partió hacia Estados Unidos,
cabalgaba Pancho Villa por la sierra de Chihuahua en enero de 1916, después de
disuelta por él mismo, la División del Norte el 19 de diciembre de 1915. Sobre
Turena seguía cabalgando a mediados de marzo de ese año por la región de
Galeana, después del ataque a Columbus, eludiendo la persecución de la
Expedición Punitiva.
“De sus
caballos habla Felipe Ángeles en sus relatos de guerra: Ney, mariscal de
Napoleón, fusilado en diciembre de 1815, y Curély, general de la caballería
ligera de Napoleón en Rusia, eran los nombres de sus otros caballos en
Zacatecas”.
Ángeles tuvo
un caballo más, al que nombró “John Brown”. Es 20 de noviembre, en la espera de
saber si el desfile de hoy es un éxito (ojalá) o una cosa de pena, lean a
Ángeles por Gilly para saber sobre la evocación de John Brown. Ya con eso habrá
valido la pena que el presidente López Obrador nos haya provocado a hablar de
caballos y la Revolución. Se los prometo.
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